No podía dormir. El sonido de los martillos, de las sierras eléctricas, de las voces de los trabajadores que invadieron la casa desde temprano me taladraba la cabeza. ¿Qué esperaba? ¿Silencio? ¿Paz? ¿Acaso no fui yo misma la que, a regañadientes, accedió a que este lugar tuviera "una mano de gato" según las palabras de Kendell? Mentira. Esto no era una mano de gato, esto era una remodelación completa. Había pintores, obreros, decoradores. Todo el mundo iba y venía por mi vieja casa, pisando los suelos de madera que aún crujían con historia, moviendo los muebles cubiertos por sábanas blancas como si fueran basura. Y en el medio de todo, él: Kendell Lesters, en su traje impecable, con una taza de café en la mano y esa expresión de superioridad que no cambiaba ni cuando la casa literalmente

