Desperté sola. La habitación estaba silenciosa, apenas iluminada por un rayo perezoso de sol que se colaba entre las cortinas. El aire estaba impregnado de su colonia, una mezcla de madera y menta que se me quedaba pegada en la garganta. Miré a mi alrededor con lentitud. Todo seguía igual: la nueva cama, el vaso de agua en la mesita. No estaba. Por un instante, me permití el alivio. Pero al segundo siguiente, una voz conocida irrumpió desde la cocina. —¿Estás despierta? Me sobresalté. Kendell entró al cuarto con un café en la mano y el celular pegado al oído. Llevaba el saco colgado del brazo, la camisa arremangada y el rostro serio. —Sí —dije, con la garganta aún rasposa—. Me dejaste sola. —Tenías fiebre. Me quedé toda la noche. Pero tengo que ir a la oficina ahora —colgó y dejó e

