El timbre del teléfono retumbó en la sala en silencio. Me giré para mirar la pantalla y, al ver el nombre de Kendell, respiré hondo antes de deslizar mi dedo para contestar. —Ana —dijo su voz profunda, con ese tono que siempre usa cuando intenta sonar casual, aunque por dentro esté lleno de tensión. —Hola —le respondí, con voz tranquila pero firme—. Pensaba ir a ver la obra de la casa, quería saber si querías venir. Un silencio tenso se apoderó de la llamada. Casi pude imaginarlo cerrando los ojos y apretando la mandíbula. —Estoy en una reunión ahora mismo —dijo finalmente—. Podría ser después, si termino a tiempo. —Entiendo —respondí, sin rastro de reproche, aunque algo en mi pecho se encogió—. Igual voy sola. Te veo luego. —Ana... —empezó, pero colgué antes de escucharlo titubear m

