Capítulo veintisiete.

1516 Palabras

La noche anterior pasó sin contratiempos. Selene y Marcela se habían duchado con calma, habían cenado delicioso –gracias a los platillos que Tania trajo a la habitación– y luego se tumbaron en la cama a hablar hasta quedarse dormidas. No había mucho más qué hacer en aquella mansión imponente, rodeadas de desconocidos y secretos. Así que se permitieron un paréntesis de tranquilidad, lejos de los reclamos, del miedo, del futuro incierto. A la mañana siguiente, después de un desayuno servido en una elegante vajilla de porcelana blanca con bordes dorados, la puerta de la habitación volvió a abrirse. Esta vez, fue Rebeca quien apareció con una sonrisa suave y un andar resuelto. Su presencia llenaba la estancia con elegancia y determinación. — Chicas. — Dijo, entrando con paso firme. — Espero

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