Lia llegó a la gala del brazo de Dante y, aunque por fuera parecía completamente serena, por dentro sentía que el corazón le latía demasiado rápido. No estaba nerviosa por su apariencia; sabía que el vestido que había elegido era elegante y que Dante la miraba como si fuera la mujer más hermosa del salón. No, esa no era la razón.
Su nerviosismo tenía otro nombre: preguntas. Preguntas sobre una familia que no era suya, un apellido que no le pertenecía, un mundo al que no tenía derecho.
Y esa noche, inevitablemente, muchas personas iban a querer hablar de esa familia.
Dante la miró de reojo mientras subían la escalinata iluminada.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja—. Te noto más nerviosa que de costumbre.
—Sí… es solo que voy a conocer a tus padres —respondió ella con una sonrisa suave—. Creo que a cualquiera le pone nervioso conocer a los padres del hombre que… —se detuvo, tragando saliva.
Dante se giró hacia ella, expectante.
—Del hombre que… ¿qué?
Había llegado el momento. Ya no podía contenerlo.
—Del hombre que amo —confesó.
Él se detuvo un segundo, y su expresión cambió. La tensión en su mandíbula se suavizó, sus ojos grises brillaron de una forma que Lia nunca había visto en nadie.
—Pensé que nunca lo dirías —murmuró, acercándose a besar su frente—. Yo también estoy nervioso. Presentarte a mis padres… Con treinta y dos años creo que ya se habían resignado a que jamás sentaría cabeza. Y de repente llegas tú… y espero que estén felices. Muy felices.
Siguieron caminando hacia el interior del salón mientras ella intentaba concentrarse en respirar.
Ya ensayé todo. Ya tengo preparado qué decir si preguntan por mis padres. Sé qué excusa usar. Sé qué historia contar. Todo está bajo control. Todo calculado. Solo… no debo fallar.
La sala estaba llena de gente elegante, música suave y copas de cristal. Lia sintió cómo varios pares de ojos los seguían cuando entraron. Ser la pareja de Dante Valenzi era como llevar un reflector encima. No había forma de esconderse. Ni decir ser la pareja de un Valenzi siendo una Bianchi. Doblemente observada.
Y entonces los vio. Un hombre alto, cabello entrecano perfectamente peinado, y una mujer elegante, de porte firme y sonrisa refinada. Reconoció inmediatamente la forma en que se acercaban: eran los padres de Dante.
Vittorio Valenzi y Adela Valenzi.
—Esos son mis padres —susurró él.
Lia apenas pudo asentir.
—Hijo —saludó el hombre, abriendo los brazos para abrazar a Dante—. Qué bueno verte.
—Dante, querido —saludó la mujer, besando la mejilla de su hijo—. ¿Y esta es…?
Él tomó a Lia de la mano con suavidad y la acercó a ellos.
—Papá, mamá, les presento a Lia Bianchi.
Los ojos de ambos padres se iluminaron con sorpresa.
—Un placer enorme conocerte —dijo Vittorio.
—Encantados de tenerte aquí, Lia —sonrió Adela—. Aunque debo admitir que jamás imaginé que una Bianchi… se atrevería a frecuentar a un Valenzi.
Lia sonrió sin entender del todo. Lo que no sabía era que aquellas palabras tenían raíces profundas. No era algo que se hablara abiertamente, pero entre ambas familias había existido, durante décadas, una alianza inconclusa. Un lazo que nunca llegó a formarse y que quedó suspendido en una tensión elegante entre generaciones.
Y ahora… sin saberlo, Lia estaba pisando terreno histórico.
—Es un gusto para mí estar aquí —respondió ella con educación.
Los padres comenzaron a hacerle preguntas, amables, simples, intentando conocerla.
—¿Qué te parece Roma?
—¿Te estás adaptando bien?
—¿Tus padres viajan seguido a visitarte? A decir verdad, creo que nunca hemos visto sus rostros… pero ahora que estás con Dante, imaginamos que los conoceremos pronto, ¿verdad?
La sonrisa de Lia casi se rompió.
Vamos… vamos… ahora. Di lo que ensayaste.
—Mis padres viven en el norte —respondió con la voz más natural que pudo—. Están muy ocupados con unas inversiones que están manejando y no pueden viajar tanto como antes. Pero seguro pronto podrán venir a Roma.
Vittorio y Adela parecieron conformarse.
Y justo entonces apareció una joven. Hermosa, alta, vestida de forma impecable, segura de sí misma. Sus ojos se clavaron primero en Dante… y luego en Lia.
Isabella Moldati.
—Dante —sonrió ella, con una voz dulce pero cargada de intención.
—Isabella —saludó él cordialmente—. Ella es Lia, mi pareja. Lia, esta es Isabella. Es hija de una amiga cercana de mi madre. Una buena amiga.
Isabella mantuvo la sonrisa, pero una sombra cruzó su rostro al oír “buena amiga”. No parecía gustarle ese término.
Lia también percibió la tensión. Y Dante, internamente, también.
La madre de él siempre había querido emparejarlo con Isabella. Y sí… cuando él fue muy joven, hubo un par de deslices, nada serio. Pero eso era un pasado enterrado. Ahora solo veía a Lia.
Aun así, la situación era incómoda.
—Un gusto, Lia —dijo Isabella con una amabilidad medida, casi afilada.
—Igualmente —sonrió Lia con cortesía.
Entraron más al salón y un camarero ofreció copas de vino. Lia no tomó ninguna. Isabella lo notó enseguida.
—Qué curioso —comentó—. Una Bianchi que no bebe vino. Si tu familia vive de eso…
Lia sintió que el estómago se le encogía.
—De vez en cuando bebo —dijo con una sonrisa tensa.
Dante intervino para aliviar la situación.
—Seguramente este vino te gustará —dijo él con cariño—. Estoy seguro de que sabrás identificarlo muy bien.
Ella deseó desaparecer. Tomó la copa, dio un sorbo y no pudo evitar el gesto involuntario. No le gustó.
Isabella arqueó una ceja.
—Qué extraño. Pensé que las herederas Bianchi recibían educación temprana en vinos.
La vergüenza quemó la piel de Lia. Antes de que pudiera hablar, fingió llevarse una mano al estómago.
—Creo… que estoy un poco mal. Tal vez soy alérgica al alcohol —dijo, intentando sonar convincente.
Dante reaccionó de inmediato.
—Ven —dijo con firmeza—. Vamos a apartarnos un momento.
La tomó de la mano y la condujo hasta una pequeña sala privada, con un sillón y una lámpara tenue. La recostó despacio.
—¿Estás bien? —preguntó con preocupación real—. No pensé que te haría daño. Lo siento si exageré con lo del vino.
—No fue tu culpa —susurró Lia, sintiéndose cada vez peor—. No quise arruinar la noche.
—No la arruinaste —dijo él, sentándose a su lado—. Te traje porque… quiero que conozcas a mis padres. Pero también porque quiero conocer a los tuyos. Quiero saber más de la mujer que amo.
Sus palabras fueron un puñal dulce y doloroso en el corazón de Lia.
No puedo seguir haciendo esto. No puedo seguir mintiendo. Tengo que decírselo. Tengo que decirle la verdad ya. No puedo… no puedo seguir así…
Entonces, justo cuando iba a abrir la boca, Dante tomó aire y habló primero.
—Lia… mis intenciones esta noche eran pedirte matrimonio.
El mundo se detuvo.
—¿Qué…?
Él tomó sus manos.
—Quiero que seas mi esposa.
Lia se quedó sin respiración. Su rostro lo dijo todo, aunque ella intentó contenerse. Dante lo notó.
—¿Tu silencio significa una negativa? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Me rechazas?
Lia negó rápido, desesperada.
—No. No, Dante, jamás te rechazaría. Es solo que… me tomó por sorpresa. Pero sí. Sí quiero… estaría encantada de ser tu esposa.
Dante la abrazó con fuerza, sin darse cuenta de la tormenta interna que la consumía.
Lia solo sabía una cosa:
Acababa de hundirse, muy profundo y ya no había marcha atrás.