maquillaje corrido y el rostro de pocos amigos. Inspiré profundo y moví la palanca. Cuando el cielo se tiñó de penumbra y los murciélagos salieron de la cueva, estacionamos el auto en el lugar más alejado del parqueadero. Nos ocultamos entre los anuncios de salida de emergencia del hospital de Tennessee. Apagué el motor y apreté mis brazos por el frío. —Llámalo —articulé al frotar mi piel—. Dile que estamos aquí. Ellie llamó al remitente y el chico atendió en seguida. Nos pidió diez minutos de espera para salir del hospital sin que nadie sospechara. Aguardamos en silencio, sumidas en las sombras del estacionamiento, hasta que una silueta conocida se acercó con paso apresurado hasta el parabrisas del auto. Aún bajo escasas gotas de lluvia, descendimos del auto y nos refugiamos bajo el te

