Onceavo capitulo. Espectros.

1176 Palabras
Konstantin. En él ahora soy similar a un fantasma, suelo salir de noche y si te cruzas conmigo te asustas con mi apariencia de muerto. No he tenido ánimos para seguir jugando a los detectives, en realidad he pensado en dejarlo, creo que es mejor no seguir recordando, ya me duele con saber que tú no estarás al final de la meta y me da miedo saber el por qué. Si admito mis ganas por saber a dónde íbamos ese día del accidente, pero me he repetido incontables veces “la curiosidad mató al gato”. «Aunque ya muerto estoy». Tomé la decisión de dejar el tratamiento, Alisa tiene razón, hay cosas que es mejor no recordar, hoy será el último día y es porque lo he decidido un poco tarde. «Ya me bebí una dosis». Tengo ingeniado salir, quiero tragar cualquier cosa que no esté preparado por las manos de mi madre, su comida es angelical pero ahora está intentando cocinar de manera distinta y digamos que de sabor me lastima la lengua junto al paladar, no tengo corazón para decirle la verdad pues, se nota muy feliz de hacer esas monstruosidades. Mientras hago mi monólogo rutinario, sin darme cuenta (o tal vez sea mi vacío corazón) he pasado gran parte del día acostado en sillón con el televisor en frente en un canal del cuál no sabía su existencia, ya eso no me impresiona. «Me cansé de lamentarme por mi situación». Repetiría una vez más que mis padres han intentado animarme pero estoy cansado de siempre comentarlo. «como si alguien pudiese escucharme». Me levanté, quedándome sentado, mi cabeza no tardó en dar vueltas obligando a qué acudiera con apuro a la cocina, allí tomé un vaso de agua, nuevamente me fijé en el calendario pegado en la puerta del refrigerador. «Malditos meses». Furioso, así es como me encuentro pero prefiero evitar decirlo para no hacer de esto un tormento. «Ya se me pasará». Suelo decir eso intentando mentirme pero hasta que no aprenda a vivir con este vacío, no podré poner en orden mis emociones. Agarré las llaves de la casa y salí de aquí para tomar un poco de aire, ya me falta volver ver un poco más de este bastó mundo. No avisé a mis padres que saldría, de igual manera no tengo pensado estar tanto tiempo por fuera. Mi cabeza aún da vueltas, debí haber tomado una pastilla pero esa necesidad ha quedado enredada en el nudo que traigo en mi cerebro. Hoy el clima se comporta muy rudo, este sol podría matar a cualquiera aunque por lo que observó, las personas de por aquí se han acostumbrado. «Que magnífica la r**a humana». Entré el bullicio rutinario que hay por estas horas en las calles, estuve vagando sin rumbo, mirando a mis alrededores las distintas tiendas de comida para ver cuál de todas me favorecía. Finalmente me decidí por una, de todas formas él dolor de piernas me lo exigía. Entré a esta esperando no ser él comedero de los demás. Mi sorpresa fue grata pues, el lugar se encuentra totalmente solo. «Finalmente dios se a apiadado de mi». Me he acercado hasta la barra, caminado muy tranquilo, allí se había gente, uno que otro chico. La cantinera salió para atenderme, sonando amable como cualquier otra pero odiando lo que gana a la semana. —¿En qué le puedo servir?— Preguntó dándome una desgastada sonrisa. —Permítame la carta— Respondí sin mucha alegría. Ella me acerco la carta, desapareciendo para poder permitirme un poco de tiempo y así poder saber lo que mi barriga desea. «No quiero algo tan grasoso pero no tampoco quiero nada verde, no entiendo ni siquiera porque en un lugar así venden ensalada». Después de un rato de intentar dialogar y lograr llegar a un acuerdo conmigo mismo, lo tenía todo muy claro, ya podía pedir mi orden. Me alcé un poco del asiento dónde me hallo sentado, para poder poner en su lugar la carta que me han entregado pero como suelo ser algo torpe he tropezado. —¡Cuidado!— Exclamó el chico a mi lado quien me ha rescatado. Cuándo volteó a verme, no sé si estaba alucinando pero juró a ver visto en su rostro la cara de mi amado. Al pestañear mi espejismo se esfumó, pinchando delicadamente algún órgano que aún no se encontrará gris. —Disculpa ¿Te encuentras bien?— Preguntó este extraño. Este sujeto a provocado en mi un miedo elevado, me he levantado del asiento, tirando sin querer el salero. Todos los que se encuentran allí voltearon exaltados a mírame. —¿Estas bien?— Repitió está vez levantándose. —No te acerques a mi— Grité espantado. Él me miraba asombrado sin poder comprender la manera tan rara en la que me estaba comportando. La camarera salió a los segundos para asegurarse de estar presente y grabar si de una pelea se trata, pude notar en sus ojos lo decepcionada al ver a este loco sin un arma. —¿Se encuentra bien?— Preguntó ella. Yo preferí no responder, solo me di la vuelta para salir de ahí huyendo. Corrí sin mirar atrás, solo estaba pendiente de lo que se encuentra delante de mis dos grandes ojos. Me detuve en una esquina, ya muy lejos de ese terrorífico lugar. «Lugares de comida que tachare en la lista que aún no existe». Estuve un rato ahí recuperando el aliento, puede sonar exagerado pero sentí como si hubiese corrido un maratón ida y venida. El dolor de cabeza hizo nuevamente presencia, está vez más grande y tortuoso. Di inició a mi caminata para volver a casa. «Después de todo salir no fue tan buena idea». Antes de dar un paso hacia atrás lo volví a ver, Bruno estaba en todas partes. Mi respiración se agitó y ya no solo la cabeza me dolía ahora se le ha sumado mi corazón. Salí corriendo nuevamente, la gente seguro se extrañó. No tengo idea de ando voy, ya ni siquiera tengo idea de si en verdad todo esto es verdad. «¿Acaso estaré muerto?». Su espectro me estuvo siguiendo todo el camino, haciéndose presenté en todo aquello dónde se puede reflejar. «Te amo pero no me puedo detener porqué sé, con el dolor más grande en este mundo, que no se trata de ti si no de mi malintencionado cerebro». Sin darme cuenta llegué a la estación de trenes, por suerte uno estaba ya aquí presente, me monte ahí, deseando estar a salvó, el problema es ¿Cómo te salvas de ti?. Estuve un rato sentado, intentado tranquilizarme, pensando en que todo estaría bien, levanté la cabeza para mirar a mi alrededor. «Casi no hay gente hoy». Mi respiración aún seguía algo agitada y mis piernas un poco hinchadas. Él pasajero alado de mí, tomó de la nada mi mano. Empecé a temblar y mis dientes a sonar. —Calma Konstan— Dijo él volteando a verme. Sin duda pude reconocerlo. «Bruno está a mi lado».
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR