“Entonces, vete", comenté, y él dijo: “No, el juez ordenó que convivamos juntos", respondió. “Da igual, pásame el azúcar", pedí mientras revolvía mi café, sin azúcar. “Ten", dijo y luego me acercó unas medialunas. “¿En qué momento las compraste?", pregunté. “Me levanté más temprano que tú, obviamente", recalco la palabra "obviamente". “Y luego fui a la panadería de la esquina", añadió. “Qué atento", comenté y me reí. “Gracias por el café, Briana", agradeció mientras señalaba la cafetera. “Es que tenía hambre y me tomé dos tazas", protesté. “En realidad, una de las tazas era para ti", me defendí. “Briana, como siempre, haces lo mismo", comentó Eduardo, y yo puse los ojos en blanco. “No lo lamento, prometo que mañana te llevaré el desayuno a la cama", le dije. “Me acordaré de eso

