Él acorta la distancia que los separa y pone las manos en sus caderas. —Te digo que te ves tan sexy que si no me muero por oírte prometer, te estaría arrastrando de vuelta a la habitación del hotel para follarte ahora mismo—. —De acuerdo—, dice Sarah con voz alegre. —Es hora de irnos—. Sonrío, viendo a Kamila intentar contener la sonrisa mientras Sarah me lleva. —Oye, quiero ver adónde me lleva eso—. Ella se ríe y luego dice: —Estoy segura de que si quieres oír palabras sucias, hay dos hombres más que dispuestos a dártelas en algún lugar por aquí—. Como si sus palabras los evocaran, en cuanto doblamos la esquina, ahí están esos dos hombres. Mis dos hombres. Ambos con camisas abotonadas, la gris de Ezekiel y la blanca de Jeremiah, y ambos con pantalones negros. Se ríen de lo que dice La

