—Stiles y Scott me necesitan. Quédate en el auto o ven, como sea, solo no te metas en problemas.
—Pides un milagro, no un favor—, respondió con su vista aún fija en sus manos, y una pequeña sonrisa burlona.
Todo el trayecto hasta donde fuera que estuvieran se la había pasado pensando, mirando su celular en sus manos. Pensando en si llamar a su madre o no. Y realmente, si la llamaba, qué le diría.
¿"Hola, soy tu hija a la que tuviste toda la vida engañada. ¿Cómo es la vida sin mi? Seguramente ya andas engañando a alguien más"? No, es ridículo, maldita sea. Pensaba.
No sabía cuánto había pasado desde que Derek había abandonado el auto, solo estaba segura de que eran más que unos cuantos minutos. Decidió bajar del auto, finalmente, siguiendo el mismo camino que el ojiverde.
Nada más ingresar al lugar el fuerte grito de dolor de Erica llegó a sus oídos.
Se sentó lejos de ellos, pues parecían inmersos en la conversación y ella estaba inmersa en sus pensamientos. Los cuales aún no lograba procesar. No se hacía a la idea de ser del mundo sobrenatural, mucho menos el que la mujer que la había criado le hubiese mentido tan descaradamente y con algo de esa magnitud.
Y, llamando la atención de los muchachos su teléfono sonó. Una llamada. Miró la pantalla que se iluminaba con el nombre de su madre.
—Fantástico. Invoqué a satanás—, su voz salió llena de veneno.
Si bien no lograba asimilar toda la información, tenía algo claro: estaba molesta. Demasiado.
—¿Qué?—, escupió con todo el odio que pudo imprimir en una palabra.
—Hija. ¿Cómo has estado?
—Oh. Madre. Verás... todo de maravilla, lastimosamente tuviste que llamar.
Los hombres la miraban atentos, olvidando la conversación que tenían.
—¿Has tomado tus pastillas?
—Curiosamente. Casualidad, destino, milagro, iluminación divina. Te doy el beneficio de la duda. Hace...—, miró el reloj en su muñeca calculando el tiempo con exactitud—. Una hora con treinta y siete minutos, y doce segundos, me enteré de que no moriré si dejo las pastillas.
—Hija... hablemos de esto... no hay necesidad de enojarse...-
—¡¿Que no hay necesidad de enojarse?! No. Estoy furiosa. Con un demonio. ¿Acaso había necesidad de mentirme toda mi vida? Dime, ¿no era más sencillo enseñarme de control y disciplina? En lugar de encerrarme en mi habitación días enteros. En lugar de golpearme.
En este punto se hallaba a sí misma gritando. Cerró su puño con fuerza, apretando este, en un intento casi desesperado por mantenerse serena. O, bueno, lejos de cometer algún homicidio.
—Podemos hablar. Dime cuándo estás libre, iré a Beacon Hills.
—¿Vendrás?—, el tono burlón fue casi detestable y la carcajada que le siguió a este fue aún peor. Los muchachos no despegaban sus ojos de la escena—. Para ti no tengo tiempo. Así como tu no lo tuviste para mostrarme la verdad y enseñarme para no ser lo que soy. ¿O me equivoco? Dime, madre, si me equivoco. ¿O tengo razón cuando te cito? "No sé en qué me equivoqué, oficial. Está fuera de control. En algún momento se salió de mis manos y ya... la desconozco como mi hija"—, su imitación fue burlona con el claro objetivo de herir a la mujer del otro lado de la línea.
El silencio se escuchó del otro lado del teléfono. Lo alejó de su oído verificando que no hubiera colgado. Efectivamente no.
—Una última cosa, Lilian. Jamás en tu vida intentes contactarme de nuevo. Y quiero que sepas que nunca debí permitirte lavar mi cerebro a cerca de Stilinski. Hasta nunca.
Colgó guardando el aparato en su bolsillo. Fijó sus ojos en los hombres frente a ella, que en cuanto sintieron la mirada de la chica, la desviaron, casi en un acto de supervivencia.
Y Derek no pudo evitar pensar algo tan simple pero increíblemente invasivo en él: Wow.
Bajó sus ojos a su puño aún cerrado, notando la sangre en ella. Al abrirlo levemente pudo distinguir las garras de lobo remplazando sus uñas.
Una gota de sangre golpeó el suelo y esto inmediatamente llamó la atención de Derek, quien a diferencia de Scott, no le daba la espalda.
—Creo que mejor espero en el auto—, dijo ella girando sobre sus talones y caminando de regreso al bello Camaro n***o de Derek.
( . . . )
—Me llevarías a casa, por favor? O a la escuela, allá está mi auto...- —, se levantó del suelo al ver al ojiverde acercarse—. No me apetece estar en un auto con Stiles ahora.
—Sube—, asintió desbloqueando el auto. Abrió la puerta del copiloto para que ella entrase y seguidamente bordeó el auto para ingresar al del piloto.
Él encendió el vehículo y aceleró.
Para ese punto la rabia intensa que sintió hacía un rato, ya había bajado lo suficiente hasta convertirse en impotencia. En una mezcla de impotencia, decepción, melancolía... y, sí, curiosidad.
Y, a pesar de eso, no pudo evitar la cascada de palabras que salieron de su boca sin su consentimiento.
—No eres malo. Digo, Stiles, Allison, Scott, dicen que eres malo. Pero eres amable, lo eres conmigo, al menos—, miró al ojiverde que mantenía su vista fija en el camino. En una extraña pasada, su ego se disparó y no pudo evitarlo: — Seguro eres así con todas las chicas atractivas que acaban de descubrir la gran mentira que es su vida, cuando se suben a tu auto.
Derek no pudo evitar que una pequeña sonrisa se pintara en sus labios.
Totalmente apuesto.
—No. No todas tienen tu carácter—, pasó sus ojos a ella un instante antes de regresarlos a la carretera. Pareció pensar en lo que diría y debatirse en si hacerlo. Pero tras una pausa continuó—. Además, eres la primera chica atractiva que sube a mi auto.
( . . . )
Abrió la puerta del auto como todo un caballero. Y al salir, la cerró a sus espaldas.
—En casa. Sana y salva.
—Gracias—, su voz salió en un hilo frágil y suave.
Tal vez su parte animal, su lobo interior fue lo que generó tal reacción. Pero al escuchar esa palabra de la teñida, en ese tono tan apacible, tan delicado, tan suave. Su cuerpo reaccionó con un escalofrío por su columna. Y -similar a cuando un gato escucha algo y mueve las orejas hacia atrás a la vez que dilata las pupilas- su semblante cambió.
—¿Por qué?—, dijo instintivamente.
—Bueno, me salvaste de Jackson. Aún no me explico cómo llegaste ahí o cómo sabías que estábamos ahí. Pero me salvaste de convertirme en rebanadas de Stilinski. No solo eso. Sino que, tampoco me explico el por qué, pero te cedo el beneficio de la duda, hurgar tanto como para llegar a descubrir eso. Te estoy aburriendo. Mejor me callo. Solo... gracias.
La diferencia de estatura era notoria a esa distancia. Y a su parecer para nada desagradable. Derek tenía que inclinar un poco su cabeza hacia abajo para poder verla a los ojos y le parecía tierno de su parte.
Se miraron a los ojos unos segundos. Verde contra café... no. Verde y café.
—No fue nada—, dijo tras unos segundos en silencio—. Pensé que estabas enojada.
—Sí. Bueno, un poco, al inicio. Pero supongo que me di cuenta lo estúpido que era enojarme con quien me salvó.
—Scott estaba seguro de que me golpearías...—, alzó una ceja en un gesto juguetón y más relajado que de costumbre.
—Scott es mi amigo pero aún no me conoce. No estoy enojada. Ya no, al menos.
—¿Era tu madre?—, Derek la sacó del ensimismamiento en el que se había sumergido casi inmediatamente—. Al teléfono ¿era ella?
—Sí...
Escuchó todo. Acerca de los golpes y el encierro. Demonios. Pensó bajando su vista a sus pies que casualmente se habían convertido en la cosa más interesante del mundo. Al subir la vista nuevamente se halló con los ojos de Derek fijos en ella.
—Me agradas. Y sé que mi hermano y Scott pueden ser demasiado tontos a veces. Pero tú me agradas, Derek—, su corazón se aceleró ante el shot de ansiedad y miedo a ser rechazada—. Podríamos intentar llevar las cosas en paz. Ya sabes, como amigos.
—Claro. Supongo que... tu también me agradas, omega.
Y para apaciguar el shot de ansiedad, se tomó uno de coraje. Dio un paso al frente acortando la distancia, que de por sí ya era pequeña. Y pasó sus brazos alrededor del pecho de Derek. En un abrazo.
Tuvo miedo de que él pudiese escuchar su corazón desbocado. Sin embargo al sentir sus brazos rodear sus hombros, correspondiendo. Sintió una inexplicable calma. Protección.
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