La alarma repiqueteaba una y otra vez sobre mi velador, pero mover mi mano y apagarla se sentía tan lejano, que permití sonara hasta que se alejara del minutero y terminara su atronador sonido por sí sola.
Estaba muerta de agotamiento, llevaba un mes de colegio y parecía que los profesores se ensañaran con nosotros. Miles de contenidos, libros que estudiar y, más encima, esta era semana de exámenes. Quise permanecer la noche anterior despierta, estudiando lenguaje, debía rendirlo hoy, pero no lo logré, de pronto estaba con la cara enterrada en el libro, roncando sin poder detenerme y apenas fui capaz de arrastrarme hasta la cama.
Sentí dos golpes en la puerta y gemí al alzar el rostro, intentando distinguir la hora entre las nebulosas de sueño, un gran 7:30 se implantó en mi cerebro.
–¡Me quedé dormida! –grité– ¡Me visto en dos segundos!
–Sé que debes haberte quedado hasta tarde anoche, pero hoy es el examen y sabes que este año… –mamá me miraba desde la puerta y sonreí, haciendo un esfuerzo sobre humano para incorporarme del todo.
–Estoy tan cansada –dije, intentando ubicar mis pantuflas, sintiendo el frío del piso en las puntas de mis pies, cuando el ardor líquido comenzó a subir por mi tráquea, me tapé la boca y corrí al exterior, empujando a mamá en el camino, logrando llegar al baño y devolver una increíble cantidad de líquido amarillento y ácido.
–Hija –sentí el susurro de mamá, secando mis lágrimas y limpiando mi boca– ¿Vas a continuar?
–Creo que no –gemí, pero mi vientre se sentía tan caliente y mi garganta ardía.
–¿Comiste algo? ¿Serán los nervios?
–Creo que me voy a duchar –susurré, largando el agua.
–No te apresures, puedo justificar el atraso ¿A qué hora es el examen?
–La segunda –me quité el camisón, entrando al agua reponedora.
Mes y medio había pasado desde que había necesitado otra ducha reponedora. Al día siguiente, Vivi me había dado un calmante y a duras penas logré llegar a casa, pero ya el lunes mi cuerpo se sentía completamente repuesto.
Aunque extrañaba a Sam tanto que me resultaba doloroso, había inventado mil excusas para no verlo las dos veces que preguntó por mí, porque, aunque lo amaba, sentía un terror enorme ante la idea de volver a hacer el amor con él y ya no tendría una excusa para decirle que no. Luego comenzaron las clases y papá no me daría permiso, aunque tampoco había osado pedírselo.
De todos modos, le enviaba cartas, como antes y, de la misma manera, él tampoco las respondía.
–¿Cómo te sientes? –entré a la cocina, corriendo, con la mochila a la espalda, apresurándome a sacar un poco de leche helada del refrigerador y corriendo hacia la salida.
–Bien, mamá, ya se me quitó.
Volé a la escuela, mostrando la justificación de mamá en la oficina de la secretaria, tuve que esperar para entrar a la segunda clase, lo que me dio un tiempo para estudiar.
Almorcé las apetecibles ensaladas en el colegio y tuve que luchar con el sueño en las clases de la tarde. Al llegar a casa, mamá me pidió que la ayude con la cena, le dije que primero me cambiaría de ropa y la cama me parecía tan acogedora, que pensé que cinco minutos no le harían mal a nadie.
–Hija –mamá sacudía mi hombro y un fuerte dolor se instaló en el medio de mi cabeza– ya llegó tu papá, mejor te apresuras antes de que comience a hacer preguntas.
Sin comprender muy bien qué quiso decir, me vestí lo más rápido que pude, lavando mi rostro antes de bajar.
–Hija, estás muy pálida.
–Hola, papi –besé sus mejillas, abrazándolo con fuerza.
–¿Cómo te fue hoy?
–Bien, estaba más fácil de lo esperado –desaparecí hacia la cocina y rodé los ojos ante la mirada molesta de mamá, esperando que no haya visto mi mueca de disgusto ante el aroma de la carne asada– ¿Es cerdo?
–Sí, lo más fácil que pude hacer sin tu ayuda.
Asentí, yendo a buscar los platos, picoteando la lechuga, mientras servía el puré y ella cortaba los trozos de carne, acomodándolos cuidadosamente, hasta que su mirada se detuvo en mí.
–Aliña esa ensalada, en vez de comerte el limón –gruñó y yo me sorprendí, porque no había notado que eso tan delicioso era un amarillo y jugoso limón.
–Casi ni es ácido –dije, confundida, vertiendo aceite en el repollo, sintiendo cómo se me hacía agua la boca.
Mamá estuvo de mal humor toda la comida, mientras papá comentaba sobre su día, yo le daba mis halagos y engullía mi enorme plato de ensaladas.
–¿Estás a dieta? –dijo papá de pronto, indicando la carne y el puré intactos frente a mí.
–Sí, el otro día nos pesaron en gimnasia y creo que hoy es un buen día para comenzar.
–Bueno, pero debes alimentarte de manera balanceada, ser delgada no lo es todo.
–Lo sé, papá.
Me dormí temprano esa noche, sin embargo, la mañana siguiente tampoco podía despertar, esta vez mamá estaba ahí para suplir la alarma. La observé con resentimiento, olvidándome de su presencia en cuanto el ácido volvió a subir por mi garganta, pero no tuve necesidad de correr, porque mamá tenía un cubo plástico en sus manos, instándome a devolver el contenido amarillo de mi estómago en él, luego me estiró un paño húmedo para calmar los sudores de mi piel.
–¿Cuándo tuviste tu último periodo? –la observé con el ceño fruncido– contéstame, porque todos los meses compro tus toallas higiénicas y como no estoy preocupada del tema, ayer, cuando la fui a reponer, me fijé en el baño que están las mismas de hace un mes.
–Yo… yo… no lo sé –comencé a hacer cuentas con mis dedos, pero mi cabeza estaba como llena de una bruma y no quería pensar, había algo que me gritaba mi mente, pero yo no quería escucharlo.
–Te lo haré más fácil –prosiguió mamá– ¿Cuándo tuviste relaciones con un chico?
Y mi corazón se detuvo, al menos así se sintió para mí, los recuerdos de esa noche pasearon por mi cabeza, dolorosos, horribles, pero yo no quería recordarlos. Sam me amaba, él dijo que me amaba.
Desperté en los brazos de mamá, mi cuerpo frío y sudoroso, mi rostro lleno de lágrimas y su expresión preocupada.
–Iremos al médico hoy mismo, no irás a clases, vístete y te llevaré ahora, antes de que tu padre lo note.
–¿Mamá? –la miré fijamente, mis ojos ardían y sentí cómo mi mano se enroscaba en su blusa– yo no puedo estar embarazada –sollocé.
–Llora, hija, no te preocupes, tu papá ya se fue al hogar –me abrazó con fuerza y mi llanto continuó por demasiado rato– a veces no se forman, yo tuve uno así, hija, antes de ti y no vivió, esperemos que así sea, mi bebé –besó mi cabeza, sosteniéndome– ¿Qué hiciste, Isabel, ¿Qué haremos?
El doctor confirmó nuestras noticias y una ecografía nos mostró la perfecta formación del feto.
–En nuestro país no hay una ley que permita el aborto, pero hay opciones que podemos discutir –el hombre no parecía una mala persona y me miraba fijamente, como esperando mi aprobación para comenzar a detallarme sus soluciones, pero en ese momento observé mi vientre, aún no se notaba, ese feto era demasiado pequeño y entonces recordé los ojos de su padre, oscuros, pero con esa ternura que tenía algunas veces, su risa y me dije que esperara fuese un hombre, porque seguramente eso lo haría feliz y suspiré.
–Lo siento, pero la única opción para mi bebé es tener una madre que lo ame con todo su corazón.
Mamá parecía congelada, cada mañana me despertaba con un cubo plástico en la mano y un vaso de leche fría en una bandeja. Iba al colegio, pero es como si nada tuviese sentido, aunque de todos modos lo intentaba. Ella me dejaba dormir por las tardes, despertándome justo antes de que llegue papá y la excusa de la dieta continuaba, sonriendo cuando él me decía que parecía surtir efecto, porque la balanza también lo afirmaba, estaba mucho más delgada que antes de que todo comenzara.
Un mes después, un sábado por la mañana, me quité el pijama para ducharme, mirándome al espejo, dediqué atención a lo que había querido ignorar durante tantos días, mi vientre. Abultado y perfectamente redondo, mis labios temblaron, pero no quise permitir que las lágrimas asomaran, esto era la realidad y, por más que mamá se empecinara en hacer como si nada estuviese sucediendo, llevaba un bebé en mi interior.
–¿Papá? –él leía su periódico en la mesa de la cocina, con una taza de café, mientras mamá servía panqueques recién hechos.
–¿Vas a comer o tu dieta te lo impide?
–Sólo fruta –comencé a picar una manzana en un cuenco, junto a gajos de naranja, bañados en su jugo y banana en trocitos– yo quería pedirte permiso para visitar a Viviana hoy –sentí la mirada alterada de mamá, incluso en cómo casi tira los panqueques frente a papá, nunca lo habíamos hablado, pero ella intuía que allá estaría el culpable de mi situación.
–Claro, si no tienes mucho que estudiar.
–Sólo será por la tarde, le diré que me deje en el autobús para regresar.
–Claro, no hay problema, esta noche vendrán tus hermanas con los niños.
Me apuré en comer y había dejado todo preparado, para que mamá no alcanzara a detenerme ni hacer preguntas.
Esperaba que mi amiga estuviese en casa, porque necesitaba hablar con ella, alguna opinión que no estuviese manchada por el miedo.
–¡Amiga! –salió a abrazarme, sin dudarlo– pero qué te habías hecho, si ni siquiera contestas mis llamadas y no me digas que lo que dice tu mamá es cierto, porque te conozco y sé que…
–Hay algo –mis labios temblaban– tengo que contarte algo.
–Pasa, pasa –tomó mi mano y me sentó en su sofá, indicándome con gestos que su mamá dormía– es mucho tiempo, Isa, te he extrañado tanto y todo el mundo pregunta por ti, en especial él.
–Le he escrito, pero como nunca responde, no sé si las lea.
–Lo hace, te lo aseguro –acarició un mechón de cabello que se asomaba de mi apretado moño– estás pálida y más delgada.
–Estoy embarazada –susurré y su mano se apartó, sus ojos dilatados, como si le hubiese dado una bofetada– solo fue una vez –sollocé– esa noche estaba tan alterada que no me preocupé de si él usaba alguna protección –tapé mi rostro, sintiendo cómo me rodeaba con sus brazos, dejándome llorar, porque era la primera vez en todo este tiempo que sentía como si esto fuese real– no sé qué hacer.
–¿Saben en tu casa?
–Mi mamá se dio cuenta antes que yo, me llevó al médico y el bebé está bien, no me da mucho apetito, casi quiero comer solo ensaladas y fruta, por eso estoy más delgada –reí de manera histérica– algo bueno que salga de esto.
–Tienes tres meses ¿Cierto? –asentí– mi mamá, ella conoce gente que si pagas algún dinero se deshacen de esto, como si nada pasara.
–Nunca –gruñí, mirándola con enojo.
–Está bien, no te molestes, sólo era una sugerencia –de pronto se tapó la boca, ocultando un chillido– es un bebé, será precioso, ustedes dos son tan lindos ¿Seré la madrina? ¡Dime que sí! ¿Cómo se llamará?
–Debo decirle a Samuel –murmuré, ignorando su algarabía, la vi tragar aire y borrar su sonrisa.
–Tienes razón, aunque lo tome mal, tiene que saberlo.
–Cuando esté aquí, tienes que avisarme.
–Está aquí –tomó mis manos– anoche lo vimos con Niki.
–¿Me acompañas?
–Mamá despertará en una hora más, pero no importa, le dejaré una nota, no puedes hacer esto sola.
Íbamos tomadas del brazo, mi mano inconscientemente en mi vientre de pronto sentía que el aire me faltaba, esto iría mal, muy mal.
–Tranquila, ese estrés no le hará bien al bebé, estoy contigo, no te dejaré.
–¡Chabe!
Nos volvimos al escuchar el llamado, sólo había una persona en el mundo que me llamaba así y mi corazón latió con tanta fuerza al ver a Sam corriendo desde el otro lado de la calle.
–Hola –murmuré, sintiéndome tan tonta.
–No puedo creerlo, yo realmente pensé que no volvería a verte.
Y sus brazos me rodearon y yo hundí mi rostro en su pecho y comencé a llorar y llorar, sin poder detenerme, sabía que estaba manchando su camiseta con mis lágrimas, pero el hecho de sentir que él me estaba consolando, era un alivio tan grande, aunque todavía no le decía lo más importante.
–Estoy embarazada –dije cuando las palabras lograron salir por entre mis labios– lo siento, lo siento mucho.
–¿Es mío? –asentí vigorosamente, obviando el hecho de que debí sentirme ofendida, después de todo no me veía hace tanto tiempo– ¡Guau! Eso sí que es un notición –no pude evitarlo, entre lágrimas y sollozos, comencé a reír– no sé qué decir –murmuró en un momento.
–Creo que deberían hablar –dijo Viviana, recordándonos su presencia– Isa ya tiene tres meses y dentro de poco no podrá ocultarlo, tiene que saber si cuenta con tu apoyo.
–¿Cómo puedes dudarlo? –exclamó él, su cuerpo tenso bajo mi rostro.
–Hay cada clase de hombre en estos lados.
–Vamos a mi casa –Sam secó mis lágrimas y me rodeó con su brazo– mamá no está y estaremos tranquilos.
–Pasa por mi casa antes de irte –exclamó Viviana, la observé y le sonreí.
El lugar no había mejorado en el tiempo que me había ausentado, de todas maneras, no me opuse a que me llevara a su dormitorio, parecía más acogedor que las sillas plásticas y el helado cemento.
–Yo creí que ya no querías verme –exclamó de pronto, sentándose en el suelo, frente a mí, la tristeza reflejada en su mirada– he pensado mucho en este tiempo que no te he visto –miró sus pies, llevaba zapatillas y jeans de color azul, su pelo estaba más largo y parecía más delgado– quizás no estaba preparado para que aparecieras en mi vida, cuando todo comenzó yo solo pensaba que era un juego, una tontera de verano –de pronto sus hombros se alzaron– pero cuando no estuviste, me di cuenta que te extrañaba, que eres lo único lindo en mi vida y me decía ¿Qué hice mal? –sus ojos negros suplicaban y sabía que nunca volvería a tener una oportunidad de hablar.
–No estaba preparada, pero sucedió así y ya no hay nada que cambiar.
–Porque estás esperando un bebé –lamió sus labios– tampoco estamos preparados para esto, pero sucedió de esta manera.
–Sólo sabe mi mamá, ella está muy asustada, porque mi papá me va a echar de la casa cuando sepa.
–Te vienes a vivir conmigo –su voz grave, su ceño fruncido– nunca conocí a mi papá, mi hijo va a tenerme –asentí, sintiendo cierto alivio, aunque la idea de vivir en este lugar no era mi sueño, estaría con él, lo tendría a él.
–En el colegio, el reglamento dice que me harán un curso especial los sábados, siquiera me permitirán terminar.
–¿Cuándo va a nacer?
–Diciembre.
Miró alrededor y suspiró.
–Hay tiempo para eso.
–Le diré a mi papá muy pronto.
–O sea que quieres venirte luego –de pronto mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez– no llores, princesa –me abrazó fuertemente– la cama es pequeña, pero yo no estoy mucho por aquí, tomo todos los turnos extras, para ganar más dinero, por eso vengo tan poco.
–Gracias –besó mi frente con suavidad, luego tomó mi mejilla y alzó las cejas, sonriendo cuando levanté mi rostro y lo besé, nos besamos, por mucho rato, con suavidad al comienzo, luego las cosas se fueron calentando y ese fuego conocido para mí, apareció en mi vientre– quiero hacerte el amor –susurró en mi cuello, sin moverse, sin forzarme y respiré hondo, intentando encontrar en mí alguna negativa.
–Sólo ten cuidado, el bebé, tú sabes –mis labios temblaban.
–Claro que sí –sonrió, deslizando su dedo por la orilla de mi sudadera, su mirada en mis ojos, deslizando el cierre con suavidad– me encantan –luché contra la rigidez que se comenzaba a formar en mi cuerpo, diciéndome que él estaba siendo tan distinto esta vez, la manera de tocarme, como pidiendo permiso y los escalofríos que me recorrieron cuando acarició uno de mis pechos, lamiéndose los labios antes de acercarse y los momentos en que me permití fluir, realmente lo disfrutaba.
Hasta que llegó a la cinturilla de mis pantalones deportivos, yo estaba recostada en la cama, mi pecho subía y bajaba agitado y él miraba mis ojos fijamente, lo que me hacía sentir mucho más cómoda, mis caderas apenas comenzaban a quedar desnudas cuando él se incorporó.
–¡Se nota! –exclamó y acarició mi vientre redondeado con su mano.
–Acostada se nota más –murmuré.
–¿Se mueve?
–Aún no, no lo he sentido –asintió y comenzó a quitarse la ropa, sin dudar en despojarse de todo de una sola vez y sentí mi rostro arder, apartando la mirada, porque él estaba tan entusiasmado y, sin embargo, parecía calmado en esta ocasión, recostándose a mi lado, hizo que me volviera, quedando frente a frente, besándome otra vez, sus manos volviendo a repasar mi piel, instándome a acariciarlo también.
–Me gusta que hagas eso –sonreí, mis dedos acariciando su pecho, su vientre– eres tierna y eso me encanta –me besó otra vez, ahora con más fuego y su mano tomó mi cadera, moviendo su pierna, separando las mías y me congelé, buscando su mirada, pero él tenía los ojos cerrados.
–Sam –dije intentando parecer calmada.
–Tranquila, no dolerá como esa vez –cerré los ojos y mordí mis labios, sintiéndolo moverse sobre mí, apartando mis rodillas– no quiero aplastar tu pancita –dijo y eso calmó un poco mi tensión, respirando de forma agitada, sintiendo cómo levantaba mis caderas entre sus manos, concentrado y cuando lo sentí ahí, mi cuerpo se apartó de manera inmediata– no te muevas –sus manos me tomaron con más firmeza, sin llegar a hacerme daño y empuñando mis manos, mordiendo mis labios, me resistí a la necesidad de gritar, de salir de ahí– ¿Te duele?
Negué, incapaz de hablar, relajándome a cada segundo, a cada centímetro que el avanzaba, logrando al menos huir de ese instante, en algún lugar de mis fantasías en que era feliz.