El día pasó con una lentitud que me resultaba extrañamente reconfortante. Me desperté envuelta en las sábanas suaves de la cama nueva que Kendell había comprado solo para mí. El olor de la rosa que había dejado sobre la almohada aún impregnaba el aire, delicado, casi poético. A su lado, una nota con su letra firme y elegante: "Tuve que irme temprano. No hagas esfuerzos, ya hablé con el personal de limpieza. Esta noche, cenamos fuera. No acepto un no por respuesta. -K" Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. No porque la cena me emocionara, sino por la manera en que ese hombre insistía en invadir cada rincón de mi vida, incluso en los gestos más pequeños. Me levanté con cuidado, la pierna todavía dolía, pero al menos la fiebre había cedido. El médico había hecho bien su trabajo, y Ken

