Matilda terminaba de abrocharse el vestido rosa pastel que su hermana había escogido para ella. Llevaba el pelo recogido e intentaba que el pequeño bouquet que le habían solicitado usar no pareciera una margarita marchita en su pelo. Había logrado rendir la materia y si bien llevaba pocos días en Buenos Aires, estaba segura de que no se quedaría mucho tiempo. No se había despedido de Aluel y tampoco había atendido sus insistentes llamadas, quería cumplir con la última obligación que le había impuesto su madre y tomar por fin la riendas de su vida. Para ello contaba con un pasaje a la ciudad en la que había conocido el amor en todas sus expresiones. -¡Mati, vamos bajando, no te demores!- gritó su madre desde el pasillo. Una vez que escuchó al ascensor comenzar a descender se deci

