Los segundos después de que Kendell cerró la puerta se sintieron como una eternidad. Me quedé allí, de pie, en medio del recibidor, respirando el aire que aún olía a él. A su colonia, a su rabia, a esa intensidad con la que solía arrastrarme a sus infiernos y de la que siempre terminaba saliendo más rota que antes.
Me llevé la mano al pecho, intentando calmar la taquicardia. Quería gritar. Quería llorar. Quería arrancarme la piel y todo lo que él había dejado marcado en ella.
Pero en lugar de eso, caminé hacia la cocina, serví otra copa de vino y me senté en el viejo taburete de madera que solía usar mi padre cuando me acompañaba a estudiar por las tardes.
-¿Qué estoy haciendo? -susurré para mí misma.
La respuesta era simple: lo que tenía que hacer.
No era solo por el testamento. No era solo por orgullo. Era por mí.
Por la niña que una vez soñó con una vida digna, sin secretos, sin sombras, sin hombres que decidieran por ella.
Y si tenía que pasar un año más fingiendo un matrimonio, entonces iba a hacerlo a mi manera. Sin Amanda. Sin la mansión. Sin volver a ser la mujer silenciosa que tragaba sus lágrimas mientras él besaba a otra en público.
Al día siguiente, me levanté temprano. Preparé café fuerte, tomé mi portátil y me senté a escribir la respuesta para el abogado.
Señor Morlán:
Acepto las condiciones del testamento con los términos propuestos por mi parte:
-Residencia conjunta en mi domicilio actual.
-Cero contacto o convivencia entre el señor Kendell Lesters y la señora Amanda Greene durante los doce meses de vigencia del acuerdo.
-Compromiso de respeto, privacidad y discreción.
-Finalizado el año, se procederá con el divorcio definitivo sin dilación.
-Cierre absoluto de cualquier vínculo entre ambas partes.
Si el señor Lesters está de acuerdo, firmaré en cuanto lo considere necesario.
Atentamente,
Ana Lombardo.
Presioné enviar. Mi dedo tembló levemente, pero no miré atrás.
Diez minutos después, mi teléfono vibró.
Era el abogado.
-La parte contraria acepta todos los términos, señora Lombardo. Se firmará en dos días.
-Perfecto -respondí.
-Hay un detalle más... -agregó el abogado con voz cuidadosa-. El señor Lesters solicitó una cláusula adicional.
Me congelé.
-¿Qué tipo de cláusula?
-Quiere pasar los fines de semana con su hijo. No con Amanda -aclaró-. Solo con el niño.
Me froté las sienes. ¿Y si era una excusa para verla? ¿Para seguir manipulando?
-Dígale que puede verlo, pero no en mi casa. Que lo lleve a otro lugar. Que se encargue como padre. Que no me mezcle -dije, firme.
-Entendido.
Colgué. El estómago me ardía, como si hubiera bebido veneno.
La firma llegó rápido. Demasiado. Dos días después, estábamos de nuevo frente a frente, en la oficina del abogado, con bolígrafos negros y contratos gruesos.
Kendell no pronunció una sola palabra durante toda la firma. Vestía de n***o, impecable, como siempre.
Amanda no estaba. Algo dentro de mí se lo agradeció.
Kendell se acercó y se sentó frente a mí.
-Vamos, Ana, terminemos con esto.
Tomé el bolígrafo con delicadeza y lo levanté, pero no firmé de inmediato. Lo miré con sarcasmo.
-¿Sabes lo que esto parece, Kendell? Un contrato de compraventa. Como si yo fuera una propiedad que debes mantener durante un año antes de devolverla a su estado original.
-Haz el favor de firmar y deja el drama -gruñó, perdiendo la paciencia.
-No, no, no tan rápido -dije sonriendo-. Quiero hacer un brindis antes. ¿Tienes algo de champán imaginario? Así celebramos esta farsa como se merece.
-Ana...
-Tranquilo, ya firmo -susurré mientras escribía mi nombre con una firma fuerte y elegante-. Ahí lo tienes. Un año más de matrimonio. Un año más de apariencias. Un año más de mentiras.
Empujé el documento hacia él y lo vi firmar con el ceño fruncido. Cuando terminó, dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco. Nuestros ojos se encontraron.
-No tenías que hacerlo tan fácil -dijo.
-Ni tú tan difícil.
Nos quedamos en silencio unos segundos. El tipo de silencio que pesa más que cualquier palabra. Entonces él dio un paso hacia mí, yo retrocedí.
-¿Qué haces?
-No sé... -murmuró-. Supongo que odio que esto se sienta tan final.
-No tienes derecho a odiar nada, Kendell -susurré.
Di media vuelta y sali del lugar, habíamos terminado con esto.
Firmamos.
Un año mas.
Trescientos sesenta y cinco días.
Un matrimonio vacío... o tal vez, una guerra contenida.
Al salir a la calle, Kendell me alcanzó en la acera.
-¿Te arrepentirás de esto? -me preguntó, con una mirada insondable.
-¿Tú lo hiciste alguna vez? -repliqué.
No respondió.
Subí a mi auto y lo dejé allí, con las palabras a medias, como tantas veces él me dejó a mí.
Y mientras conducía de regreso a la casa de mis padres, una extraña sensación de calma me invadió.
Tal vez este año fuera el último capítulo de algo que nunca debió empezar.
O el inicio de una historia que todavía no sabía cómo escribir.
Pero una cosa sí sabía: esta vez, yo iba a tener la pluma.