Emilia Schneider No me tiemblan las manos. No porque no tenga miedo, sino porque ya aprendí a vivir con él. El miedo es como una sombra. A veces se queda atrás, a veces camina a tu lado y otras, las más peligrosas, se te mete en el cuerpo como si fuera parte de tu ADN. Lo sientes en los huesos, en el estómago, en la lengua cuando intentas hablar y las palabras se quedan atascadas. Pero no ahora. No esta noche. Esta noche soy acero. Soy una mujer con una misión. Camino entre los árboles, en la oscuridad espesa del bosque que rodea el hangar clandestino. Llevo mi arma en la mano, la chaqueta ajustada al cuerpo, el cabello recogido en una coleta baja. Me muevo como si fuera invisible, aunque sé que hay ojos observando. Siempre los hay. —Aquí Emilia, en posición —susurro por el comunicado

