Capítulo 6

1538 Palabras
  La parte de atrás del coche dio un sacudón fuerte.   El golpe me lanzó hacia adelante y sentí cómo mi frente chocaba contra el volante con un sonido seco que me puso los pelos de punta.   De no haber sido por el cinturón, habría salido volando por el parabrisas, sin duda.   Un dolor agudo me atravesó la cabeza.   Pestañeé—todo estaba teñido de rojo delante de mí.   Me lancé sobre la guantera a tientas, saqué un pañuelo tratando de secar la sangre que me chorreaba desde la frente hasta los ojos.   Un golpe en la ventana me sobresaltó—vibró bajo el impacto.   Casi se me sale el alma.   Bajo la lluvia, un hombre estaba ahí plantado.   Con el poco ánimo que tenía, estiré el dedo y bajé la ventana.   Era un tipo de unos cincuenta, con uniforme de chofer. Las gafas le goteaban agua y sostenía un paraguas n***o, con cara de tener el alma hecha trizas.   —Señorita, lo lamento muchísimo. Frené demasiado tarde. Quisiera encargarme de los daños, pero mi jefe tiene prisa. ¿Podría darme su contacto? Me encargaré de todo, se lo aseguro.   Sacudí la cabeza, pero me arrepentí de inmediato—el dolor me embistió otra vez y me dejó viendo estrellas.   Me bajé del coche a duras penas y fui hasta la parte de atrás para inspeccionar el daño.   El parachoques tenía una abolladura fea, cortesía del Bentley.   Resoplé molesta, saqué el teléfono y le tomé varias fotos.   —Señorita—insistió el hombre.   —Nada de eso. Voy a llamar a la policía —le solté entre dientes.   Ya tenía suficiente por hoy, no quería palabrerías. Que vinieran y resolvieran todo de una vez.   No me discutió. Se dio media vuelta y se subió al Bentley. Desde ahí lo vi hablando con alguien que seguía sentado en la parte de atrás—era un hombre, pero solo alcanzo a ver su silueta.   Al pasarme la mano por la frente, sentí cómo la lluvia se mezclaba con la sangre y el dolor seguía ahí, punzando.   —Hola. Quiero reportar un choque. Estoy ubicada en...   Al volver al auto empecé a buscar, pero nada. Ni un botiquín, solo toallitas secas y viejos recibos. Necesitaba una clínica.   El Bentley seguía quieto detrás de mí. Lo vigilaba de reojo, sin confiarme.   Unos minutos después llegó la patrulla—pero vino acompañada por un Maybach plateado que relucía aún bajo la lluvia.   Se abrió la puerta del Bentley.   Primero bajó el chofer con el paraguas, luego abrió la puerta trasera.   Bajó un tipo.   Alto, con cuerpo atlético, facciones marcadas y esa energía de alguien que siempre tiene la última palabra.   Aunque estaba lejos, sus ojos se sentían como cuchillas—nada se le escapaba.   En cuanto notó que lo miraba, se giró directo hacia mí.   Ese rostro... juraría que ya lo había visto antes.   Pero entre el dolor de cabeza y el mareo, era imposible concentrarme.   Se quitó el saco y se lo dio al chofer mientras decía algo bajo, y luego cruzó en dirección al Maybach.   Otro chofer ya lo esperaba con la puerta abierta.   El primer chofer volvió hacia mí con la chaqueta.   —Señorita, su camisa está empapada. Por favor, póngase esto.   Bajé la vista.   La blusa blanca se había pegado al cuerpo y dejaba todo a la vista.   Sentí que la cara se me encendía. Me puse la chaqueta rápido. —Gracias.   Él sonrió, de forma educada, antes de ir a hablar con la policía.   El Maybach se alejó sin hacer ruido, perdiéndose entre la lluvia agresiva.   Antes de que desapareciera por completo, alcancé a ver de nuevo el rostro de ese hombre. Tan pulido como una estatua esculpida.   La chaqueta aún estaba tibia, con su aroma a sándalo suave, como si quisiera envolverme.   Fue un accidente sin más.   Ahí mismo la policía hizo el informe. Firmé y saqué el contacto del chofer, Roy se llamaba.   Me ofreció ir al hospital, pero no acepté.   Después de calmarme un poco, me di cuenta de que tal vez llamar a la policía había sido una exageración.   Roy había querido resolverlo pacíficamente desde el inicio.   —Perdón por reaccionar así —le dije—. Tenía el día cruzado. No fue tu culpa.   —No hay problema —dijo con una sonrisa tranquila.   —Llevaré la chaqueta a limpieza y te la devuelvo.   Pareció querer decir algo más, pero al final solo asintió.   Fui al hospital más cercano manejando yo misma.   Mientras el doctor limpiaba la herida de mi frente, la puerta se abrió de golpe.   Cary irrumpió con cara de querer prenderle fuego a todo.   El doctor se sobresaltó. —Señor, no puede entrar así—   —No pasa nada —interrumpí—. Él es mi... jefe.   Casi se me escapa la palabra esposo.   Cary se plantó frente al médico. —¿Está bien?   —Solo una cortadita y algunos golpes. Nada grave.   Terminó de vendarme y me pasó la receta.   Le di las gracias y salí al pasillo.   Cary venía justo detrás, se adelantó para pagar la cuenta y tomó los medicamentos antes de que yo pudiera hacerlo.   Jugando al esposo ejemplar.   No dije una palabra.   Al salir, buscaba mis llaves en el bolso cuando Cary me las quitó de la mano.   —¡Oye!   Me abrazó por los hombros y prácticamente me arrastró al estacionamiento.   Abrió la puerta del copiloto de golpe y me metió adentro sin mucha ceremonia.   La cerró de inmediato, alejando el sonido de la lluvia.   —Me bloqueaste —explotó mirándome como si fuera una bomba—. ¡Manejaste como loca bajo la lluvia y casi te matas! ¿Eso era lo que querías? ¿Castigarme?   Lo vi con ese rostro perfecto... tan enfadado... y de repente me solté a reír.   El día había sido una montaña rusa, y su idea loca, simplemente, me desarmó.   ¿De verdad creyó que me iba a arriesgar así solo por hacerlo sentir mal?   Claro, el ego a él le rebosaba.   —Cálmate. No ando en plan suicida —dije, extendiendo la mano—. Devuélveme mi cartera.   Él la alejó. —Está bien, te mentí con lo del viaje. Pero si te decía la verdad, ibas a ponerte celosa otra vez.   —Qué encantador —dije sin ganas—. Lo adivinaste: tu mamá me citó para echarme en cara, una vez más, que no soy digna de ti. Como lleva tres años haciéndolo. Si quieres arreglar algo, empieza por ella.   —He sido tu esposa de adorno. No me pongo celosa por tus dramas con otras.   La cabeza me martillaba. Hablé más de la cuenta.   Cary se quedó callado un momento y luego dijo: —Te repito, Vanessa es solo una amiga. Nuestras familias se conocen de siempre. Mi mamá la quiere como a la hija que nunca tuvo.   —Pues qué bien, ya tienen una "nueva hija". Felicidades. —Me cerré la chaqueta. El frío me caló.   —¿Eso es todo? —su tono bajó. —¿Me prometes que no vas a pelear con mi mamá otra vez?   —Te lo juro, siempre y cuando no empiecen ustedes. —Solté sin dudar—. Sí, el matrimonio es por contrato. Pero ese contrato no dice que me tengo que aguantar culpas ajenas.   —Entendido —su voz bajó de golpe—. Me encargaré de que lo de hoy no se repita.   Aunque por dentro, no tenía ni idea de a qué "lo de hoy" se refería.   ¿No pasear a Vanessa por delante mío?   ¿Ponerle un freno a Tanya?   No tenía energía para preguntar. Solo quería irme a casa y terminar el día.   —¿Puedes encender el coche?   Al moverme, rocé la chaqueta. Su aroma volvió a llegarme—aquel sándalo cálido.   Cary lo notó al instante.   Chaqueta ajustada. Elegante. Evidentemente no era mía.   —¿De quién es esa chaqueta?   ¿En serio? ¿Eso era lo que le preocupaba?   —¿Sabes qué? —dije sin pensar—. Hoy también gané familia nueva. El tipo de la chaqueta es mi medio hermano.   Su cara se nubló.   Me arrancó la chaqueta de golpe y la lanzó por la ventana.   —¡¿Estás loco?! —le grité, abriendo la puerta para ir a recogerla.   Me agarró del brazo y me volvió a meter al coche. Luego se agachó... y me besó.   Apreté los dientes, negándome a corresponder.   Pero él insistió, metiéndose por completo. Su beso era rudo, sin espacio para protestar.   Cuando al fin se alejó, respirando agitado, gruñó: —Te lo dije, no juegues conmigo. Los celos no estaban en nuestro contrato.   Ni siquiera valía la pena contestarle.   La chaqueta estaba afuera, empapada hasta el alma.   Le había dicho a Roy que la devolvería limpia.   ¿Y ahora qué?   —   Esa noche, la fiebre me tumbó.   Cary se quedó conmigo en casa.   Me preparó sopa, me la dio él mismo, me arropó; hizo todo como si aún le importara.   Pero a media noche, la temperatura no bajaba.   Estaba ahí tirada, sintiéndome fatal.   El teléfono de Cary vibró en la mesa de noche.   12:35 de la madrugada.   Ese zumbido era insoportable.   La pantalla se iluminó. Una letra: V.
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