Capítulo 24

1764 Palabras
Y la abrazó hasta que las lágrimas abandonaron su cuerpo. Por fin se sentía protegida. Dos horas después, se encontraba toda la familia en la sala de la casa, junto a un oficial, que les llevaba noticias sobre lo que había sucedido con el padre de Ansel. —    Ese hombre no estaba solamente alcoholizado —explicó—. Estaba bajo los efectos de algo más fuerte. Las pruebas de drogas ya se le realizaron, entonces es cuestión de horas para saber qué tenía. —    Entiendo —Jay asintió—. ¿Qué sucederá con él? —    Si ustedes interponen la denuncia, tendrá que pasar un tiempo en la cárcel por daños personales y violación a propiedad privada. —    ¿Hay que hacerlo hoy mismo? —Aubrey preguntó. Se sentía exhausta. Había tenido que repetirle a tres oficiales lo que había sucedido y ya no quería seguir. —    No. Nosotros podemos adelantar todo el papeleo con la información que nos dieron en la tarde. —    Eso estaría excelente —el padre de la muchacha espetó—. No es posible que ese hombre venga, violente mi hija y mi casa y pueda quedar libre. Inconcebible. —    Completamente de acuerdo, señor —asintió el policía—. Por eso tenemos que ser pacientes y seguir con el proceso. Por ahora es todo lo que podemos hacer. Después de esas palabras el policía se retiró de la casa y Aubrey se dirigió a su cuarto, para descansar. También tenía que hablar con Ansel y comentarle todo lo que había sucedido. No era posible que mientras él estuviese allá, preocupado por sus estudios, también tuviese que enfrentar cosas en casa. Aubrey tomó su celular y revisó su rostro, donde tenía crema en los lugares donde la había cortado. No habían sido profundas, pero esperaba que tampoco le dejara marcas. —    ¡Amor! —Gritó su novio, emocionado de contestar su llamada. Cuando le escuchó hablar, la chica sonrió y volteó a mirarlo. Inmediatamente la emoción que el castaño había proferido al contestar se desvaneció. —    ¿Qué demonios? Aubrey, ¿qué demonios te sucedió? —    Tu padre, Ansel. Tu padre vino hoy a mi casa y me atacó. Aubrey se encontraba sentada en su cama. Había llegado el fin de semana más pronto de lo que pensaba y se sentía mejor. No había asistido a la universidad por consejo de la policía y, además, había ido al médico para que le dieran una orden de estar lo que quedaba de la semana en casa. El hombre apenas la vio y revisó las heridas, le dio la orden y, además, le recetó algunas pastillas para que pudiera sentirse mejor. Algunas noches al poner el rostro en la cama dormida, la despertaba la incomodidad. —    ¿Cómo te sientes? —Su madre entró al cuarto y la observó un rato. Ella sabía que su hija estaba preocupada. Ya no por la situación, sino por el hecho de que podrían quedar marcas en su rostro y ella no quería eso. La castaña había tenido algunos problemas en su piel y ahora se encontraba bien. Eso siempre la había hecho sentirse algo incómoda y en algún momento de su vida, no dejaba de utilizar maquillaje solamente porque no se sentía completamente segura de su apariencia. Había sido un momento difícil para la familia debido a que la habían llevado al médico, pero, el tratamiento tomaba tiempo y mientras se resolvía, su forma de ser cambió mucho. Ya no era tan alegre, no dejaba de observarse al espejo para saber si su maquillaje se había corrido o no. Hasta había comenzado a comprar demasiado maquillaje. Sobre todo, bases de maquillaje y polvos. Y ella nunca se maquillaba. —    Bien, mamá. —    ¿Segura? —    Si —se encogió de hombros y le sonrió—. Acabé de lavar mi rostro. Ahora me aplicaré la gel que me mandó el médico. —    Está bien —Jay se acercó y le dio un beso en la frente. Era hora de dormir—. Que descanses, cariño. —    Tú también, mamá. La chica esperó a que su madre saliera, y se levantó de la cama. Estaba cansada de estar encerrada y aunque no se sentía muy segura, preferiría salir a caminar un poco que quedarse acostada más tiempo. Había dormido demasiado, le habían llevado la comida a su cuarto y ya era suficiente. —    Vamos, vamos —puso sus zapatos y tomó su celular. No había hablado mucho con Ansel ya que él estaba algo raro. No quería desconfiar de él, pero definitivamente podía sentir que él le estaba escondiendo algo. También por eso se estaba sintiendo algo mal, porque lo conocía tanto que era imposible que no se diese cuenta que él estaba escondiéndole alguna cosa. Miró el chat de los dos y soltó un suspiro. Desde las cuatro de la tarde no hablaban y tampoco veía que se conectara. Ya serían cerca de las diez de la noche y volvió a suspirar. En eso se había convertido su día a día. Volteó a mirar su puerta y cerró con seguro. No podía dejar que alguno entrara a su cuarto o se darían cuenta que ella no estaba allí. —    Mierda… —susurró, golpeando su codo contra su escritorio. Sintió cómo si un corrientazo hubiese pasado por todo su cuerpo. Con los ojos llorosos salió por la ventana de su cuarto y comenzó a caminar con suavidad sobre el techo del primer piso y apretó su mochila cuando sonó con fuerza uno de sus pasos. Cuando llegó al patio trasero, comenzó a bajar por uno de los tubos de la casa y cuando tocó el suelo, se sintió complacida. Próximo destino: la playa. Tomó su bicicleta y comenzó a manejar directo allí. Era el único lugar en el que podía tranquilizarse un poco. Como no quería seguir con su madre y tampoco tenía a Ansel cerca, preferiría desaparecer por un rato. Por lo menos mientras se tranquilizaba. No demoró mucho en llegar a la playa y se detuvo. Con rapidez quitó sus zapatos y sonrió, sintiendo la arena en cada uno de sus dedos. Amaba su ciudad. Amaba estar ahí y estaba segura de que no se iría de ese lugar. Su celular comenzó a vibrar varias veces y revisó, pensando que podía ser su madre. Ansel. Bufó y colgó. No quería hablar en ese momento con él. Quería dárselo para sí sola. Nuevamente volvió a sonar el celular. Ansel. —    ¿Qué pasa? —Preguntó un poco tosca. Cosa que el muchacho sintió. —    ¿Qué tienes? —    Dime, Ansel. ¿Qué pasa? —    Nada, solamente quería saludarte… —    Vale, en este momento estoy ocupada. —    Oye, espera —la cortó—. ¿Por qué me estás hablando así si estás sintiendo la tranquilidad de la playa? Aubrey abrió los ojos y soltó el celular. Éste cayó en la arena y la llamada se cortó. Ansel había colgado. Sintiendo sus ojos vidriosos, la castaña comenzó a mirar a todos lados, pero no podía observar nada. No se trataba de la luz, ya que había bastantes restaurantes abiertos veinticuatro horas. —    ¿Qué? Luego de unos minutos pudo observar cómo un cuerpo conocido salía detrás de uno de los autos estacionados cerca. Se trataba de su novio. La chica corrió como si fuera el fin del mundo y se pegó al pecho de Ansel, con fuerza. Respiró su colonia y dejó escapar algunas lágrimas que molestaron sus heridas, pero no le importó. Ella estaba dichosa. —    Mi amor… — susurró, pegándose aún más—. ¿Qué haces aquí? Ansel sonrió y la apretó—. No podía quedarme sabiendo que la estabas pasando mal, Bry. —    Pe-pero… —    Ya, Bry —sonrió él y la miró a la cara. Pudo observar las pequeñas heridas en ella, pero no quiso hacer ningún comentario. No era el momento—. Estoy aquí porque te extraño. —    Porque soy una mierda, mejor… —    No —la cortó—. Te extrañaba y necesitaba esta recarga de energía para poder dar todo de mí lejos de aquí. Y se besaron. Sintieron como las llamadas mariposas revoloteaban en su estómago y profundizaron el beso. Sabían que no llevaban mucho tiempo sin verse, pero no les importaba. Se extrañaban y tal vez se trataba por el hecho de que apenas habían comenzado su noviazgo, pero no les importaba. Ansel abrió los ojos durante el beso y se separó, dejando uno pequeño en los labios de su novia. —    También vine por algo más, Bry. —    ¿Qué pasa? —    Vine a declarar en contra de mi padre. Se mantuvieron unos minutos más en la playa. No era mucho el tiempo que había pasado, pero querían continuar abrazados bajo la luz de la luna. Aubrey sintió la arena entre sus dedos y dejó que ellos corrieran suavemente. Le encantaba la sensación que le traía, además, que le daba paz dentro de sí misma. Estaba dichosa por eso. —    No puedo creer que estés aquí —murmuró mirando a su lado—. ¿Por qué no me dijiste? —    Porque me estaba comportando muy raro contigo —confesó el muchacho—. Y quería darte la sorpresa para que supieras el por qué estaba sucediendo eso. —    ¿Estás seguro de que solo fue eso? —    Completamente. Ansel sonrió. Él había estado tan ocupado buscando el dinero para poder viajar, que no pensó mucho en todo el tiempo que no había hablado con su novia. Sabía que ella estaba furiosa por algo, pero luego de meditarlo —Y que Adam le ayudara un poco—, se dio cuenta que era por las pocas conversaciones que habían tenido. Claramente él pensaba disculparse debido a que todo aquello había sucedido por el hecho de que se había ofrecido a trabajar después de clases en la biblioteca de la universidad por unos cuantos dólares. Pero para su propósito, funcionaba excelente. No le iba a decir a su novia, pero el dinero que tenía ahorrado solamente había alcanzado para el viaje de ida y vuelta, cosa que hacía que le faltara dinero para mantenerse en la universidad. Aunque no quería comentar nada y había quedado con las personas de la biblioteca, que continuaría ayudándolos. —    ¿Tu madre sabe que estás aquí? —    No, ¿por qué? —    Me preguntaba dónde ibas a dormir. —    Contigo, ¿no? —Ansel inquirió confundido. Si, él declararía en contra de su padre, pero nadie sabía. Solamente quería que supiera ella.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR