El primer día de convivencia bajo el acuerdo fue, sin duda, una prueba de fuego. Desperté temprano, aunque no había dormido mucho. La idea de compartir techo con Kendell de nuevo, después de todo lo que habíamos pasado, me provocaba un nudo constante en el estómago. El aire dentro de la vieja casa de mis padres era frío, cargado de recuerdos, pero al menos era mío. Mi refugio. Escuché el ruido del auto de Kendell estacionándose frente a la casa. Me acerqué a la ventana y lo vi bajarse con una maleta y su habitual expresión de superioridad. Respiré hondo. Esto apenas comenzaba. Tocó la puerta como si le perteneciera. No me molesté en correr. Caminé con calma y abrí. -¿Ya llegaste a invadir mi paz? -pregunté con una sonrisa sarcástica. -Buenos días a ti también, Ana. -Entró sin pedir per

