—Bueno, ¡al menos puedes pasar un rato conmigo viendo la tele! Son solo las cinco. ¿Quién va a una discoteca a las cinco? —Está bien...— dije y me dejé caer en el sofá a su lado. —¡No te sientes ahí! No tengo piojos, ¿sabes? Puse los ojos en blanco con una media sonrisa y me acerqué a mamá. Era extraño cuando coqueteábamos con tanta intimidad. A pesar de lo "íntimos" que habíamos sido días atrás, mamá había vuelto a la normalidad con tanta facilidad que era fácil olvidar lo que hacíamos juntas. Sin embargo, esos recuerdos volvieron enseguida. Todo empezó con la mano de mi madre cepillándome el pelo por detrás de la espalda, como solía hacerlo cuando era más pequeña. «Me gusta tu pelo así», dijo. Un cumplido poco común en una madre prejuiciosa. —Gracias— dije con cautela. —Recuéstate,

