Y ahora allí estaba Alexander confesándosele como si fuera un adolescente, y lo peor. Ella no sabía cómo reaccionar, no podía negar que esa confesión había encendido algo en ella. Pero no, no debía ser tan estúpida como para permitirse sentir algo por él. Ciertamente mentiría si dijese que no sintió nada, pues por un segundo creyó sentir esa sensación de la que Ruth tantas veces le había hablado. Irina jamás había experimentado un romance, a sus veintiún años era completamente ajena al tema del amor; sin embargo allí estaba negándose a admitir que las sensaciones que envolvían su cuerpo cada vez que se acercaba a él, era eso. Ella no era una romanticona débil. No podía simplemente permitirse caer en aquello, así que obviando las miles de voces que gritaban en su cabeza; se aparto del chi

