El ascensor me llevó hasta el bar de la azotea en el décimo piso. La cantidad de gente que vino a mi fiesta de despedida fue una sorpresa total; ni reconocía a la mitad. Igual, quizá vinieron por los tragos gratis. Todo el mundo sabía que yo era la supuesta novia del CEO. Al principio, había miradas cargadas de duda, pensando que me había abierto camino a la cima con favores sexuales. Una vez oí que alguien apostaba un sueldo mensual a que me habían contratado por "mis talentos orales". Pero proyecto tras proyecto, fui demostrando que sabía de lo mío –tanto lo técnico como la gestión– y esos susurros fueron apagándose solos. "Lamento tener que irme," dije, alzando un poco la voz. "Pero por razones personales, no puedo seguir en Mayfair Global. Si necesitan algo, me pegan un t

