La tarde caía con lentitud sobre la ciudad, tiñendo el cielo con tonos anaranjados que se colaban por la ventana de la sala. Yo estaba recostada en el sofá, una manta cubriéndome las piernas y una taza de té humeante entre las manos. No podía evitar pensar en la noche anterior. Kendell había cumplido su promesa. Me llevó a cenar a uno de esos restaurantes que solo conocía por haberlos visto en revistas. Comimos, reímos, hablamos. Fue... sorprendentemente cómodo. Casi como si fuéramos dos personas normales y no dos almas heridas intentando sobrevivir bajo el mismo techo. Justo cuando me permitía cerrar los ojos, la puerta se abrió con su típico sonido de bisagras gastadas y allí estaba él. Con una sonrisa torcida y una bolsa en la mano. —¿Lista para nuestra próxima aventura? —preguntó, sa

