–Estás vestida diferente –y algo del enojo cedió, de sólo comprender que había notado mi existencia– eres tan indiferente y seria, pensé que no te interesábamos… una chica estirada, de trajecitos color pastel.
–No vendría si así fuese –reclamé, intentando no perderme en la sensación de sus enormes manos enredándose en mis rizos, con tanta suavidad, dedo por dedo, mechón a mechón– de todos modos, no sé por qué me dices esto, si piensas así de mí, es que no te intereso –y una sonrisa más ladina cruzó hasta su mirada.
–Si no me interesaras, tampoco estaría aquí –y si sus manos no me hubiesen sostenido por los codos, creo que habría caído al suelo de la impresión– todos te conocen como la amiga de Vivi… ni siquiera has querido darnos a conocer tu nombre.
–Me llamo María Isabel –tartamudeé, completamente avergonzada.
–Chabe –susurró, acercándose repentinamente, no estoy segura si porque alguien lo empujó desde atrás o porque así lo deseaba.
–Nadie me ha llamado así antes –intenté reír, pero mis labios temblaban tanto como mi cuerpo.
–Pues, yo seré el primero –rodeando mi cintura con su brazo mientras me llevaba hasta el centro del lugar, donde todos bailaban a un ritmo acelerado y suspiré, sintiendo sus manos en la parte baja de mi espalda, moviéndonos a su propio son– entonces no eres altanera –alzando mi barbilla con un dedo, su piel raspaba la mía– sólo una chica tímida.
–Un poco –dije suavemente, bajando la mirada al notar mi rostro enrojecer a la vez que los latidos de mi corazón se aceleraban.
–Me fascinan esos ojos que tienes –susurró, besando mi sien izquierda– eres como una gata de ojos verdes.
–Gracias –pero esta vez no me dejó bajar la mirada, sin preámbulos ni avisos, su boca estaba sobre la mía, besándome, el primer beso de mi vida y me sentía torpe y extraña, pero sus labios eran tan insistentes que no tenía más opción que seguirlos, consciente de sus manos tomando mi rostro, de mis brazos, cayendo laxos a los costados de mi cuerpo y de la forma en que su lengua comenzaba a explorar el interior de mi boca.
Bailamos y nos besamos, aunque, pasada la medianoche, Sam se despidió de mí, explicándome que tenía cosas que hacer y debía dormir temprano. No preguntó cuándo volvería a este sector, pero estaba segura de que esta ocasión se iba a repetir.
Poco rato después, nos marchamos también, Niki trabajaba al día siguiente y no quería trasnochar demasiado.
Despertamos temprano, cuando la mamá de Vivi regresó de su trabajo, exigiendo su cama y una taza de té antes de dormir. Mi amiga, con su alegría habitual, preparó el desayuno mientras la señora se duchaba.
–¿Estás feliz? –dijo riendo, controlando que el agua caliente continuara corriendo, signo de que no seríamos escuchadas.
–Maravillosamente feliz –exclamé, abrazándome con fuerza– jamás pensé… nunca imaginé…
–Yo sabía que le gustas, sólo necesitaba un empujoncito.
–Claro –suspiré, pensando en que no sabría cuándo volvería a verlo, ni siquiera si volvería a besarme en la próxima ocasión– es que no pensé que me besaría.
–De todos modos, no te ilusiones demasiado, los chicos son más lentos que nosotras en tomar decisiones, ten paciencia y ya verás cómo se engancha a ti.
Y lo veía cada vez que podía, bailábamos, nos besábamos, aunque a veces sentía tantos deseos de hablar, sentarme junto a él y preguntarle todo sobre su vida. Había decidido que lo amaba y soñaba por las noches con el futuro que tendríamos, yo terminaría de estudiar, el seguiría trabajando y seríamos novios, luego nos casaríamos, porque estaba segura de que nunca podría sentir algo similar con ningún otro hombre.
Todos los días, antes de dormir, le escribía cartas y se las entregaba cuando nos veíamos, aunque nunca me contestaba, yo sabía, cuando lo veía sonreír con felicidad al verme, que él sentía lo mismo que yo.
Ese mes que estuvo de vacaciones fue el mejor para nosotros, pero, al regresar a trabajar, estuve dos semanas sin verlo, lo cual era horrible, lo extrañaba tanto que dolía. Regresó el viernes por la tarde, pero papá me pidió que lo acompañe a una liturgia y no pude visitar a Vivi sino hasta el día siguiente.
–Anoche estaba muy decepcionado, me dijo que fueras a buscarlo a su casa –mi amiga susurraba, intentando no interrumpir el sueño de su mamá– pero no sé si sea lo mejor.
–Muero por verlo –gemí, tomando mi mochila, dispuesta a salir de inmediato– dime dónde vive.
–No lo sé, Isa, si quieres te acompaño… no estoy segura…
–¿Qué puede pasar? –exclamé, indignada.
–Shhh –intentó tapar mi boca con sus manos– está bien… es un poco lejos, pero puedes ir caminando, te acompañaría, pero mamá está por despertar y debo calentar su almuerzo.
El sudor corría por mi espalda, siguiendo las indicaciones que ella dibujó en un papel, notando cómo las casas que en un principio eran pequeñas, como la de mi amiga, ahora se volvían más carentes, quizás no de espacio, pero sí de dignidad. Y mi corazón se encogía ante la idea de que mi Sam se hubiese criado en lugares tan horribles. Quizás podía comprender esa extraña expresión que él solía tener en sus ojos, tan triste y resentida.
Golpeé la puerta de madera, notando cómo el perro en el jardín vecino comenzaba a ladrar, entonces decidí esperar pacientemente. Todo estaba tan polvoriento, la calle, las plantas, las ventanas de plástico, también mis sandalias, las preferidas que tenía.
–Chabe –bostezó, restregándose el rostro, mientras yo intentaba salir de mi estupefacción.
–¿Te desperté?
–Hola, preciosa –estiró su mano y yo lo estreché, con cierta duda– me quedé dormido, pero pasa, entra a mi humilde hogar.
–No pude venir ayer, pero aquí estoy.
–Claro –emitió un sonoro bostezo, mientras mis ojos se deslizaban por el lugar, el piso era de cemento y los muebles eran casi inexistentes, excepto por una mesa y dos sillas, ambas de plástico– espera en mi dormitorio, mi mamá trabajó toda la noche y está durmiendo, será mejor que no hagamos ruido –volvió a bostezar, indicándome una puerta– me ducharé primero.
Su habitación era muy pequeña, apenas cabía una cama sencilla y una repisa, en la que tenía algunas camisetas y pantalones amontonados. En el suelo un bolso con ropa evidentemente sucia. Suspiré al sentarme en una esquina de su cama, dejando la mochila a mi lado, siquiera las sábanas parecían limpias y luego sonreí, al tomar la pequeña almohada, hundiendo mi rostro en ella, sintiendo su aroma, a pesar del olor a alcohol y cigarro con que se mezclaba.
–¿Me extrañaste? –dijo con su típica voz ronca y alcé mis ojos, obligándome a tragar saliva ante la vista de su cuerpo apenas cubierto con una toalla, gotitas de agua deslizándose por su piel.
–Mucho –respondí, sonriendo, mirando sus ojos fijamente.
–¿Te parece que nos quedemos aquí?
De pronto lo tenía ante mí, acuclillado, con serio riesgo de que la toalla se deslizara de sus caderas y un profundo temor caló mi vientre.
–No lo sé, quizás podríamos pasear por ahí.
–Estoy muy cansado, si quieres vuelves en un rato, luego de tu paseo –se levantó rápidamente, sacando un bóxer del bolso en el suelo, subiéndolo por sus piernas, pero la toalla cayó antes de cubrirse por completo y, tragando saliva, alcancé a girar mi rostro para no verlo– ¿Por qué estás colorada? –dijo, con un tono indefinible en su voz.
–Supongo que me siento un poco avergonzada –susurré, esperando a que terminara de vestirse, pero él seguía de pie y, al levantar mis ojos, una sonrisa ladina se había posado en sus labios.
–¿No quieres que te bese?
–Sí, quiero –contesté con seguridad y él no esperó, rodeándome con sus brazos, su boca no tardó en encontrar la mía, tampoco en que mi cuerpo descansara sobre el suyo, recostados en la cama.
Sus manos, enormes, subían y bajaban por mi espalda, una de ellas se hundió en mis rizos, haciéndome gemir por la sensación y la otra mano, bueno, pues, ella rodeó uno de mis muslos, haciendo que una de sus piernas se hundiera entre las mías.
–Sam –dije, queriendo añadir algo más, pero mi voz salió tan ronca, como un gemido y sus labios que volvieron a besarme.
–Tócame, Isa, déjame sentir cómo te gusto –rogó, besando mi cuello y mis dedos, temblorosos, bajaron por la piel de su pecho, comprobando que las gotitas de agua estaban heladas.
–Te duchaste con agua fría –murmuré, queriendo que mi cerebro pensara en algo que no fuese la enorme necesidad de sentir sus manos en mi piel desnuda.
–Es verano –respondió, sus labios cerniéndose sobre los míos– y estoy muy caliente.
–Dios mío –gemí, envolviendo su cuello con mis brazos, cerrando los ojos, dejándome llevar por las sensaciones de fuego recorriendo mi piel.
–Chabe –susurró con voz ronca, subiendo su mano hacia mi cintura, pero en el momento en que su mano se puso en contacto con la piel bajo mi blusa, me aparté como un resorte.
–Yo… yo… –mi pecho subía y bajaba y tenía la boca seca, él puso su mano en mi rodilla y me alejé un poco más.
–Si no quieres, dímelo –murmuró, con su espesa ceja alzada, pero no sabía bien si estaba molesto o extrañado.
–No sé –dije al fin– no debemos.
–Bueno –se levantó de hombros y fue hasta la repisa en busca de ropa, su bóxer estaba muy abultados en “esa” zona y sentí cómo mi rostro se quemaba de vergüenza.
–Lo lamento –susurré, logrando recuperar el control de mi cuerpo, al menos lo suficiente como para sentarme en la orilla de la cama, abrazando mi mochila.
–¿Te quedarás esta noche? –me dice mientras pasa una camiseta por su cabeza.
–No realmente –resopla– mi hermana hará una cena familiar y tengo que ir.
–¿Familiar? –pone las manos en sus angostas caderas y me mira con una expresión que no logro identificar.
–Sí.
–Irán los novios de tus hermanas –sonrío de saber que recuerda datos sobre mi familia, aunque está cometiendo un error.
–Ellas están casadas, una de ellas tiene hijos, incluso y sí, sus esposos irán, también los pequeños de Silvia.
–¿Entonces por qué no me invitas?
Levanta sus cejas, esperando una respuesta, pero de pronto me siento demasiado nerviosa y no sé cómo explicarle.
–Soy tu novio ¿No?
–No me lo has pedido –murmuro y él resopla.
–Eres mi novia, he salido más de dos veces contigo, eso basta.
Vuelvo a sonreír, suspirando, intentando controlar los deseos de gritar de alegría.
–No te invito, porque mi papá no me da permiso para tener novio –no puedo mirarlo, su expresión en este instante no es algo que quiera conocer.
–Claro y, la buena hija, mejor oculta a su novio para que papito no sepa quién es en realidad… eres una mojigata ¿Lo sabes?
–Yo… yo no quiero que él no… no me permita verte.
–Debe ser un papá jodidamente malvado.
Me levanto, con el ceño fruncido y la rabia fluyendo por mis venas, doy un paso hacia la puerta, pero él me retiene, tomando mi brazo con tanta fuerza.
–Me haces daño –digo, mirando sus dedos morenos.
–Quiero más de ti –y sus ojos brillaron, como si me estuviese retando a darle una negativa.
–Yo creo que… también –respiré hondo y dirigí mis ojos al modo en que sus dedos se relajaban– pero no puedo, hice una promesa –volví a suspirar y sentí cómo mis ojos se llenaban de lágrimas– yo debo llegar virgen a la noche de bodas.