No dije ni pío.
Cary seguía con la cara tranquila, pero el leve fruncido entre sus cejas lo delataba.
El teléfono no paraba de vibrar. Primero llamadas normales, luego videollamadas, y al final empezó a lloverle mensajes, uno tras otro, todos bien claros en la pantalla.
"¿No vas a contestar?" le solté.
Por fin alargó la mano, apagó el celular sin mirarlo siquiera y lo volvió a dejar en la mesita.
Me tocó la frente. "Sigues algo caliente. Duérmete otro rato, yo me quedo aquí contigo."
Me di la vuelta y cerré los ojos.
Una hora después, mi respiración ya era parejita.
Cary agarró otra vez el teléfono, lo encendió y salió al balcón. Alcancé a oír su voz, bajita, como si no quisiera despertar a nadie. "¿Estás bien? Tranquila, voy para allá..."
Después entró, tomó una chaqueta y se fue.
Abrí los ojos justo cuando la puerta hizo clic al cerrarse.
En realidad, nunca estuve dormida.
Ni sabía ya qué trataba de salvar. Cuando el amor de un hombre se va, es como una fruta que se pudre por dentro: no hay vuelta atrás, solo apesta más con el tiempo.
A eso de las cuatro y media de la mañana, Cary volvió.
Al ver que seguía acostada, respiró aliviado. Puso su mano en mi frente: ya no había fiebre.
Se metió al baño.
Al rato salió en bata, se metió en la cama y me abrazó por la cintura por detrás.
Cuando lo oí roncar suavecito, aparté con cuidado su brazo, me senté y lo miré. Seguía igual de perfecto. Esa mandíbula tan marcada, los labios bien definidos… y ahí fue que mis ojos toparon con unas marcas de mordidas, claritas, en su clavícula.
Fue como si alguien me atravesara el pecho con una hoja de metal.
El asco me nubló la vista. Ese cuerpo que una vez me perteneció ahora tenía las huellas de otra.
Y entonces me cruzó una idea loca. ¿Y si le presionaba una almohada en la cara? Todo se acabaría ya.
Cary me encontró en la cocina.
Llevaba puesto un delantal y hacía desayuno para dos.
"Ven a comer", le dije.
"Tu fiebre recién bajó. Deberías descansar más", dijo, acercándose para tocarme la frente, pero aparté la cabeza sin mucho drama.
"Solo es un resfriado tonto." Me quité el delantal y me senté a la mesa.
Cary miró su mano en el aire, desconcertado.
"Tengo que hablar contigo de algo", le solté.
"¿Y ahora qué es?" preguntó mientras tomaba un sorbo de jugo.
"Voy a renunciar." Eso lo tomó completamente por sorpresa. Justo cuando iba a preguntar por qué, le sonreí. "He estado rompiéndome el lomo demasiados años. Me siento seca. Así que pensé en darme el lujo de ser una esposa trofeo por un rato."
Cary me miraba entornando los ojos, tratando de adivinar si iba en serio. "No me estarás tomando el pelo, ¿verdad?"
"¿Tengo cara de estar bromeando? ¿Qué crees, que no sé relajarme como la gente normal?"
Lo pensó unos segundos y después asintió. "Vale, está bien si te quedas en casa. De paso podríamos ir pensando en tener un hijo ya."
Solo le sonreí sin decir nada.
Claro, tú quieres que yo me encierre en casa criando un bebé mientras tú te la pasas jugando a los enamorados con tu querida V. Sigue soñando.
"Una vez que entregue la renuncia, me voy con Portia por Europa. Nos debemos ese viaje desde hace rato."
"¿Pero no está ella muy cargada de trabajo como para irse contigo?"
"Súper saturada. Pero seguro se hace un hueco para mí", dije con tono despreocupado.
Cary quedó callado, como si algo hiciera clic en su cabeza. "Un viaje suena bien. Yo me encargo de todo. No te estreses, solo ve y pásala bien."
Yo solo mantuve la sonrisa suave en la cara, sin decir nada.
Sí, encárgate tú de los boletos. Yo me encargo de desaparecer de tu vida.
Como aún tenía ese moretón visible en la frente, pedí unos días más de baja. No me apetecía aparecer hecha un desastre justo cuando iba a renunciar.
Con tanto tiempo libre, empecé a empacar mis cosas sin prisa. Ropa, zapatos, bolsos... todas esas cosas pequeñas que una va acumulando. Cada día sacaba un poco más y lo llevaba a mi nuevo lugar.
Una caja hoy, otra mañana. El clóset que antes rebosaba, ahora se iba quedando pelado. Cualquiera con ojos lo notaría.
Pero Cary ni en cuenta.
Hasta quemé nuestras fotos de boda en el jardín, y él ni se inmutó. Estaba demasiado metido en su celular, riéndose de quién sabe qué y texteando como si estuviera en medio de una comedia romántica.
Si tan solo hubiera levantado la vista un segundo…
Me quedé parada, viéndolo tras el cristal.
No fue hasta que la llama del encendedor me quemó los dedos que solté las fotos.
El fuego agarró bien rápido, las fotos empapadas en gasolina ardieron en segundos. Nuestras caritas sonrientes, la mía feliz, él mirándome... todo eso se deshizo entre las llamas. Se deformó hasta quedar irreconocible y luego solo quedaron cenizas negras.
Una opresión en el pecho me cortaba el aire. Ver cómo se deshacían me llenó los ojos de lágrimas.
"¿Qué estás quemando?" Por fin Cary notó el humo y salió.
Eché la cabeza hacia atrás, tragándome todo lo que sentía.
"Nada importante", respondí tranquila. Me giré hacia él, ojos algo llorosos pero sonrisa puesta. "Solo un montón de basura inútil."