El sudor descendía por mi rostro, estómago, espalda y piernas. La dureza con la que presioné, me causó dolor. Me lastimó al punto de olvidar por algunos minutos la herida fresca en mi corazón. Aunque era lo que buscaba con presionarme tan fuerte, no lo conseguí hasta que mi respiración se cortó y sentí el sudor correr como ríos por mi espalda. El presionar tan fuerte me dejó aún más adolorido de lo que estuve. El estómago me dolía como el infierno y el golpe en el pómulo me punzaba como si tuviese el corazón en el rostro. Los golpes y los raspones no se curarían bebiendo como loco y agitando mi cuerpo hasta desfallecer. Era imperativo algo más fuerte que el licor; algo que me arrancara de raíz ese amargo sabor de boca que Andrea me dejó. Levanté la pierna derecha y la apreté más fuerte.

