"Está bien. Puedes retirarte. A la noche te invito a una cena", dijo.
"Gracias", comenté, y mantuve la mirada baja mientras caminaba hacia la puerta. No estaba segura si había hecho lo correcto, pero abrí la puerta.
"Y te daré $40,000", dijo. Al escuchar esas palabras, casi me da un infarto. Esa suma era algo que no ganaría ni en 40 años. Agradecida enormemente, salí caminando por el pasillo.
Mi salario mínimo en el kiosco era de $130, una miseria. Aunque en la oficina ganaba $200, se iban $300 en los medicamentos de mi papá y en su rehabilitación, además de todos los gastos. Así que apenas nos quedaba para comer y pagar la hipoteca, y a veces ni eso. Ya estaba tres meses atrasada con la hipoteca, y si no la pagábamos este mes, nos echarían sin devolvernos un centavo.
Finalmente, tendría un poco de alivio. Estaba tan asfixiada que había aceptado la primera propuesta salvavidas que me habían ofrecido. Sentía que le vendía el alma al diablo, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Estaba tan delgada por no ingerir alimento para pagar los medicamentos de mi papá que a veces me desmayaba o me quedaba dormida. Uno nunca sabe la situación del otro hasta que la vive de cerca.
Mi amiga siempre me llevaba comida al kiosco, se preocupaba por mí, me compraba ropa, y me la pasaba. No me regalaba dinero, ya que yo nunca recurría a su dinero, pero cuando iba con comida, ya me lo aceptaba con curiosidad. Un día se fue corriendo de su puesto de trabajo para acercarse a mí.
"¿Cómo te fue?", preguntó curiosa. Era nuestro horario de descanso, así que ingresamos a la cafetería.
"Aceptó y me ofreció más dinero. Eso es increíble.”
“ ¿Entonces lo harán de la manera tradicional?", preguntó curiosa.
"Sí, solo que hay un problema", dije, pensativa, y mi amiga me miró con una ceja levantada.
"¿Cuál?", preguntó.
Yo suspiré. "Es que yo soy... hay, cómo decirlo", comenté, escondiendo mi rostro entre mis manos.
"¿Eres qué?", preguntó.
"Soy virgen", murmuré.
"Ya lo sé", dijo.
"Sé que sabes, pero no sé qué hacer. Siento una vergüenza profunda. Imagínate que me invitó a cenar esta noche, y yo no sé ni siquiera qué ponerme. No tengo nada decente", protesté.
"Mi amiga, sabes que puedes venir a mi casa y mi ropa es tu ropa. Cuál es el siguiente problema", preguntó.
"Yo... como... yo no sé qué hacer", confesé.
"Eso es algo natural, de momento ya sabrás qué hacer", dijo.
"No sé ni siquiera besar", comenté, apenas susurrando. "Ay, amiga, cómo no he vivido nada por cuidar a mi papá."
"Lo sé, pero ¿qué otra cosa puedes hacer?", pregunté, con lágrimas en los ojos.
"Nada. Tienes razón, es hora de que vivas, y ese hombre es un semental. Bueno, eso es lo que dice", dijo.
"Pero, ¿por qué conmigo?", pregunté.
"Porque eres una excelente chica, y él es inteligente además de estar buenísimo", comentó con una sonrisa y acomodó mi cabello.
"Gracias, amiga", dije.