Desperté sobresaltada, con mis ojos ardiendo de sueño y quejándome audiblemente al ver el rostro sonriente de mi princesa. –No me digas que ya es la hora –gemí. –¡Mamá! Son más de las diez, venía asustada porque pensaba que te enojarías conmigo y ¡Estás durmiendo! –Lo siento, mi amor –me incorporé, bostezando fuertemente– me quedé viendo televisión hasta tarde. –¿Cómo estuvo la comida? –Bien –una sonrisa comenzó a aparecer en mis labios, pero la contuve rápidamente, conocía muy bien a mi hija, sabía que a ella nada le pasaba desapercibido– comimos, conversamos… lo usual ¿Y a ustedes? –Estudiar, pizza y… hablar de chicos –su rostro se ruborizó por completo y eso me hizo sentir tranquila, porque confiaba en mí, a pesar de que fuese un tema que le resultase complicado, siempre me lo con

