Estaba en mitad de un camino, completamente desierto, sin luz, sin vida y sin color. Los árboles estaban desnudos, sin hojas que cubriesen sus ramas, y la hierba sonaba cuando sus pies partían sus finos tallos al pisar. La niebla era demasiado opaca y tenue como para permitirle mirar hacia el frente. Hizo una mueca y caminó varios pasos hacia delante, aunque a decir verdad no estaba muy seguro de si le serviría de mucho. La silueta de una persona aproximarse a él captó su atención. Sus vestidos eran muy extravagantes y sus cabellos recogidos en un despampanate moño lo hicieron reconocer a aquella persona, a pesar de que su rostro aún no había quedado al descubierto. Sus ojos verdes se entrecerraron para ver con mayor claridad, pero cuanto más se esforzaba por ver más oscuro y difuso

