Capítulo 29

1621 Palabras
El salón del trono del kanato Karluk se sumió en un silencio tenebroso en cuanto la reina regente escuchó la fatal noticia. Los funcionarios de la corte se quedaron en silencio, asustados de siquiera mover un solo musculo. Pues, le tenían pánico a la mujer que reposaba sentada sobre el gran trono. La reina regente Bortei, de linaje Sekiz Oghuz se levantó del trono y observó confundida a los hombres que yacían de pie frente a ella. Los rumores habían llegado al campamento Karluk, generando una oleada de reacciones. Sí, algunos de sus mensajeros habían informado frente a toda la corte que Altai tegim estaba vivo, que era el mismo Bore Tseren, un criminal poderoso. Bortei observó de reojo, allí en donde su hijo de doce años estaba sentado, escuchando todo lo que se decía en la reunión establecida por la corte Karluk. En sus ojos grises como los nubarrones de invierno, Bortei pudo ver la confusión del pequeño. Ella respiró profundamente y cerró los ojos antes de regresar la vista a sus funcionarios. Debía pensar con claridad lo que iba a hacer, pues solo bastaban algunas chispas para hacer que todo el territorio Karkuk se volviera en su contra. —¿Qué dices? —preguntó con voz profunda—. Te mataré si lo que dices resulta ser falso. —Khatun, es completamente cierto. Es más, el mismo khan Elgijin estuvo a punto de matarlo… Eso dijeron los espías. —¿Por qué lo iban a matar? ¡Altai tegim está muerto! Ese criminal murió durante un incendio mientras intentaba escapar. El mensajero se quedó en silencio. La corte se mantenía sospechosamente tranquila, algo que a Bortei le preocupaba, pues no podía conocer a los alborotadores que se levantarían en esa ocasión. Los Karluk no querían que una mujer de la tribu Sekiz Oghuz los gobernara en nombre del heredero. Ellos harían lo que fuera para regresar el trono a uno de los suyos, en ese caso a Altai, porque ella misma se había encargado de que Amgalan ya no fuera elegible ni considerable. —¿Qué esperan? —interrogó enfurecida—. ¡Traigan al espía! Las puertas del salón del trono se abrieron y al interior entró un hombre que para muchos era un completo desconocido. Sin embargo, Bortei se las había arreglado para conseguir su apoyo. —¡Silun, te brindé mi ayuda, pero tú me engañaste! —gritó enojada—. ¿Cómo es que estos hombres dicen que Altai tegim está vivo? Silun caminó hasta acercarse al centro del salón. Estando ahí de pie, sonrió ampliamente, como si no le importara que Bortei estuviese enojada. Desde un inicio, su plan había sido respaldar a Altai tegim y así conseguir su venganza. Sin embargo, cuando este empezó a mirar a la comandante Yuezhi con otros ojos, Silun supo que debía buscar otras alternativas… ¿Cómo podía pasar por alto a la reina regente del kanato Karluk? Silun sabía de las disputas de territorio y las peleas familiares de la clase noble, y por supuesto, sabía que desde la muerte del Khubilai de la casa Batun, la familia real y la familia Batun había estados enemistadas. Aunque, todavía no llegaba a comprender por qué Altai tegim conocía a Khojin desde hace mucho tiempo, ni en qué momento las cosas se habían salido de control. Pese a todos los problemas, Silun no pensaba dejar que la memoria de su hija siguiera siendo profanada por Khojin, quien no había obtenido ningún castigo. Pues, la señorita Bulga había sido pisoteada por todos, incluso siendo víctima de la obstinación del propio Silun. —Altai tegim está vivo. ¿Qué más explicaciones necesita? Nunca le dije que él estaba muerto, solo le avisé que sospechaba que vivía, y por eso usted empezó a mover sus fichas. Bortei estaba nerviosa. Le generaba mucha preocupación saber que Altai estaba libre y que en secreto podía iniciar una revuelta para recuperar el trono. Regresó al trono dando pasos airados, miró al niño por un instante y pensó que, si actuaba con ligereza, el próximo muerto sería su propio heredero, su hijo. Bortei se sentó sobre el trono. Sus ojos irradiaban una oscuridad tenebrosa. Ella iba a hacer todo por proteger a su hijo. —¡Es un traidor! —recriminó con firmeza—. Mientras esté fuera de nuestro territorio no podemos hacer nada, pero debe saber que, si pone un pie aquí, mi furia caerá sobre él. […] Khojin observó la llanura verde y fresca que se extendía ante sus ojos. el viento sopló en dirección contraria, haciendo que las hebras rebeldes de su cabello oscuro se removieran ligeramente. Suspiró, inhaló profundamente el aire limpio y cálido de la estepa. Cuando abrió los ojos, la paz volvió a llenarla. Estaba dentro del territorio de Berke, de su tío. Khojin agarró las riendas del caballo con fuerza y siguió su galope en medio de la llanura verdosa. En cuanto llegó al campamento, su tío salió a recibirla. La llagada fue cálida, tanto que Khojin se sintió parte de aquella familia, como si ella fuese una hija más. Sonrió ligeramente al recordar que su prima Khutulun había sido muy consentida por su padre, el tío Berke. De ahí venia su irracionalidad, pues siempre le habían aceptado sus locuras. Khojin entró a la tienda principal y se sentó en compañía de su tío y su esposa. Le sorprendió saber que él no tenía concubinas, que su amor era dirigido a una sola mujer. —Escuché que mi padre te castigó —inició Berke— ¿Quieres decirme algo respecto a eso? Khojin sonrió. —Supongo que usted sabe todo. —Sí, pero solo sé la versión de mi padre, no la tuya. Khojin lo observó fijamente. Sabía que debía ser sincera y no socavar las diferencias que traía la mentira. —Me enamoré de un imposible —respondió—. Es un hombre tenaz y poderoso en el bajo mundo, pero ahora tiene mayor influencia debido a su alianza con los c hi nos. —¿Qué hay de malo? —La gente de la llanura central es nuestro enemigo, él es aliado de ellos… Además, es una ficha que mi prima Bortei no aplacó cuando tuvo la oportunidad. Hablo de Altai tegim, el hijo traidor del khan Karluk. —Bueno, debes alejarte de él, pero si él cede un poco tal vez pueda ser aceptado en nuestro campamento. La única condición es que deje de ser aliado de los chinos. Khojin pensó el aquello, pero sabía que no tenía sentido esperar algo de Altai, pues él estaba concentrado en conseguir su trono y la venganza que tanto anhelaba. Asintió aun sabiendo que Altai preferiría su venganza antes que a ella. Tal vez, en algún momento sintió una especie de dilema, peor finalmente había elegido un camino diferente al de ella. Khojin empezaba a sospechar que lo más sensato era decirle adiós a aquel amor. Sin embargo, lo había intentado muchas veces y al final, era inevitable sentirse vulnerable, pues caía de nuevo en el mismo problema. Ese amor era difícil de borrar. La noche llegó y con ella, el amor que durante el día se mantuvo en lo más profundo de su corazón, por fin salió a flote, floreciendo en medio de manantiales de fantasías ambientadas en el futuro y en los derroches del pasado. ¿Cómo era que su anhelo era tan estoico? Incluso cuando ella lo maldecía y repudiaba, este aparecía sin invitación, sin barreras, instalando en su rostro la más idiota de las sonrisas. El hombre que amaba no se dejaba amar, era una ilusión que recorría su mente una y otra vez. En medio de la noche silenciosa y los susurros de los guardias, Khojin esperó paciente la hora de dormir. Pero al parecer el transcurrir de la vigilia sería más animado. Khojin se sintió extraña, como si alguien la estuviese observando. Su sexto sentido pocas veces fallaba, así que, tomando la daga que guardaba bajo la almohada, Khojin saltó del lecho y con un movimiento hábil encendió el único candelabro que iluminaba el interior de la tienda. Giró el cuerpo mientras mantenía la daga en lo alto. Se detuvo en cuanto vio a Altai sentado en uno de los rincones del lugar. Khojin bajó la daga y se acercó lentamente hacia él. No sabía qué decirle, pues su garganta se mantenía cerrada. Quien rompió el silencio fue Altai. —Lo siento —susurró. —¿Qué haces aquí? Ya he perdido todo con tal de protegerte. Dime, ¿qué más tengo que dejar para que entiendas que si vas a estar conmigo debes renunciar a tus deseos propios? Altai se levantó del suelo, quedando justo frente a ella. —Estoy a punto de obtener una recompensa de parte de los chi nos —avisó—. En cuanto la obtenga, prometo que vendré por ti, y si ellos no quieren entonces me aseguraré de arrebatarte de su lado. Me casaré contigo, Khojin. Khojin lo observó intensamente. De alguna manera ella quería saber si él se lo estaba prometiendo o solo era una forma para ilusionarla. En los ojos de Altai vio su determinación, sin embargo, no pensó lo que aquello significaba en realidad. Ella solo pensó en estar con él y ser su esposa. Él abrió los brazos y ella cayó encantada, sintiendo como por primera vez en meses, Altai le hacía una promesa con tanta seguridad. —¿Me esperarás, Khojin? —preguntó Altai mientras besaba su cabello—. Yo te esperaría toda la vida. Khojin se mantuvo aferrada a él, sintiendo el latido de su corazón, —Si me esperas toda la vida, entonces yo también te esperaré.
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