Capítulo 2

2677 Palabras
Sam no tuvo la consideración de decirme que regresaba a la mina al día siguiente, por lo que el lunes, cuando logré escapar de papá, mi novio ya se había ido. –Si realmente te quiere, tiene que esperar –Viviana acariciaba mi pelo, mientras yo estaba aovillada en su cama, demasiado triste. –Pero es injusto para él, además, yo creo que también quiero –y sé que me ruboricé de forma violenta ante mi confesión– cuando hice esa promesa, realmente pensé que la iba a cumplir. –De todas maneras, creo que es muy pronto –se recostó a mi lado, suspirando– con Niki llevamos dos años juntos y esperamos mucho tiempo para siquiera tocarnos, tú sabes que no lo hemos hecho realmente, aunque lo que hacemos no está tan lejos. –No sé qué hacer. –¿Vuelve en dos semanas? –Sí –mi corazón se encogió de tristeza, lo extrañaría demasiado. –Ese viernes es tu cumpleaños –alcé mi cabeza para mirarla– podríamos hacer una fiesta, así celebramos y ustedes pueden pasar un buen rato sin tener la presión de estar solos en esa casa, creo que eso no les hace bien si necesitan esperar, es mejor distraerse. –¿Dónde haríamos la fiesta? –murmuro con desconfianza. –Aquí, mamá seguro que me da permiso, además no invitaremos mucha gente, solo mis amigos, los de Nik y a quien tú quieras, después de todo es tu celebración. –Tengo un dinero ahorrado –sonrío– no es mucho, pero yo creo que será suficiente. –Entonces está decidido –chilla con alegría y yo me decido a salir de la cama, abrazándola con fuerza. –Te quiero mucho, Viviana, eres mi única verdadera amiga. Salimos varias veces para comprar lo que necesitábamos, que se reducía a cosas para comer, gaseosas y alcohol, aunque yo no pretendía beber, había muchos que lo hacían y no sería una fiesta sin ello. Conseguí permiso para ese día, con la promesa de que el sábado estaría en casa, porque mi familia también quería celebrar. Incluso Mónica me llamó esa tarde, felicitándome porque me estaba convirtiendo en una hermosa jovencita. No quise rebatirle, porque a estas alturas y sabiendo lo que Sam sentía por mí, casi podía convencerme de que era lo suficientemente linda. Viviana me compró un vestido esta vez, en esos baratillos que le encantaba visitar y, cuando lo vi, casi me da un ataque, pero no podía negar que era precioso. –Me veré gordísima –exclamé, admirándolo, era n***o, como el anterior, pero lleno de brillitos y un escote absolutamente sugerente. –Te verás hermosa. Mis manos temblaban, sosteniendo un vaso de ponche de frutas que Vivi preparó, bebía de a sorbitos. Siquiera ella lo preparó suficientemente suave como para no sentirme mareada. Habían llegado muchas personas, la música sonaba con fuerza, por lo que todos gritaban para hacerse entender y eso era realmente molesto, pero comprendía que era porque yo estaba demasiado nerviosa, Sam no había aparecido. –¿Bailas? –un chico, que reconocí como uno de los amigos de Niki, me estiraba una mano y, aunque no era nada feo, no podía arriesgarme a estar bailando con él cuando Sam llegara y creyera algo que no es, negué con la cabeza– bueno, estaré por aquí, por si cambias de opinión. Mi amiga, que había estado bailando con su novio, apareció, con él de la mano, sirviendo ponches para ambos. –Eres tonta –gritó, sin dejar de reír– Arturo es un chico fenomenal y lo rechazas así sin más. –Niki –susurré– ¿Estás seguro de que vendrá? –Lo hará, tenía algo que hacer antes, quizás se demoró un poco más. –Esperaré, entonces –tomé otro vaso y me senté en el brazo de un sillón, donde unos chicos se besaban. Bebía sorbo a sorbo, eso era muy delicioso y me dediqué a observar a los bailarines, suspirando, cuando de pronto sentí que alguien me miraba y, al fijarme en la puerta, Sam estaba ahí, vestido todo de n***o, con una sonrisa ladina y sus ojos inyectados en sangre ¿Le habría ocurrido algo? Me puse de pie, sorteando a los bailarines para llegar a él, pero cuando me faltaban dos metros, una chica se le acercó, diciéndole algo al oído y Sam la tomó de la mano, sonriendo hacia mí, comenzó a bailar con ella. –¡No puede ser! –gruñí, bebiendo mi vaso de un trago, sintiendo un leve remezón, busqué al tal Arturo, que conversaba con otros chicos, tomé su mano sin preguntarle y comencé a bailar también. –Tranquila –susurró él, con una risita nerviosa, seguramente porque yo me movía de manera exagerada, siendo que este tema era más pausado– sigue mis movimientos. Y en el momento en que entrelazó nuestros dedos, sentí que alguien me sujetaba firmemente por el otro brazo. –Tenemos que hablar –Sam me tiraba con fuerza y yo no quería hacer un escándalo, por lo que seguí sus pasos. –¿Dónde me llevas? –dije cuando caminábamos por la calle desierta. –Quítate esos zapatos de puta, quizás así puedas caminar más rápido. Fruncí mi ceño, sin decir nada, yendo lo más rápido que podía, hasta que se detuvo, sentándome en un pequeño cubículo de cemento en el jardín de una casa aparentemente vacía. –¿Qué pretendes? –gritó, tomando mis hombros con fuerza– eres mi novia y andas vestida así, bailando con otros tipos. –Tú estabas bailando con una chica. –No me estaba restregando con ella ¡Como lo hacías tú! –bajé la mirada, porque él estaba en lo cierto– no te vi cuando llegué y estaba pasando el rato hasta que aparecieras. Fruncí las cejas, porque estaba segura de que él me había visto, pero no iba a perder el tiempo intentando convencerlo. –Lo siento, te vi bailar con ella y… no sé qué me pasó. –Te extraño –dijo de pronto y me levantó entre sus brazos, sentándose él esta vez, instalándome sobre sus piernas, nuestros rostros estaban muy cerca y su aliento olía a alcohol, lo que sea que haya tenido que hacer antes, al parecer incluía ese tipo de refrigerios– estás muy linda –susurró, admirándome, acariciando mechones de mi pelo, tomando mi rostro con su mano, dirigiéndome a su boca. –Oh, Sam, también te extrañé –alcancé a susurrar, antes de que comenzara a besarme y sus labios estaban tan calientes, recorriendo mi boca con avidez, sintiendo el calor acumularse en mí, gimiendo al sentir su lengua entrar en acción. –Eres mía, pequeña, mía ¿Lo sabes? –se deslizaba por mi cuello y yo gemía, intentando decir algo– ¿Me amas como yo te amo? –susurró, mirándome a los ojos, con una expresión tan tierna en su mirada. –Sí, claro que sí –tomó mi mano con suavidad, logrando que acariciara su pecho por sobre la camisa oscura, besándome con hambre, bajando mi caricia cada vez más, hasta que me aparté de un salto al sentir el bulto caliente entre sus piernas. –Tócame –pidió. –Nos pueden ver –protesté. –Estamos solo nosotros –gimió, llevando mi mano de nuevo ahí y mi corazón latía tan fuerte, recordando lo que Viviana me había dicho, tragué saliva y asentí– buena chica –soltó el botón de metal de su pantalón y luego bajó la cremallera, guiándome al interior, escuchándolo gemir en cuanto mis dedos hicieron contacto. –Sam –dije, pegándome a su cuerpo, besando ahora su cuello, sin dejar de tocarlo. –Me harás acabar –jadeó y me detuve con duda– tienes razón, vamos adentro, esta casa está desocupada. –Yo… –comencé a respirar con rapidez, mirando la casa y luego a él, intentando hilvanar un pensamiento, pero de pronto me sentía tan mareada. –Vamos, mi amor, quiero hacer el amor contigo –y me besó y yo estaba tan ida, que me dejé llevar, sintiendo cómo mi cuerpo reaccionaba a sus caricias, al modo en que una de sus manos se deslizaba por mi vestido, buscando el interior de mis piernas. –No puedo –logré decir, apartándome con rapidez, él resopló, haciendo un gesto de negativa con su cabeza, tomó dos respiraciones y me empujó con tanta fuerza que caí al suelo. –¿Sam? –me levanté cuando comprendí que él no me ayudaría. –¡¿Es que no lo entiendes?! –gritó y no supe qué más hacer que rodearme con ambos brazos– ¡Soy un hombre! ¡Tengo necesidades! y tú no las cubres –se rascó la cabeza con fuerza. –Si me quieres tienes que entenderme –dije, apenas logrando encontrar mi voz. –Otras han dicho que me quieren y no se hacen tanto de rogar. –Yo te quiero –sollocé. –¡Demuéstralo! –comenzó a caminar, supuse que, de regreso a la fiesta, dejándome sola en medio de la nada. Un minuto después, sintiendo pasos en algún lugar, decidí que debía regresar también, enjugando mis lágrimas, caminé con rapidez, respirando hondo antes de entrar y, lo primero que vi, hizo hervir la rabia en todo mí ser. –¡Sam! –grité, acercándome lo más rápido posible, a apartarlo de la estúpida que lo estaba besando. –¿Cuál es tu problema? –dijo con furia en su mirada, sin soltarla de su abrazo. –Ven conmigo –susurré, mirándolo fijamente, notando cómo la comprensión lo hacía sonreír. –¿Estás segura? ¡No! Gritaba mi mente, pero mi cabeza asintió, sintiendo su mano caliente rodear la mía. –Mi amor –dejó a la otra chica de pie entre todos los demás, rodeando mis hombros con su brazo, me dirigió hasta la puerta– sé que la mama de Vivi tiene un cuarto acá atrás, quizás podríamos encontrar algo más cómodo. Lo seguí, ya no tan segura de esto, pero no podía arrepentirme, no podía perderlo, él era mi hombre, mi amor, a quien amaría toda la vida y esto solo era un comienzo. El cuarto efectivamente tenía un colchón viejo apoyado contra la pared, el cual tiró al suelo, haciendo saltar mucho polvo. –Perfecto –comenzó a besarme otra vez, deslizándose hacia abajo, llevándome con él– no tiembles –entonces comprendí que todo mi cuerpo se convirtió en una gelatina, al igual que mi mente. –Tengo miedo –dije, encogiéndome ante su mirada furiosa. –Ya te dije que te amo –resopló, recostándome en el colchón, sintiendo el peso de su cuerpo mientras volvía a besarme. Mi mente intentando desconectarse, se suponía que debía disfrutarlo, esta era mi primera vez con el hombre que amaba y, entonces recordé que se supone que debe doler y mi cuerpo se tensó otra vez, pero Sam estaba muy ocupado besando mi boca, tocando mis pechos por encima de mi ropa. –Eres deliciosa –murmuró– quiero ver tus tetas, son tan grandes. Comenzó a desvestirme y recordé que nunca, ni mi propia madre, me había visto desnuda e intenté cubrirme, pero él negó con la cabeza, tomando mis pechos con sus manos, devorándolos con su boca y escalofríos me recorrían, pero estaba tan entumecida, que no sabía si eran placenteros o no. –Esto te va a gustar –quitándome el vestido por completo, fue a por mí tanga y entonces no dejaba de temblar y temblar– eso, siéntelo –intentó separar mis piernas, pero las tenía tan tiesas que no lograba acceder a sus peticiones– es normal la primera vez que tengas miedo, creo, nunca lo he hecho con una virgen, pero te va a gustar, te lo prometo –y yo solo cerré los ojos. El dolor era desgarrador, sentía cómo las lágrimas corrían por mi rostro, pero estaba tan entumecida que no lograba protestar, aunque yo creo que, si hubiese podido, serían gritos los que saldrían de mi boca. Lo sentía moverse sobre mí, dentro de mí, escuchaba sus extraños sonidos y su boca besando la mía, besando mis pechos, hasta que un fuerte gemido rebotó en mi cuello y su cuerpo quedó laxo sobre el mío. –Fue bueno –dijo de pronto– me encanta que te gustara, gemías de una manera –y volví a gemir al sentir que salía de mí– tranquila, preciosa, suficiente por hoy ¡Oh, mierda! Estoy todo manchado de sangre –lo sentía moverse y protestar y yo solo no podía abrir los ojos, no quería mirarlo en este momento y mostrarle que en realidad no había sido placentero, mis labios temblaban ante la idea ¿Habría algo mal en mí?– límpiate, déjame ver si hay algo por aquí –quería que me dejara ahí, por toda la noche o el resto de mi vida, si era posible, pero encontré la fuerza para incorporarme, tensándome otra vez al ver la gran mancha roja en medio del colchón. –Me rompiste –dije. –No, tonta, así es la primera vez –y rió con fuerza, abriendo una caja– aquí, ropa vieja ¡Bingo! Una toalla. La tomé, deslizándola entre mis piernas, cerrando los ojos, porque el dolor era insoportable, pero logrando asearme lo suficiente, buscando el resto de mi ropa, vi que mi tanga había sido usada por él, para limpiarse. –No te preocupes, botaré todo esto, pondré el colchón al revés y nadie lo notará, sólo vístete. Lo hice, lo más rápido que pude, intentando no volver a llorar, aceptando la ayuda de él al subir la cremallera en mi espalda, aceptando su beso y su abrazo. –Dime que estuve fenomenal –rió y yo asentí de manera mecánica– ¡Ah! Se me olvidaba algo –me soltó de su abrazo y yo casi caigo, porque mis piernas no eran capaces de sostenerme, pero él no lo notó, alcancé a encontrar un pilar en que sostenerme– ¡Feliz Cumpleaños! –tenía un saquito en sus manos y yo comencé a llorar de manera descontrolada– es bonito, lo vi y supe que te gustaría –me rodeó con un brazo– ¡Ábrelo! –noté que sus manos temblaban y lo abrí, entre lágrimas y quejidos. –Gracias –hipé, era una cadena con florcitas plásticas de colores– es precioso. –Deja que te lo ponga –lo dejé actuar y yo ya estaba pensando en mi cama, en mi casa y en un abrazo de mamá, pero eso no sucedería, ella nunca podría enterarse. Terminó de ordenar y salimos al patio, en donde encontré una llave de agua y me lavé las manos y el rostro. –¿Vas a entrar? –asentí– yo me voy a casa, tengo que viajar mañana, no vendré en dos semanas –asentí otra vez– te extrañaré. –Yo también –sonreí, sintiendo sus manos tomar mi rostro. –Mañana te sentirás mejor –besó mis labios– te amo, preciosa. Me dejó ahí y yo miré hacia todos lados, intentando pensar qué hacer, definitivamente no podía regresar a casa, pero tampoco podía entrar a la fiesta y que me vieran así, a no ser que lograra pasar desapercibida y corrí el riesgo. No divisé a Viviana, logrando llegar al baño sin ser interceptada, cerrando con seguro, me di cuenta de que el lugar era un asco, pero llegué hasta la ducha, largando el agua, colgué mi vestido en un gancho y me duché. El agua caliente se sentía tan agradable, lavando mi piel, aunque no ayudaba para el ardor entre mis piernas, me hacía sentir mejor… limpia. Logré llegar al dormitorio de mi amiga, encerrándome nuevamente, me puse el pijama y me metí a la cama, sin importarme las risas ni la música en el exterior, ya no me importaba nada, yo solo necesitaba dormir y soñar.
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