No me gustan los cambios. Mucho menos los que hacen temblar los cimientos de lo que alguna vez sentí como hogar. Y sin embargo, ahí estaba, con el sonido constante de taladros, martillos y voces ajenas llenando cada rincón de mi casa. Mi refugio se había transformado en un campo de batalla, y los ejércitos no eran más que obreros con botas llenas de polvo y rostros indiferentes. Kendell, como siempre, lo supervisaba todo desde su trono invisible. Se paseaba por los pasillos con las manos en los bolsillos y esa maldita expresión de "yo te lo dije" grabada en su cara. Cada vez que lo veía, me daban ganas de empujar una escalera para que le cayera encima. Y luego estaba yo, esquivando escombros y soportando su sarcasmo. Nadie me había preparado para esto. Ni para él. Ni para la guerra silen

