Mis piernas se sentían débiles, quería gritar, estallar. Demonios, que bien lo hacía. Lo hacía bien, maldita sea, lo hacía cómo a mí me gustaba y eso era peligroso. Su erección era cada vez más grande, lo sentía contra mi puente de venus.
Estaba demasiado húmeda, tanto que mi braga ya estaba toda empapada. Él sonrió al notarlo. Me obligó a separar más las piernas, empujando con cuidado mis talones con sus pies.
Max jugó insaciablemente con mis labios, hinchando mi clítoris, dibujando insistentes círculos alrededor, estimulándolo con una velocidad que cada vez aumentaba más. Si el pecado se personificara, Max lo sería sin lugar a duda. Un hombre adulto que podría darme incluso el mundo si lo quisiera, él ya me tenía completa y yo era dueña y provocadora de aquel m*****o erecto que amenazaba con romper sus pantalones. Eso me hacía sentir deseada, superior a él, siendo jefa de su placer.
Tiene el vil descaro de rosar con la punta de su lengua mis pezones cubiertos por mi camiseta blanca, haciéndome estremecer. Aguardar silencio era lo más difícil que podría pedirme en esa situación. Humedece mi ropa, estremece mí interior y siento que estoy a punto de perder el control, queriendo llegar con mucha ansiedad al clímax que él quiere provocar tapando mis gemidos con su mano.
Entonces, cortando con todo aquel rollo, alguien toca la puerta, despertándome de la ensoñación y golpeándome cruelmente con la realidad. Pero Max no para, no se detiene, continúa masturbándome.
—¿Está ocupado? —pregunta una señora por detrás de la puerta.
Tengo el instinto de querer sacar a Max pero no quiero que pare.
—Sí—logré decir, con toda la voluntad posible por sonar normal.
—Oh, lo siento muchacha.