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“Hola, señorita Domínguez. Necesito que me haga un favor”.
Mi jefe estaba visiblemente cabizbajo, sosteniendo un sostén en una mano y con la otra comparada hacia un costado. Levanté las cejas, visiblemente confundida y un poco afectada, y le murmuré, sosteniendo una carpeta entre mis manos, con la espalda recta y disimuladamente mirando sus labios rojos.
Había estado enamorada del señor desde que íbamos a la secundaria juntos. Él era el típico matón, el chico malo del que nadie esperaba un futuro. Sin embargo, sorprendió a todos entrando en la universidad y teniendo un invento tan genial que se convirtió en millonario. A la edad de 30 años, se había convertido en un exitoso empresario digno de admirar. Lo más sorprendente de todo era que yo había sido su secretaria durante muchos años, a pesar de que me hacía bullying cuando éramos más jóvenes.
Él rompió el silencio.
"Necesito que me ayudes", dijo con una voz suave, mirando hacia arriba. Sus ojos pedían algo que yo no podía comprender. Disimuladamente acomodé mis gafas y le pregunté:
"Dime, ¿en qué puedo ayudarte?".
Él insistió, con un suspiro: "Necesito que seas la madre de mi hijo".
Al escuchar esas palabras, no pude evitar estallar en una carcajada que resonó por toda la habitación. Fue tan fuerte que incluso el bebé pareció sorprendido, y yo me tambaleé hacia atrás, visiblemente confundida.
Aquellas palabras me dejaron sorprendida y perpleja. ¿Qué estaba hablando? ¿Quería acaso que me embarazara para tener un hijo suyo?
"Necesito un vientre de alquiler", comentó finalmente. Dejé de reírme al instante. Luego añadió, "Deja de reírte, por favor", de manera irritante, mientras se daba la vuelta, acomodaba su saco y miraba por la gran ventanal.
"Pero, ¿es una broma?", pregunté con seriedad, quieta como una estatua clavada en el suelo.
"No lo es", respondió. "Porque me he dado cuenta de que no puedo confiar en nadie. La mayoría de las mujeres se acercan a mí solo por mi dinero y mi atractivo."
"¿Humilde un millonario?", pregunté con ironía, suspirando.
"Le digo en serio, señorita Domínguez", insistió.
"Pero, jefe, usted es mi jefe", comenté, sin comprender del todo.
"¿Entonces lo hará de manera tradicional?", preguntó, y yo negándome rotundamente.
"¡Porque no quiero!", exclamé, ruborizada.
Parecía que no aceptaría un "no" por respuesta. Javier Raúl era una de las personas más tercas que existían, no solo por su apariencia que le daba demasiada confianza, sino también por su personalidad.
"Se lo volveré a repetir, señorita Domínguez", dijo con determinación. "Tengo 30 años, y quiero tener un hijo. ¿Me ayudará o no?" Yo empecé a titubear, pero él rodeó el escritorio, acercándose cada vez más a mí. Mis ojos se abrieron ampliamente y mis manos temblaban, dejando la carpeta en el escritorio, y di cortos pasos hacia atrás.