CAPÍTULO 3 — Rumores que construyen imperios

1517 Palabras
Había pasado apenas una semana desde su llegada, pero Lia sentía que había vivido un mes entero comprimido en esos días. Lo más sorprendente no era el ritmo del trabajo, sino lo que había conseguido gracias a un malentendido que nunca había corregido. No lo había confirmado, pero tampoco lo había negado, y ese silencio había bastado para que toda la empresa la tratara como a una heredera legítima de una familia influyente. El rumor se había esparcido rápido. Las puertas se abrían, la invitaban a reuniones privadas, le asignaban proyectos que jamás habría tocado en Montreal. En siete días su vida profesional había dado un vuelco inesperado. Mientras tanto, investigaba. La familia Bianchi tenía viñedos, bodegas de vino, exportaciones de lujo, propiedades enormes y una reputación impecable. Ese mundo no se parecía en nada al suyo, pero ahora al menos podía sostener una conversación sin caer en contradicciones. Aun así, la mezcla de emoción y culpa era inevitable. Lia pensaba que no había dicho que fuera heredera, que solo había dejado que lo supusieran, y que en una semana había logrado más que en tres años de trabajo. Se repetía que no estaba robando nada, que tenía capacidad real, que solo estaba aprovechando una puerta que se había abierto sola. Si eso podía impulsar su carrera, si podía construir un futuro sólido y dejar una marca, se preguntaba por qué tendría que renunciar. Eran solo seis meses; después volvería y nadie sabría nada. Golpearon su puerta. —Perdón por interrumpir —dijo su secretaria—. Te dejaron esto. Entró con un pequeño ramo de flores, un sobre y dos entradas elegantes. —¿Para mí? —Sí. Me pidieron entregártelo personalmente. Lia tomó el ramo. En la tarjeta, escrita con letra firme, aparecía un nombre: Dante. Las entradas eran para una función de ópera muy exclusiva. —Gracias, puedes retirarte. Cuando se quedó sola, una sonrisa se le escapó. No, no debería sentir tanto, se decía, pero una parte de ella sabía que la emoción tenía nombre y apellido: Dante Valenzi. Él era inteligente, imponente, seguro. Hablar con él de negocios resultaba desafiante; nunca la minimizaba, nunca dudaba de su criterio. Y además era atractivo de una forma peligrosa y elegante. Lia nunca había recibido atención masculina de ese tipo. Había crecido sin amor, sin afecto, sin nadie que la mirara con verdadero interés. Por eso él la desconcertaba tanto y la deslumbraba. Deseaba que a Dante le gustara por quien era, por su talento, no por el apellido que llevaba sin merecer. Pero también pensaba que, con veinticinco años, era normal dejarse impresionar un poco. Nadie era de hierro. Cuando el edificio empezó a vaciarse, recogió sus cosas. Las puertas del ascensor se abrieron justo cuando presionaba el botón. Dante estaba dentro. Su traje oscuro, su postura relajada, sus ojos grises analizando todo. Cuando la vio, una sonrisa fugaz cruzó su rostro. —Buenas tardes, Lia. —Buenas tardes. El ascensor se cerró. La tensión llenó el aire. —¿Recibiste las entradas? —preguntó él. —Sí… solo estaba pensando si aceptarlas se vería mal —admitió ella—. Eres mi jefe, al final. Sus ojos brillaron, divertidos. —Eso no importa. Lo que hagamos fuera de la oficina no le concierne a nadie. Ella tragó saliva. —Solo no quisiera que pareciera inapropiado. Dante acortó la distancia apenas, lo suficiente para envolverla con su presencia. —Solo quiero que aceptes. No sé qué más hacer para llamar tu atención. Y créeme… nunca he tenido que esforzarme para llamar la atención de una mujer. Pero tú eres diferente. No sé qué tienes, pero no te pareces a ninguna otra. El corazón de Lia latía con tanta fuerza que casi le dolía. Se preguntaba cómo se suponía que debía resistirse a algo así. —De acuerdo —murmuró al final—. Acepto. Él sonrió, suave y letal. —Perfecto. Pasaré por tu hotel a las ocho. Lia abrió los ojos, sorprendida. —¿Sabes dónde me estoy quedando? —Claro —respondió con calma—. No debería sorprenderte. Puedo averiguar cualquier cosa sobre ti. Las puertas se abrieron y él salió primero. —Nos vemos esta noche. La cita quedaba sellada, y el corazón de Lia ya no estaba preparado para resistirlo. --- A las ocho en punto, Lia lo esperaba frente al hotel. Sus manos temblaban un poco, aunque intentaba disimularlo. Dante llegó en un auto oscuro y descendió con la misma elegancia de siempre. —Buenas noches, Lia. —Buenas noches. Él le abrió la puerta. —Sube, por favor. El interior del auto olía a su perfume: masculino, sutil, envolvente. Lia llevaba un vestido color perla que resaltaba su piel clara y su cabello rubio; sus ojos verdes se veían más intensos bajo la luz tenue. Dante vestía traje n***o y camisa a juego, su mirada gris hipnótica bajo el brillo del tablero. El auto avanzó por las calles iluminadas de Roma. —¿Te gusta la ópera? —preguntó él. —Si soy honesta… no he ido muchas veces —confesó—. Pero me interesa. Dante asintió, como si esa respuesta le gustara más que cualquier mentira elegante. —Aprecio tu sinceridad. Muchos habrían fingido lo contrario. Ella respiró hondo. Aunque estuviera usando un apellido que no le pertenecía, no quería mentirle sobre su forma de ser. Llegaron al teatro bañado en luces doradas. Dante la guió con una mano en la espalda. El gesto fue leve, pero suficiente para que Lia sintiera un cosquilleo difícil de ignorar. Durante la función él se inclinaba a veces para susurrar detalles. —El tenor de esta noche es de los mejores de Italia —le comentó en voz baja. —No lo sabía —respondió ella, también en susurros. —Es especial compartir algo así contigo —añadió él. Lia se quedó pensando en esa frase más de lo que habría querido admitir. En el intermedio caminaron por el hall. —¿Qué haces en tus días libres? —preguntó él. —Trabajar, estudiar… y cocinar. Me gusta cocinar —respondió. —¿Cocinar? —sonrió—. Pensé que una mujer como tú tendría chefs personales. Ella rio. —Soy bastante normal, te lo aseguro. Dante la miró como si cada palabra fuera una pieza que no encajaba con la imagen que todos tenían de una Bianchi. Y eso parecía interesarle aún más. La función terminó con una ovación. Salieron tomados del brazo al aire fresco de la noche. Roma brillaba bajo la luz de las farolas y las voces lejanas. —Eres diferente, Lia —dijo él con voz profunda—. No pareces como las demás mujeres como tú. Ella lo miró, confundida. —¿Como yo? —Sí —asintió—. Y decir que llamas mi atención se queda corto. Me deslumbras. Lia sintió que el mundo se detenía. Un mechón de su cabello cayó sobre su rostro y Dante lo acomodó con suavidad detrás de su oreja. El roce de sus dedos en su piel la electrizó. Ambos contuvieron la respiración por un segundo. Una brisa fría los envolvió. —Mejor deberíamos irnos —dijo él al final, sin romper la tensión. Le colocó su chaqueta sobre los hombros. Volvieron al auto. Ella permaneció en silencio durante el trayecto, no por falta de palabras, sino porque no lograba ordenar lo que sentía. Se descubrió nerviosa y emocionada al mismo tiempo, como si cada frase de él quedara grabada en algún lugar dentro de ella. Nunca nadie la había mirado así, ni la había hecho sentirse importante. Del lado de Dante, la atmósfera también estaba cargada. Él mismo se sorprendía. Al principio había pensado en acercarse por conveniencia, porque una Bianchi era una pieza demasiado valiosa en su tablero. Pero nada de eso explicaba lo que le ocurría ahora cuando la miraba, cuando la escuchaba. Le resultaba cautivadora de una manera que no podía encajar en ningún cálculo. Llegaron al hotel. Dante la acompañó hasta la puerta de su habitación. El pasillo estaba silencioso, iluminado por lámparas cálidas que hacían la escena todavía más íntima. —Gracias por esta noche —dijo Lia en voz baja. —Gracias a ti —respondió él—. Fue increíble. Y espero que se repita. También espero que me aceptes muchas más citas. Antes de que ella pudiera responder, él se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla. El aroma de su perfume y el calor de su piel se le quedaron pegados al cuerpo. —Descansa, Lia. Él se alejó sin mirar atrás. Ella entró, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. Su respiración estaba agitada, el rostro encendido, el pecho revuelto. Se preguntaba en qué se estaba metiendo y cómo saldría de ahí si seguía avanzando. Al mismo tiempo, pensaba que quizá algún día podría decirle la verdad, que solo necesitaba encontrar el momento adecuado. Tal vez él lo entendería. La noche, que no debería haber existido, había terminado. Pero algo dentro de ella ya había cambiado para siempre.
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