Decir que las cosas cambiaron después de eso sería quedarse corto. Siempre he oído que la relación con tus padres cambia con la edad, pero no creo que la gente lo dijera en serio. Las conversaciones en el desayuno y la cena se mantuvieron casi igual; sin embargo, mi madre parecía tener un tono más cortante cada vez que me hablaba (aunque, claro, mi madre siempre parecía tener un tono más cortante, pasara lo que pasara). Así que, en realidad, mi madre era la única que se comportaba con normalidad a diario. El primer gran cambio que noté fueron mis abrazos con mi padre.
Estaba acostumbrada a que volviera del trabajo y me diera un abrazo y un beso en la cabeza, pero ahora los abrazos se prolongaban, y sus cálidas manos me frotaban y exploraban la espalda mientras me apretaba. Fue extraño la primera vez, pero ahora lo espero con ansias. Apoyaba la mejilla en el pecho de papá, oliendo su familiar aroma almizclado, mientras le contaba cómo me había ido el día, mientras sus manos me frotaban la espalda cada vez más abajo hasta que sus palmas ahuecaban mi apretado trasero y yo me mordía el labio inferior. Cuando se apartaba con un beso en la frente, mi coño se llenaba de lágrimas. Papá era un provocador conmigo.
No quería iniciar ni interrumpir el sexo de nuevo, ya que no quería molestar a papá y mamá, que parecían estar molestos conmigo, así que me encontré masturbándome aún más que antes de que mamá y papá me pillaran. Todos los días me corría dos veces, a veces tres, solo por abrazar a papá. Rezaba para que me llamaran a su habitación para hacer lo que quisieran conmigo, pero la invitación nunca llegó y ya no los oía tener sexo. Pasaron dos semanas así y temí haber arruinado el matrimonio de mis padres.
Me di cuenta de que mamá le estaba negando el sexo a papá por la actitud tranquila que le daba durante el día y las caricias cada vez mayores que papá me daba cada noche que pasaba.
—¿Ya estás en la cama?—, preguntó papá, entreabriendo la puerta de mi habitación. Estaba abrigada bajo las sábanas y acababa de empezar mi tradición nocturna de tocarme cuando mi padre entreabrió la puerta.
—Sí, papi —dije, y mis mejillas se pusieron rosadas.
—Tu madre pensó que habías salido con tus amigos, es viernes por la noche— dijo al entrar.
—No, no van a hacer nada esta noche—, mentí. La verdad era que no quería perder la oportunidad de estar con mamá y papá.
Papá asintió. —Mejor aprovecha al máximo a tus amigas mientras puedas, pronto irás a la universidad.
—Sí.
—Bueno, buenas noches, cariño—, dijo papá, inclinándose sobre mi cama, me tomó la mejilla con la mano y me besó en la frente. Fruncí los labios al sentir el corazón latir con fuerza. Di un grito ahogado cuando la mano de papá, inesperadamente inocente, se deslizó de la mejilla de su hija, bajo las sábanas, para acariciarme el pecho. Su beso se detuvo en mi frente mientras sentía sus dedos acariciar mi pecho izquierdo a través de la camiseta y luego el derecho. —Mmm... cariño, te he extrañado mucho...—, gimió al sentir sus dedos masajear un pecho y luego el otro.
—Yo también te he extrañado, papi—, jadeé. Ya estaba hecha un mar de jadeos mientras me pellizcaba los pezones. No podía pensar en nada más que en las caricias de papi y en el deseo que sentía por más.
—Mmm, Dios, se me pone tan duro oírte decir eso—, dijo, y acercó sus labios a los míos. El beso fue profundo y prolongado. Su lengua exploró mi boca y me froté los muslos, pensando que podría correrme solo con esto.
La mano de papá se deslizó entre mis piernas y lo oí gruñir como un animal al sentir mis muslos resbaladizos y mis bragas empapadas. No quería detener el beso, pero cuando la mano de papá rozó la superficie de mis bragas y sentí sus dedos haciendo círculos en mi clítoris, tuve que jadear de placer.
—Mm... Papá...— gemí, pero papá me tapó la boca con su otra mano.
Volvió a mirar la puerta entreabierta antes de volver a mirarme. —Tu madre sigue enfadada conmigo, así que tenemos que callarnos, ¿vale?—, susurró.
Asentí y papá apartó la mano de mi boca para besarme de nuevo. Acepté con ansias. En cuestión de segundos, papá me hizo correrme. Sinceramente, creo que con solo mirarme, yo podría tener un orgasmo. Con la lengua de papá metida en mi boca, sus dedos vibraron en mi clítoris a través de mis bragas hasta que todo mi cuerpo se tensó en la cama. Intenté callarme, pero el tacto de papá era demasiado placentero.
—¡Mmmmmmmahhmmmm!— Gemí durante el orgasmo mientras veía manchas durante varios segundos.
—Está bien— susurró papá mientras se enderezaba, mirando la puerta una última vez, —¿Quieres chupar la polla de papá?
Asentí con entusiasmo y miré a papá con una sonrisa de emoción. Rodando hacia un lado, vi a papá desabrocharse los pantalones y su enorme y gruesa polla se desenrolló en cuanto se le cayeron los bóxers.
Inmediatamente extendí la mano para acariciarlo antes de envolver mis labios alrededor de la punta.
—Oh, sí... esa es mi buena niña... Chupa la polla de papi...—suspiró mientras sus manos rozaban suavemente mi mejilla, frente y cuello hasta que tuvo todo mi cabello recogido en su puño y fuera de mi cara.
—Mmm mmmm mmmm—, gemí mientras mis labios se abrían paso a paso por su m*****o. Me encantaba sentir la polla de papi crecer, engrosarse y flexionarse dentro de mi boca. Ojalá pudiera dormirme con papi en mi boca.
—Jesús, nena... ¡Uf, Dios mío, cariño, qué bien te sientes, cariño! Le pones a papi una erección tremenda— dijo mientras empezaba a mover las caderas hacia adelante. Su polla entraba y salía de mi boca como si fuera mi coño. —¿Te gusta eso, nena? ¿Te gusta que papi te folle la boca?.
—Mmmhmm— tarareé mientras papá agarraba la parte de atrás de mi cabeza y comenzaba a follarme la boca.
Me concentré en respirar por la nariz y abrir la garganta mientras mi papá me probaba el reflejo nauseoso. Lo miré con lágrimas en los ojos y pude ver el placer que le daba escrito en su rostro: « Dios, me encanta».
Los dedos de papá me subieron la camisa, dejándome al descubierto mis pechos saltarines. Papá gimió mientras seguía follándome la garganta mientras sus manos me acariciaban los pechos. Supe que papá estaba cerca incluso antes de que empezara a gemir por las rápidas flexiones de su m*****o, que me estiraban la mandíbula hasta el límite.
—Ay, nena. Papi se va a correr en tu boca —susurró con los dientes apretados—. Papi va a hacer un desastre en la boca de su chica favorita... ¡Dios mío!... ¡Aquí viene! Abre bien, cariño... ¡Uf!
Me clavó su enorme polla en la lengua y sentí cómo la carne de papi se espesaba mientras su leche se derramaba por mi lengua. Bebí rápidamente lo que pude, pero más se me escapó por las comisuras de la boca mientras papi seguía llenándome la boca de su semen.
Papá acababa de sacarme la polla de la boca, y yo todavía me estaba limpiando la barbilla cuando mamá lo llamó desde abajo. Estaba esperando para empezar sus programas nocturnos de televisión y estaba harta de esperar.
—¡Ya voy!— gritó. Me dio un beso rápido en la frente y sonrió antes de salir de mi habitación. Sin dejar de lamerme el semen de los labios, volví a meter las manos en las bragas para correrme varias veces más esa noche.
Al día siguiente, mi padre se fue a visitar a sus hermanos, que vivían a pocas horas de distancia. De hecho, quedé con mis amigos esa noche, principalmente para evitar a mi madre, que llevaba días insistiéndome con mis tareas, pero por muchas que hiciera, siempre parecía que me las echaban encima.
Era tarde y me estaba preparando para ir a casa de Jessica. Estaba maquillada, peinada y llevaba una blusa negra muy bonita con una minifalda a juego que siempre llamaba la atención de los chicos. Bajé corriendo las escaleras y fui directa a la puerta, pensando que podría escapar, hasta que oí a mi madre llamarme desde la sala. Suspiré y caminé con dificultad hacia ella. Mi madre estaba sentada en el sofá viendo la tele. Llevaba una blusa roja de tirantes finos que apenas cubría sus enormes pechos. Sus muslos gruesos y bronceados estaban al descubierto por sus shorts vaqueros.
—¿Y adónde vas?— preguntó mamá mirándome de arriba abajo.
—Katie, Jessica y yo íbamos a la discoteca de Ibiza.
—¿Así que te vas a ir sin más con tus tareas a medias y me vas a dejar aquí sola?—, dijo, y bajé la cabeza. —Creía que te había criado mejor que eso.
—¿No puedo ir?— pregunté en un murmullo.
—No, no, no, vete... deja a tu madre sola en casa... ¿A quién le importo?
—Mamá...— suspiré, dando un paso hacia la habitación.