Capítulo 4

1849 Palabras
Llegué a casa más tarde de lo previsto. Después de terminar, Sam se quedó dormido y me debatí por largo rato entre esperar o dejarlo así, preferí esperar. Hablamos mientras me encaminó hasta el autobús, besándome largamente como despedida. –Llama a Viviana, ella me hará llegar cualquier mensaje. –¿Regresas en dos semanas? –Sí, me voy mañana en la tarde –tomó mi rostro con sus manos– debes cuidarlo. –Claro que sí, nunca lo dudes. Me sentía extraña en casa, cambié mis ropas por otras igual de holgadas, acompañadas de una ducha que eliminara los rastros de nuestro encuentro y luego bajé a ayudar con la cena. –Hola, hija –papá me saludó desde la sala, con uno de mis sobrinos en sus brazos– están todas en la cocina. –Iré con ellas. Me di cuenta de que mamá no se volvió a saludarme, ni me dirigió una mirada mientras mis hermanas me saludaban, haciendo bromas sobre mi rostro delgado. –Al menos debieras lucir el esfuerzo –exclamó Mónica, haciendo alusión a mi ropa grande. –No es por vanidad, solo salud –mentí, riéndome al arrancar cuando ella intentó agarrarme. –Dejen a la niña tranquila y ayúdenme con esto. –Ay, mamá –Silvia sacó un poco de postre con su dedo y lo probó, recibiendo un golpe en escarmiento– que jodida que andas hoy. –No uses esas palabras en mi casa –la recriminó de inmediato y, por un momento, pensé que sucedería algo peor. –Mamita, tranquila –Mónica la abrazó, quitándole el batido de las manos– ve a la sala con papá y nosotras terminamos todo acá. –No, está bien, solo no se comporten como un trío de locas en mi cocina. Terminé con las ensaladas y las llevé a la mesa, seguida por Silvia que iba a comprobar que papá estuviese bien con los pequeños. Eran dos, la mayor tenía ocho años y el más pequeño once meses, estaba aprendiendo a caminar. Sentí un aguijón de ansiedad en mi pecho, porque mi bebé tardaría años en ser aceptado por esta familia, porque no recibiría el cariño que merecía de su abuelo. –¡La carne está lista! –Mónica apareció con la bandeja y mamá puso la tabla para proteger la mesa– pequeña, trae los platos. Obedecí a regañadientes, caminando hasta el aparador, me agaché a tomar los platos de la repisa inferior y entonces lo sentí, un leve y doloroso tirón en la zona baja de mi vientre. Lentamente me estiré, sintiendo cómo se aliviaba y entonces subí los platos uno a uno a la repisa superior, cuando me levanté, los llevé a la mesa, con mi sonrisa de siempre. –¿Ocurre algo? –dijo mamá, que ayudaba con los cubiertos. –Estoy bien –le sonreí– estoy feliz de ver a mis hermanas. –Mentirosa –susurró y sentí cómo comenzaba a temblar, respirando hondo para controlarme. Volví a sentir los dolores durante la cena, pero no tan fuertes como la primera vez, pudiendo ocultarlos rápidamente con una cuchara en mi boca o el trago de agua. –Estaba todo muy delicioso –exclamó papá, tomando la mano de mamá y sonriéndole. –Pero falta el postre –dijo Mónica. –¡Voy por él! –exclamé, poniéndome de pie rápidamente, tanto así, que el dolor se sentía como un desgarro desde adentro, doblándome sobre mí misma, sintiendo los gritos de todas las demás. –¡Oh Dios mío! –esa era mamá, sentada a mi lado en el sofá donde alguien me dejó. –Pero qué ocurre –dijo papá– yo sabía que tanta dieta te iba a hacer mal. –Estoy bien –dije, intentando parecer calmada, pero apenas sentía que el dolor pasaba y regresaba otra vez. –Ustedes la están poniendo nerviosa –gritó mamá de pronto– ¡Déjennos solas! –tomó mi rostro y miró mis ojos con firmeza– ¿Habías sentido este dolor antes? –negué firmemente– ¿Estás sangrando abajo? –¡No puede ser! –ambas nos volvimos a escuchar a Mónica, con las manos en su rostro– yo sabía que algo andaba mal, lo sabía. –¡Cállate, por favor! –el grito ahogado de mamá no fue suficiente para detener el nuevo espasmo de dolor. –Hay que llevarla a la clínica, yo conduzco, tú la subes al auto ¡Está teniendo una pérdida! No tuvimos que esperar mucho para que me atendieran, los dolores seguían apareciendo y desapareciendo, agradecí que mamá y Mónica dejaran de discutir, porque sólo me ponían más nerviosa. –Tienes que estar tranquila –dijo la matrona y yo quería decirle que realmente lo estaba intentando– ¿Qué edad tienes? –Diecisiete –susurré entre lágrimas. –Llamaré a tu madre, eres menor de edad y tienes que estar con ella –asentí– quítate la ropa de la cintura para abajo. Pasó mucho rato, exámenes a los que no quería ser sometida, pero comprendía que todo era por el bebé y luego la espera para que recién me viera un médico. –No estás sangrando –dijo mamá de pronto, pero no sabía si estaba contenta por eso o, todo lo contrario– no lo perderás. –Es mi bebé –gemí– yo amo a mi bebé –sollocé. –Lo sé, mi niña, porque eres demasiado buena para sentirte de otra manera, todo va a estar bien. –¿Qué dijo Mónica? –cerró los ojos. –Es mejor que te lo diga ella –murmuró. El médico apareció de pronto, riéndose de algo que le comentaba la matrona. –Te haremos una ecografía para ver cómo está el feto –se sentó tras la máquina y comenzó el molesto examen, terminando demasiado rápido como para alcanzar a verlo siquiera– no hay desgarro, así que puedes estar tranquila –apartó la máquina y palmeó uno de mis muslos cubiertos por una sábana– ¿Tuviste relaciones hoy? –Sí –dije con un hilo de voz, realmente avergonzada. –No usaste protección –negué con la cabeza– ¿Era el padre de la criatura? –¡Sí! –exclamé con enojo y comenzó con un discurso sobre las enfermedades de transmisión s****l. –Bien, el semen del hombre suele provocar esto en las embarazadas, no es la regla, pero como puedes ver, tú eres la excepción –sonrió– te pondremos una inyección que controlará los espasmos y mañana estarás bien, ahora, como eres adolescente, preferiría que te quedes aquí hasta que pase. –Quiero irme a casa –susurré y él me miró fijamente. –Creo que es un poco tarde para recordar que eres solo una niña. Fruncí el ceño y me relajé en la camilla. Luego llegó una enfermera con la inyección y Mónica entró en cuanto ella salió. –Mamá, si quieres yo me quedo, papá va a estar histérico de no tenerte cerca. –Bueno, la cuidas mucho. Recibí su beso y me acurruqué entre las sábanas con olor a antiséptico. Mónica se sentó en una silla y me observó. –Así que la chica perfecta salió con su sorpresa. –Lo siento -fue inevitable sonrojarme. –¿Es de tu novio? -su tono de voz se volvió más comprensivo, pero no estaba segura de qué respuesta esperaba. –Sí -suspiré. –Yo ni siquiera me acordaba del padre –dijo y mis ojos se abrieron al doble de su tamaño. –¿Tu? –Estaba tan borracha que no tenía idea de qué hacía, después comprendí que estaba embarazada y no le dije a nadie, una amiga me recomendó alguien que hacía abortos y aquí me ves, aguantando los discursos de papá de por qué no traigo hijos al mundo, cuando en realidad no puedo tenerlos. –No lo sabía –murmuré, sintiendo la tristeza llenar mi pecho. –Nadie lo sabe, sólo mamá y Joaquín, por supuesto. –¿Cómo lo ocultaron? –Era fin de año, inventamos un paseo de curso y una amiga me estaba alojando en su casa, me recuperé en una semana, luego solo reposos medianos, pero mi alma, esa nunca se recuperará. –Yo amo a mi bebé. –Creo que no alcancé a amarlo, pero si hubiese continuado, lo habría hecho y ahora siento mucha tristeza por su pérdida, mi castigo no es nada comparado con lo que hice. –¿Papá me correrá de la casa? – susurré, intentando ocultar el temor en mi voz. –Lo hará, pero no te preocupes, te vienes a vivir conmigo, yo feliz de disfrutar tu embarazo. –Me iré con mi novio. Mantuvo silencio un momento antes de hablar. –¿Lo acordaste con él? –Sí, él quiere que estemos juntos, quiere ser papá y trabaja, no es la vida a la que estoy acostumbrada, pero es el hombre que yo elegí para mí. –¿Estás loca? –¡No! –Bien, tenemos que confiar en ti y es mejor que te vayas antes de que papá te mate con sus propias manos. –¿Me prestarías tu celular? –Claro ¿Lo llamarás? Marqué el número de Viviana y suspiré cuando ella me contestó, contándole lo ocurrido y esperando a que parara de gritar para pedirle que le dijera a Sam antes de que él se marchara a la mina. Y entonces mi vida cambió, en cuanto Mónica me llevó a casa, mamá lloraba desconsolada y papá ni siquiera estuvo presente para darme su mensaje de que no quería saber nada más de mí. Las maletas estaban hechas y, mientras mi hermana insistía en que me fuera a su casa, yo hablaba con Vivi, me explicaba que Sam retrasaría un día su regreso a la mina y vendría por mí. Me lancé a sus brazos en cuanto llegó, sin darle importancia al aroma a alcohol y cigarro de su piel, yo sólo quería sentirme segura en sus brazos y eso es lo que me estaba dando. Parecía enojado y podía entenderlo, saludando a mamá con un gesto de cabeza, metía mis bolsos en un taxi que seguramente le costaría un dineral. –Si le tocas un pelo a mi hermana, te mato –exclamó Mónica con furia y fruncí mi ceño, sin comprender su reacción. –Déjalo en paz –le gruñí y ella negó con la cabeza. –Prométeme que si necesitas algo me avisarás, por favor prométemelo. –Estaré bien –respondí, tomando la mano de Sam, me despedí de ambas y luego subí al taxi. –Esa es mi chica –dijo en mi oído en cuanto me acomodó entre sus brazos– tengo unas ganas de hacerte el amor –susurró, riendo y yo tragué saliva. –Sólo recuerda que debes usar preservativo en la próxima ocasión. –Claro que lo recordaré –levantó mi mentón con su dedo y comenzó a besarme– me encantará tenerte en mi cama para siempre.
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