Cuando Cary hablaba, era palabra santa. Así que si él decía que no quería que saliera de casa, básicamente estaba condenada al arresto domiciliario. Solo que mi "cárcel" era una mansión victoriana de ladrillo rojo, y el "carcelero" me preparaba filete al punto con corte impecable para almorzar. Después de comer, llamé a Portia, que llevaba enviándome mensajes sin parar desde que me sacaron volando de mi nuevo piso. Le conté todo lo último. Jamás le escondía nada a mi mejor amiga, ni siquiera los detalles medios escandalosos de mi vida s****l. "Qué cerdo tan enfermo," fue lo primero que soltó. "No me importa lo grande que la tenga," continuó escupiendo veneno, "tienes que cortar ya con esta dependencia tóxica. Te va a arrastrar al fondo." "Lo sé." Pero saberlo es una

