Altai observó al médico sin decir nada. Lo que había escuchado le desconcertó demasiado, pero el enojo fue predominante. —¿Crees que permitiré que me quites alguno de mis dedos? —preguntó con sorna, arrastrando las palabras en su esfuerzo por contener toda su frustración e ira —. Si tú haces eso, te mataré. El médico respingó en su lugar. Bajó la mirada por un instante antes de volver a enfrentar a Altai con un poco de valentía. —Señor, a estas alturas es muy complicado y doloroso salvarle algunos de sus dedos... La infección puede ser peor. —¡La herida se ha infectado por tu culpa! —recriminó —. Te lo advierto, salva mis dedos. Si insistes en cortarlos, antes de que eso suceda preferiré matarte. —Pero... —el médico quiso defenderse, pero Altai no lo dejó. Al anciano le resu

