Lia no sabía en qué momento había sucedido. No sabía qué día exacto dejó de sentirse “temporal” y pasó a ser parte del mundo Valenzi. Pero lo sabía: todo el edificio comentaba sobre ella y Dante. Ya nadie lo disimulaba. Nadie fingía que no veía cómo él la miraba en las reuniones, cómo buscaba cualquier excusa para cruzarse con ella, cómo su cercanía se había vuelto habitual… inevitable.
Y Lia tampoco sabía cómo detenerlo.
La verdad era que nunca había querido detenerlo.
Mientras guardaba su laptop, sintió ese nudo particular que le aparecía cada vez que pensaba en su contrato. Se suponía que estaría en Roma seis meses. Solo seis. Trabajar, aprender, mejorar su currículum y volver a Montreal. Ese era el plan. Eso había repetido una y otra vez cuando aceptó la transferencia.
Pero ahora…
Ahora quería quedarse.
Ahora sentía que Roma era el primer lugar donde realmente había sido vista. Donde alguien la miraba como si valiera algo, donde su talento era escuchado, donde había encontrado una versión de sí misma que jamás imaginó que existía.
Y esa sensación tenía un rostro, un nombre y unos ojos grises capaces de desordenarle el mundo: Dante.
No puedo imaginar irme. No ahora. No cuando estoy empezando a sentirme… completa. ¿Qué voy a hacer cuando esto termine? ¿Cómo voy a regresar como si nada hubiera pasado?
Cerró su carpeta y respiró profundo, tratando de calmar la presión en el pecho. Caminó hacia la salida de su oficina y, al abrir la puerta, lo vio. Allí estaba él, apoyado con elegancia en el marco, como si supiera exactamente en qué segundo saldría. Ese hábito suyo de anticiparla la estremecía cada vez.
Dante la vio y caminó hacia ella con paso seguro. Le tomó la mano sin dudarlo, como si tuviera todo el derecho del mundo.
—Hola —dijo con esa voz baja que la envolvía—. ¿Cómo estás?
Se inclinó y besó su mejilla, casi rozando la comisura de sus labios. Su piel ardió al instante.
—Bien —respondió Lia, sintiendo su corazón acelerarse—. Ahora sí.
Él sonrió apenas, esa sonrisa mínima y peligrosa que solo le mostraba a ella. Caminaron hacia el ascensor, todavía de la mano. Era ridículo lo rápido que se acostumbraba a ese contacto.
—Hoy estás hermosa —murmuró Dante mientras se acercaban al ascensor—. Como siempre. Espero que te hayan gustado las flores.
Lia bajó la mirada con cierta vergüenza dulce.
—Sí, me encantaron. Todas las flores que me mandas son hermosas.
Él la observó con un brillo suave en los ojos, uno que Lia no sabía cómo manejar sin derretirse por dentro.
—Estuve pensando en algo... en tu familia… tus padres —comentó Dante con naturalidad—. Pensaba que podríamos hablar un poco más de ellos y algún día conocerlos. Me gustaría conocer esa parte de tu vida.
El ascensor llegó y entraron. Lia sintió cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba. La palabra “familia” siempre era un detonante. Trató de pensar rápido.
—Mis padres… bueno, ya hablaremos de eso —respondió ella desviando su mirada—. No quiero aburrirte con historia familiares. Algún día los conocerás y sabrás que no son la gran cosa.
—Nunca me aburrirías —replicó él con sinceridad—. Me interesa todo lo que tenga que ver contigo. Y dudo que lo Bianchi no sean la gran cosa, siempre eres tan modesta.
El ascensor descendía con suavidad. Lia sentía la presión crecer en su pecho.
No puedo seguir esquivando esto. Soy una mentirosa. Una completa mentirosa. Y sé que debería decirle la verdad, pero… si se la digo, lo perderé. Y no estoy lista para perderlo.
Dante soltó su mano solo para poder tomarla de la cintura cuando salieron del ascensor. No había nadie alrededor, pero aun si lo hubiera habido, él no parecía preocuparle. La llevó así, pegada a él, mientras atravesaban el vestíbulo.
—Tengo algo que contarte —dijo él al abrirle la puerta del edificio.
El aire fresco la golpeó. Dante también parecía un poco más serio.
—Este fin de semana habrá una fiesta de gala —continuó—. La organiza mi familia. Y quiero que vengas conmigo.
Lia lo miró sorprendida.
—¿Con tu familia?
—Sí. Todos saben que estamos juntos —dijo él, sin titubear—. Pero quiero que esta vez seas mi acompañante de forma oficial. Es importante para mí que vengas. Tengo planes para esa noche. Planes especiales para los dos. Y… quiero que conozcas a mis padres.
El mundo de Lia dio un vuelco.
Conocer a sus padres.
Una gala Valenzi.
Ser presentada oficialmente.
No puedo… pero tengo que hacerlo. No puedo perderlo. No ahora. No cuando estoy tan… enamorada de él.
—Está bien —respondió con voz suave—. Iré. Solo dime si debo preparar algo.
Dante frunció ligeramente el ceño, divertido.
—¿Has estado en fiestas de gala antes, verdad?
Lia sintió un escalofrío.
—Sí… claro —dijo rápido—. Solo que como volví al país hace poco, no quiero estar fuera de estilo.
Eres una mentirosa. Una maldita mentirosa, pensó. Pero decir la verdad cada vez parecía más imposible. No puedo.
Fueron juntos hasta el hotel donde ella todavía vivía. A pesar de que él quería que se mudara con él, todavía no habían dado ese paso… aunque Dante ya actuaba como si fuera su pareja en todo sentido.
Él insistió en acompañarla hasta la puerta de su habitación. El pasillo estaba silencioso, iluminado por lámparas doradas que hacían que todo pareciera más íntimo.
—Te veo mañana —dijo él, deteniéndose frente a la puerta—. Te verás hermosa en la gala.
Lia sintió un temblor recorrerle los brazos.
—Gracias… —susurró.
Dante dio un paso hacia ella, levantó su rostro con dos dedos y la besó. Fue un beso lento al inicio, suave, medido, casi exploratorio… pero luego se volvió más profundo, más intenso, más cargado de deseo. Ella sintió cómo sus manos temblaban ligeramente mientras él profundizaba el beso, como si el mundo pudiera reducirse a ese único contacto.
Cuando el beso se hizo demasiado intenso, él se separó con un esfuerzo visible. Respiraba más rápido que antes.
—Mejor me voy —murmuró con voz ronca—. No quisiera cometer una locura y entrar contigo a tu habitación. Eso no sería propio de un caballero. Y ante todo… te respeto. Me encantas. Pero hay cosas que deben darse antes, cosas necesarias para que pueda besarte de esta forma sin detenerme.
Lia sintió cómo sus piernas casi cedían.
Él acarició la punta de su nariz con un gesto tierno, íntimo, que la derretía más que cualquier beso intenso.
—Hasta mañana, Lia.
Y se alejó.
Ella abrió la puerta de su habitación con manos temblorosas, entró y cerró de inmediato. Apoyó la espalda contra la puerta, sintiendo el corazón desbocado, la respiración acelerada, la piel aún sensible donde él la había tocado.
—¿Cómo diablos voy a prepararme para esa gala? —susurró para sí.
Ya había gastado demasiado dinero intentando aparentar lo que no era. Vestidos, zapatos, maquillaje, joyería discreta pero elegante. Todo para sostener una mentira que ya pesaba demasiado.
Cada día esta farsa es más difícil de sostener. Cada día me hundo un poco más. Pero también… cada día lo amo más a él. Y no quiero perderlo.
Se miró en el espejo de su habitación: su cabello rubio revuelto, las mejillas encendidas, los ojos verdes brillantes como si escondieran un secreto.
Trabajé toda mi vida para ser feliz. Y si mi felicidad ahora es él… si lo único que tengo que hacer es mantener esta mentira un poco más… lo haré.
Se dejó caer sobre la cama y respiró hondo.
Aunque me cueste. Aunque me destruya. Haré lo necesario.
La gala la esperaba.
La verdad también.
Pero Dante era lo único que no estaba dispuesta a perder.