Sus pies volvieron a jugarle una mala pasada y volvió a tropezar. —Señor...—Murmuró Nathanel corriendo hacia él para ayudarlo—Señor, tranquilo. Yo lo llevo a su cuarto,—miró hacia atrás algo atemorizado por si venía Adrien tras ellos—y no se preocupe porque yo lo defiendo. Abrieron con algo de dificultad la lujosa puerta de madera tallada y entraron al interior. Lo sentó en un lujosos sillón de terciopelo granate mientras que Félix respiraba dificultosamente. —Mientras esté yo aquí no le va a pasar nada—aseguró el joven de cabeza rapada. —Haga algo—pidió—como ese bruto entre me mata. Dos ruidosos golpes secos se hicieron audibles. —¿Qué pasa "hermanito"?—dijo Adrien al otro lado de la puerta—Si todavía tienes algo de hombre, sal y enfréntame ¿Te da miedo dar la cara?—dio

