Capítulo 1
Tenía el corazón en un puño, aprisionado, desesperado y sangrando de dolor. Sonreí al mirarlo, aunque su piel cetrina y el tono azulado de sus labios me causaba aún más angustia.
–Estás asustada – susurró, con su voz entrecortada y un silbido arrancando de su garganta. Recorrí la habitación con la mirada, porque los ojos se me llenaban de lágrimas – amor mío – gimió.
–Los niños llegarán durante la tarde – susurré, sintiendo su mano helada en la mía, sus intentos por sostenerme, pero eso no era posible, él no tenía fuerzas ni para caminar.
–No quería que me viera así – y su voz se quebró en un quejido – todo va a estar bien, amor, no puedo dejarte sola.
Asentí, porque no era capaz de hablar, tomando una enorme bocanada de aire antes de rendirme al cansancio, sonriendo al acomodarme junto a él, en la cama de hospital, sintiendo su brazo rodear mi espalda.
–Eres todo para mí – susurré.
–Amor – sibiló, sintiendo el roce de sus labios en mi pelo – quiero casarme contigo.
Me incorporé, buscando en sus ojos algún signo de desvarío.
–Ya me pediste matrimonio, vimos la casa y… – sus dedos acariciando mi mejilla, su sonrisa llena de dulzura.
–Ahora, antes de la cirugía, quiero que seas mi esposa, si algo ocurre, quiero que al menos hayas sido mi mujer – cerró los ojos, respirando con agitación, porque esa larga frase era demasiado esfuerzo.
–No te vas a morir – protesté y, en esta ocasión, la lágrima no se detuvo.
–Concédeme la dicha de ser mi esposa – susurró – por favor.
–Sí – sollocé, besando sus labios azules – claro que sí – y me levanté, enjugando mis ojos – voy a averiguar quién puede ayudarnos… – respiré hondo y me volví a mirarlo, con su sonrisa plácida y no pude evitar pensar en todas las malas decisiones que me trajeron aquí, a ser feliz junto al hombre de mi vida.
Varios años antes…
–¿Crees que te den permiso? – dijo Viviana a través del teléfono y mordí mis labios, observando a mi madre preparar el almuerzo.
–Lo intentaré, sé que no te sientes segura de pasar ese examen – sonreí, sabiendo que mis palabras tenían un significado que mi padre, sentado en el living, comprendería de otra manera – te llamo en cuanto lo sepa.
–Isabel – gritó mamá, como si yo no estuviese a solo unos metros – cuelga ese teléfono y ayuda con los cubiertos, tu padre debe tener hambre.
–¡Muero de hambre! – Rectificó él desde su habitual sofá, en la sala, probablemente con el periódico en las manos porque continuó diciendo – mira Matilde, qué decepción…
–Viviana ¿Sigues ahí? – le murmuré.
–Claro, esperando – rió con maldad – estoy viendo los MTV Awards ¿Sabes que Robsten nuevamente sacaron el premio al mejor beso? Si son tan aburridos en pantalla, imagina cómo serán en la intimidad.
–Oh, amiga, deja algo para que hablemos en persona.
–Claro, aunque tú preferirías experimentarlo – no podía evitar reír y sentí cómo la piel de mi rostro ardía de tan solo pensar en ese chico del que apenas me atrevía a recordar.
–Isabeeeeel… – me sobresalté ante el grito de mamá.
–Te llamo más tarde, besos, amiga –dejé el teléfono en su lugar y corrí a sacar el mantel del cajón.
Soy la menor de tres hermanas, la niña mimada, la que siempre lo hace todo bien, la alegría del hogar, como dice papá. Porque soy la única que continúa viviendo a su lado, Silvia y Mónica son dos mujeres felizmente casadas, con sus respectivas profesiones, de las cuales mis padres están muy orgullosos de presumir.
–¿Era Viviana? – exclamó mamá, cuando fui a sacar los cubiertos.
–Sí – susurré, observando a papá, sentado en una silla ahora, seguía mirando el periódico y murmurando sobre las noticias que tanto lo afectaban – ya sabes que tuvo que inscribirse en estos cursos de verano, para poder recuperar las materias atrasadas.
–¿Vas a estudiar con ella? – mi cuerpo se agitó en un respingo al escuchar la voz de papá tan cerca, estaba segura de que él tenía una especie de radar para descubrir las mentiras – me gusta lo que haces por ella, es una chica de tan distinta familia, si se hubiese esforzado más, quizás serían compañeras de colegio, pero está en ese lugar de perdición, ojalá puedas salvarla.
Salvarla. Papá solía utilizar mucho esa palabra. Él salvaba a personas a diario, como director de un hogar de niños en estado de carencia, la fuerza de su oración lo ayudaban a encontrar el mejor camino para guiar a toda esa gente a sobrevivir. Siempre quiso que una de sus hijas siguiera su camino, pero mis hermanas habían elegido otro tipo de profesiones.
Aunque yo sabía que Silvia visitaba a los niños del hogar, con sus propios hijos, llevándoles amor y sonrisas, porque aquellas también eran parte de la salvación, mi hermana mayor es arquitecto y el arte es su pasión.
Mónica es abogada y trabajaba pro–bono en una corporación judicial, claro, tiene un buen esposo que la comprende, incluso su decisión de no traer hijos al mundo, según ella decía, habiendo tanto niño sufriendo al que poder amar.
Entonces, papá esperaba que yo ocupara su lugar, al principio solo lo insinuaba, últimamente, una afirmación.
–Quisiera continuar dándole clases – dije, intentando ser convincente – no solo por sus cursos, imagino que como es verano y vacaciones, no se lo harán tan pesado, pero el año que viene es muy exigente y quizás yo no tenga tanto tiempo – mantuve el silencio, llevando los vasos esta vez. Tragando saliva, porque si decía que no tenía tiempo, tampoco podría visitarla y eso quería decir que no podría verlo – realmente no lo sé, pero álgebra no es su fuerte y necesito que logre entenderlo, para que se le haga un poco más fácil.
–Hija mía – el aroma de su aftershave inundó mis sentidos, junto con su abrazo – estoy tan orgulloso de ti – besó mi frente – siempre dicen que la más pequeña es la más revoltosa, pero tú eres mucho más juiciosa que tus hermanas, incluso, sé que me darás las mayores alegrías de mi vida.
–No la presiones, Víctor, tiene todo el derecho de elegir.
–Gracias, mamá – reí, yendo a besarla a ella – de todos modos, los amo a los dos, no me gustaría
decepcionarlos nunca.
–Entonces ¿Vas a pedirme algo? – Papá clavó sus ojos en mí y nuevamente me volví del color de los tomates – algo así como permiso para ir a casa de Viviana.
–Su madre tiene turno esta noche, no me gusta que esté sola, no es bueno para ella.
–Promete que no saldrán de la casa, ni le abrirán la puerta a nadie, aunque sea conocido, dos chicas solas es una tentación, aún más en un barrio como ese.
–Seremos muy cuidadosas.
–Bien, me llamas cuando llegues y antes de dormir – mamá traía los platos humeantes de estofado – te vendrás temprano mañana, Silvia nos invitó a comer.
–Claro, reunión familiar – suspiré, imitando la posición de papá, las manos entrelazadas y la mirada fija en la comida.
–Señor, bendice estos alimentos que has puesto en nuestra mesa…
Sí, papá era católico y, por ende, todos nosotros lo éramos también, debo aceptar que muchas dudas asaltaban mis pensamientos, pero siempre trataba de seguir todas sus reglas, después de todo, cada idea que él nos inculcaba en casa, era machacada en nuestros cerebros por el colegio extremadamente religioso en el que nos criamos.
Pronto cumpliré diecisiete años y, en dos meses, comenzará el último año escolar de mi vida, será un año lleno de responsabilidades, porque deberé prepararme para las pruebas de ingreso a la universidad, aunque aún no decido bien qué carrera elegir, sé que me gustaría enseñar matemáticas, pero papá siempre dice que debo estudiar algo relacionado con finanzas, lo cual me hace dudar, porque de todos modos tendré muchos números para jugar por el resto de mi vida, pero ¿Dónde queda mi sueño de estar de pie en un salón de clases?
En ese momento, le pedí a Dios una guía para tomar mi decisión, además, le pedí lo que más me interesaba en estos días, tener la oportunidad de verlo una vez más.
–Nikiiii –Viviana corría como una loca a abrir la puerta de la casa y yo suspiraba ante la idea de alguna vez poder sentirme así– amor mío –susurró y el único sonido que se sentía era el de sus bocas entrelazándose.
–Hola, Isa –exclamó Niki, acercándose a besar mi mejilla y sentándose en el único sofá, con Vivi sobre sus piernas– ¿Están listas?
–Aunque no lo creas, Isa está lista –ella rodó los ojos y yo sentía cómo mis mejillas se coloreaban– ¿Cómo va a conquistar a Sam si se esconde bajo esas ropas?
–Yo creo que Isabel está perfecta –y una enorme ola de agradecimiento me invadió, él era un chico especial, yo sabía que mi amiga no podía haber elegido mejor novio y no se trataba solamente de su gran porte, ni siquiera de sus bellos ojos azules y el pelo castaño claro, que contrastaba con su piel tostada por el sol, sino de la bondad que reflejaba su mirada– si Samuel no se fija en ella, solo demostraría lo imbécil que es, pero si te gusta, es mejor que sola te des cuenta que no te merece.
–¿Estará esta noche? –murmuré, simulando quitar una pelusa de mi blusa de hilo color verde agua.
–Sí, lo vi hace un rato fuera del bar de Romelio, llegó esta tarde de la mina, me dijo que estará aquí todo el próximo mes, le dieron vacaciones, además de su descanso habitual.
Y mi corazón se aceleró ante la idea de poder verlo cada vez que viniera por estos lados de la ciudad.
Mi casa quedaba en un sector mucho más acomodado, aunque no era de los mejores barrios de la ciudad, estaba cerca del plan, incluso de la playa y los parques. Donde vivían mis nuevos amigos, era mucho más al norte, cerca de los basurales. Cada casa parecía una diminuta caja de fósforos y los materiales de construcción solían ser muy ligeros, aprovechando que el clima era templado todo el año, pero una lluvia, por más pequeña que fuese, podía dejar montones de damnificados.
Así es como conocí a Viviana, el último aluvión las dejó a ella y su madre en la calle. Por supuesto que mi padre se movilizó con cobijo y alimentos para todo el que alcanzara y solicitó mi pronta colaboración. Ella se destacó de inmediato, sin querer parecer una víctima, mientras su madre hacía turnos dobles en el hospital. Tuvimos una conexión inmediata, hablando hasta por los codos, mientras entreteníamos a los niños de nuestra sección.
–¿Estudiaron? –Niki acarició el rostro de su novia, mirándola a los ojos fijamente. Era una chica hermosa, alta y delgada, con todas sus cosas bien puestas, como ella misma solía decir, era morena y tenía el pelo n***o larguísimo, con unos ojos cafés tan risueños que alegraban la vida de cualquiera.
–Isa lo intentó, pero estaba más preocupada de convencerla que use otra ropa esta noche.
Suspiré, mirándome como con descuido, llevaba jeans holgados, además de la blusa de hilo que mamá tejió, regalo de la última navidad. Mientras que ella quiso convencerme de usar un vestido que consiguió en una feria, debía aceptar que era hermoso, todo n***o, con botones en la parte delantera, quizás demasiado corto, pero tampoco era obsceno, no como el que traía puesto en esta ocasión, rojo italiano, tan apretado que ninguno de sus atributos parecía realmente dejado a la imaginación.
–Lo prometiste, Viviana –él parecía molesto, tocándole la nariz con un dedo y frunciendo las cejas rubias– yo estudio y trabajo para poder estar junto a ti, necesito que te pongas las pilas, si no nunca podremos lograrlo.
–Lo sé, amor –apoyó la cabeza en el hombro de él, jugando con un botón de la camisa azul del chico– es solo que hoy estaba muy dispersa, no te defraudaré.
–¿Otra vez con eso? –el negó con la cabeza– la única que saldría mal de todo esto eres tú misma, yo te seguiré queriendo, aunque seas una descocada, pero debes hacer esto por nosotros, es solo un año más de escue y luego estudiar… –murmuró algo en su oído y ella pareció estremecerse, mirándole fijamente, comenzando a besarlo, primero con suavidad y luego… decidí ponerme de pie y darles algo de intimidad.
La casa era muy pequeña, comedor, dos dormitorios y un diminuto baño. Me senté en la cama que ocupaba cuando venía a verla, en el dormitorio de Vivi, después de todo, ellos usaban la pieza más grande, la de su madre y hacían muchos “ruidos” durante la noche. Aunque Viviana aseguraba que seguía siendo virgen, porque Niki no deseaba correr riesgos hasta tener su propio lugar donde vivir, por lo menos, ella siempre quería hablar de aquello, pero yo no la escuchaba, porque, criada en un mundo donde el sexo era un pecado, no me atrevía siquiera a pensarlo.
Observé el vestido, sobre la cama y suspiré, quizás Vivi tenía razón y podría lograr más que una mirada despectiva de Sam, porque yo no le gustaba, a lo mejor de esta manera llamaría su atención y tener la oportunidad de ser besada por el chico que derretía mi corazón y volvía mis piernas como de lana.
–¡Ya es hora! –gritó Niki y salí tímidamente, con la prenda cubriendo mi cuerpo, esperando un poco de ánimo, porque mi trasero se veía enorme y apenas me cruzaba en la zona del busto, para qué decir la panza que solía ocultar en las ropas grandes, ahora todo quedaba en evidencia, pero debía aceptar que me veía como una mujer.
–Me veo gorda –reclamé, mirando a mi amiga que intentaba ordenar mis rizos castaños con sus manos –él nunca se va a fijar en mí.
–Te ves preciosa y esta noche lo conquistarás –abrazándome suavemente, para luego correr en busca de un brillo labial rosa– perfecta.
Me observé en el espejo, con mis mejillas más que rellenas sonrojadas, el pelo aleonado y creo que mis ojos se veían de un verde más intenso en esta ocasión.
– Vamos a conquistar el mundo –exclamó al salir y Niki negó con la cabeza, tomando su cintura.
–Ya me tienes, amor ¿Qué más quieres? –él la besó en la mejilla, sin esperar respuesta y nos encaminamos hasta el bar de Romelio, donde solía juntarse la juventud del sector.
La noche estaba calurosa, aunque los veranos en mi ciudad solían ser agradables. Caminamos todo el trayecto. El bar era una especie de galpón, todo de fierro, con paneles de aglomerado formando las paredes, lo que hacía la música más fuerte, al entrar, esta podía herir tus oídos. En una esquina estaba la barra, con dos o tres bancos, pero la gente prefería bailar, de hecho, estaba repleto de cuerpos sudorosos, contoneándose con un ritmo latino.
Mis ojos no podían evitar buscarlo, entre todas las personas reunidas ahí, sintiendo una pequeña congoja de pensar que se hubiese ido y, peor, que se hubiese marchado con alguna chica.
Hasta que lo vi entrar y, con su sola presencia, mi corazón comenzó a latir, desbocado, apenas mirando a mi lado, al codazo que me propinó Viviana.
Samuel era tan atractivo, alto, atlético, con su pelo n***o rizado, ligeramente crecido, la piel morena y sus ojos, negros, con esa mirada enigmática, llena de tristeza y tantas historias que contar.
Venía desde el baño de hombres, traía una camiseta negra y pantalones del mismo color y yo sentí que me desmayaría cuando dos chicas se le arrimaron insistiéndole en sacarlo a bailar, ambas al mismo tiempo, pero él se las sacudió, con un movimiento de sus brazos, sin abandonar la sonrisa cruel que solía traer.
–Chica, contrólate o te vas a desmayar –exclamó Vivi, tomando mi mano y llevándome hasta la barra, donde pidió dos jugos.
–¿Dónde está Niki? –dije con inocencia, siguiendo el gesto que ella hizo con su cabeza, viendo a su novio hacerse camino entre la gente, directo hacia Samuel– ¿Qué está haciendo tu novio? –chillé, sintiendo un sudor frío en todo mi cuerpo.
–Pues haciéndote un favor, me cansé de ver cómo babeas por Sam, si va a suceder algo, que sea ahora o nunca.
–Va a decir que no –murmuré, más para mí misma, Niki ya estaba a su lado, estirándole una cerveza, riendo, diciéndole algo al oído y ambas cabezas se volvieron hacia mí y no supe dónde meterme, pero tampoco podía dejar de observar.
–Sonríe –exclamó mi morena amiga, entregándome la botella con néctar de durazno.
–Dirá que no –repetí, torciendo mis labios, en una mueca que quiso ser sonrisa, sintiendo sus ojos negros clavados en mi insignificante persona, rogando porque viera algo, aquello que debía tener muy escondido en mi interior, ya que jamás un chico me había mirado del modo que yo deseaba y, en un segundo, el corazón se encogió en mi pecho, Sam estaba caminando hacia acá.
–Viene, él viene –gritó Vivi, como si ni ella misma lo pudiese creer– no sé qué le dijo Niki, pero esta noche, lo compensaré por ello.
–Creo… creo que me voy a desmayar –susurré, rodeándome con los brazos, segura de que una neblina fría me rodeaba, helando el sudor que cubría mi frente.
Se movía como una pantera, con sus ojos fijos en los míos y la gente se apartaba para dejarlo avanzar. No comprendí hasta qué punto no estaba preparada para él, sino hasta que estuvo delante, escudriñándome con esa mirada tan fuerte.
–Así que la señorita altanera quiere bailar conmigo –con su voz algo ronca y una media sonrisa que podría matar a cualquiera, hasta que comprendí lo que quiso decir.
–No me digas así –dije con un hilo de voz, sintiendo mis cejas juntarse de enojo y mis manos volverse puños, apenas un par de palabras y él ya me decepcionaba.