Es difícil explicar lo que sentía, no estaba triste ni derrumbada como pensé que me sentiría. Quizás porque una parte de mi tenía la seguridad de que todo se arreglaría o porque estaba demasiado consciente que, fuera de todo ser mi culpa, tenía una hija por la que continuar en pie. De todos modos, antes de apagar mi celular y guardarlo en el fondo de mi bolso, le envié un mensaje contándole que estábamos en el aeropuerto y que regresaríamos en dos semanas más. Estas vacaciones, muy bien merecidas, eran un proyecto que con Daniela teníamos por mucho tiempo, para el que habíamos juntado dinero y gastado horas de navegación en internet buscando todos los lugares que deseábamos visitar. Teníamos cada segundo de nuestro viaje programado y absolutamente todo valió la pena. Ver a mi hija así de

