El Fuego Que No Consume
El sol aún no se alzaba del todo cuando Isabella despertó, aún envuelta en la calidez del cuerpo que la sostenía. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Sentía su cuerpo cansado, pero satisfecho. Dolorosamente consciente de cada centímetro de piel que había sido tocado, besado, amado por Rowan Ashcombe.
Su rostro estaba cerca del pecho de él, apoyado sobre ese rincón donde podía escuchar los latidos, como si su cuerpo aún buscara refugio incluso dormida. Y allí seguía él, sin moverse, sin huir. La rodeaba con un brazo y su respiración era profunda y pausada.
Había algo en esa quietud que le erizó la piel.
Alzó el rostro y lo vio despierto. La estaba mirando.
- Buenos días, lady Ashcombe. - murmuró, con una media sonrisa que arrastraba las sombras de la noche anterior.
Isabella bajó la mirada, apenas ruborizada y se apartó un poco, aunque no rompió el contacto por completo.
- ¿Has dormido algo?
- Lo suficiente para soñar contigo. - respondió él, antes de alzar la mano y apartarle un mechón del rostro con un gesto casi reverente - Aunque confieso que desperté hace un rato… y me quedé observándote.
La joven entrecerró los ojos.
- ¿Y qué viste?
- A una mujer que aún no comprende el poder que tiene. - dijo él, con voz baja, grave, mientras sus dedos recorrían la línea de su mandíbula, bajando hasta el cuello - Vi a la madre de mi futuro hijo… aunque aún no lo sea.
Isabella tragó saliva.
- No estoy…
- Lo sé. - la interrumpió, sin dureza - Aún no. Pero lo estarás. Y cuando llegue ese momento… quiero que ya no temas. Que me mires como me miraste anoche, como lo estás haciendo ahora. Con confianza.
Isabella no dijo nada, solo apoyó su mano sobre la de él, asintiendo en silencio.
Rowan se incorporó, aún desnudo, sin prisa. Se estiró como un felino satisfecho y se levantó de la cama. Isabella se cubrió instintivamente con la sábana, pero lo siguió con la mirada mientras él se colocaba la bata y se dirigía hacia el tocador donde había dejado una copa de agua la noche anterior.
- Hoy saldré a recorrer parte de la propiedad. - dijo mientras bebía - Necesito ver cómo van las tierras del este. Los invernaderos necesitan una revisión antes de que llegue el cambio de estación.
La joven asintió desde la cama, incorporándose un poco con la sábana aún alrededor de su cuerpo.
- ¿Volverás tarde?
Rowan se giró hacia ella con una ceja alzada.
- ¿Me extrañarás, esposa?
Isabella sonrió, bajando la vista. Sus mejillas ardían, pero no respondió.
El conde cruzó la habitación y se detuvo junto al lecho. Se inclinó y la besó en la frente con ternura. Luego, sus labios rozaron su mejilla y bajaron hasta el hueco de la garganta. Ella cerró los ojos al sentir ese contacto, suave pero prometedor.
- Volveré para el almuerzo. - susurró él contra su piel acariciando la curva de su seno - Y espero que me recibas tú misma… con las manos tibias y ese perfume de lavanda que tanto me gusta.
Ella rio suavemente.
- Estarás de suerte. Martha insiste en usar esa esencia en cada rincón.
- No me refiero a la casa. - dijo él, enderezándose - Es tu piel la que huele así.
Isabella lo vio alejarse hacia el baño privado. Escuchó el agua correr y luego el sonido del lavamanos. Sus pensamientos eran un torbellino. Aún sentía el calor de sus caricias en la piel, la forma en que la había mirado en la madrugada, con esa mezcla de hambre y devoción. Pero también lo notaba contenido, como si supiera exactamente cuánto dar y cuánto esperar. Como si tuviera un plan.
Y lo tenía.
Rowan Ashcombe era un hombre que siempre sabía lo que hacía.
Incluso cuando fingía espontaneidad.
Cuando Rowan bajó a desayunar, ella ya estaba allí, vestida con uno de los vestidos suaves que Martha había elegido en tonos malva y gris perla. El cabello recogido, pero suelto alrededor del rostro. Sus mejillas tenían ese rubor delicado que no venía del clima ni del té caliente.
Rowan la saludó con una leve inclinación de cabeza, cortés, pero con una chispa en los ojos que solo ella captó.
Durante el desayuno, conversaron poco. Un par de comentarios sobre el clima, el estado de las tierras. Isabella lo observaba mientras él daba instrucciones a uno de los sirvientes sobre el carruaje. El conde volvía a ser el caballero meticuloso, seguro, dueño de sí mismo. Pero cuando sus ojos se cruzaban con los de ella, había algo más. Un secreto compartido. Un lazo que se había comenzado a formar.
Rowan se levantó, se puso los guantes y se acercó a ella antes de salir.
- No te canses demasiado esta mañana. - le dijo - No quiero que enfermes. El otoño comienza a calar los huesos con más prisa de lo que parece.
Ella asintió, con un leve gesto de sorpresa ante el tono protector.
- Estaré bien. Quizá lea un poco en el salón, o camine por el invernadero.
- ¿Sin torcerte el tobillo esta vez?
Isabella le lanzó una mirada entre divertida y ofendida.
- Fue una tormenta.
- Y un descuido adorable. - murmuró él, inclinándose para rozar sus labios, apenas un beso fugaz que ningún sirviente notó - Hasta el almuerzo, Isabella.
Y se marchó.
Cuando la puerta se cerró tras él, Isabella se quedó sola en el comedor. Tomó la taza con ambas manos y la acercó a los labios. No bebió. Solo se quedó allí, mirando el vapor ascender con lentitud.
Algo estaba cambiando.
En ella.
En él.
En lo que compartían.
Y aunque aún no lo decía en voz alta, empezaba a desear que ese cambio no tuviera marcha atrás.