— Qué aburrido tener novio.
Aubrey sonrió y miró su celular, recordando que no tenía internet. Lastimosamente a esa hora era aún peor poder buscar cómo conectarse a alguna red y escribirle que estaba bien. Ella sólo esperaba que estuviera sano y salvo. Era lo único que le importaba en ese momento.
— ¿Todo bien?
— Si, yo-
Un mesero se acercó a ellas y las saludó, interrumpiendo lo que la castaña diría. Todo se estaba alineando para que no hablara con su novio y le dio un poco de gracia. Tal vez el universo le estaba intentando decir que le dejara tranquilo. Que no lo estuviera molestando y persiguiendo como obsesiva.
— Disculpen, los jóvenes de allá —señaló una mesa del fondo donde tres muchachos bastante guapos levantaron la mano, saludando—. Les enviaron unos tragos. ¿Les gustaría recibirlos?
Aubrey volvió a mirarlo y negó con la cabeza. No quería recibir nada de nadie y mucho menos, que se confundieran.
— No, gracias. Nosotras-
— ¡Diles que muchas gracias! —Intervino Amelia, feliz—. Disfrutaremos las bebidas.
— Pero-
— Que gracias.
El mesero asintió y dejó las bebidas sobre la mesa. Eso era un completo no para Aubrey, pero la otra chica abrió una y comenzó a bajarla como si de agua se tratara.
— No deberías hacer eso. Es muy peligroso.
— Para nada. Los he visto en la universidad.
— Las personas que te hacen daño pueden ser tus propios amigos —espetó, sintiéndose furiosa. Ella no entendía lo grave que podía ser recibir bebidas de desconocidos.
— Cálmate, amiga.
— Vale.
Aubrey sacó su celular y negó varias veces tomar algo de lo que ellos habían enviado. Había visto y leído tantos casos de chicas que habían drogado de esa forma, para ella meterse así y que le pudiera suceder algo. Las advertencias estaban ahí, pero ahora tenía que cuidar de su amiga, por ser loca y no aceptar los consejos que ella le estaba dando.
— ¿Cómo te sientes? —Preguntó después de un momento para saber si todo estaba en orden.
— Algo mareada. Pero es porque he tomado bastante hoy.
— ¿Segura?
Amelia bufó—. ¿Salí con mi madre?
— Simplemente no quiero que corras peligro.
— Estoy bien, Bry. No te preocupes tanto y vamos a bailar otro rato.
La susodicha asintió y se dirigió a la pista nuevamente. Ya no quería estar más en ese lugar. Quería estar en su casa descansando. No le había gustado la forma en la que Amelia había tratado la situación y solamente esperaba que se cansara con rapidez. No la dejaría sola por nada del mundo.
Poco a poco se dejó llevar por el ritmo de la música y cerró los ojos al escuchar una canción que le encantaba. No pensaba que ese tipo de música la pusieran en aquellos lugares, pero se alegró y comenzó a mover sus caderas con el ritmo de la música.
De pronto, unas manos se posicionaron en ella y la hicieron saltar, del susto.
Con prontitud se alejó del hombre que la estaba tocando y se dio cuenta que se trataba de uno de los chicos que estaba en aquella mesa sentados. Aquello la enfureció. Ella no había aceptado nada de ellos y menos ese tipo de acercamiento.
— ¡¿Qué te sucede?! —Gritó y lo empujó, lejos de su cuerpo.
El chico rió y volvió a acercarse—. ¿Qué te pasa?
— No me toques. No te lo permití.
— Aceptaste el trago que te envié.
— ¡Yo no acepté nada, idiota! —Gritó furiosa—. ¡Y si lo hubiera hecho no tendrías permiso para tocarme así!
Amelia apareció en la escena y se asustó, al ver a Bry de esa forma.
— ¿Estás bien?
— No. Nos vamos ahora mismo.
— Oye, no. Mira-
Aubrey furiosa, bufó. Caminando fuera del lugar.
— ¿Qué demonios está mal contigo? —Se quejó Amelia cuando salieron. Ella, detrás de su amiga.
— ¿Conmigo? ¿No viste lo que hizo?
— Solamente era amigable.
— j***r…
— Ya, ya… ¿Por qué no te vas tú y me quedo yo?
La castaña la miró incrédula. ¿Era cierto lo que estaba diciéndole?
— ¿De verdad?
— Si. Toma un taxi y yo volveré sola a casa. No te preocupes.
— No te puedo dejar aquí.
— Yo estoy bien —Amelia la cortó, volteándose—. Yo sí quiero volver con ellos. Son muy divertidos.
— Oye, no creo que sea lo mejor. Vámonos.
— Adiós, Bry.
La chica levantó una mano como despedida y volvió a entrar al lugar bajo la atenta mirada de su amiga y el guardia.
— No lo puedo creer…
— Hija —le llamó el guardia—. Déjala. ¿Te pido un auto?
— Por favor…
La castaña se mantuvo fuera del lugar unos veinte minutos. Ya sentía cómo el frío comenzaba a hacerla temblar e intentó darse un poco de calor, pero nada la ayudaba. Solamente tenía un vestido largo, que realmente no calentaba mucho.
— ¿Cómo te llamas? —Le preguntó el señor, sin dejar de observar un grupo de chicos que se encontraba a un lado de ellos.
— Bry, ¿y tú?
— Antonio. Quédate aquí cerca y te avisaré cuál es el auto que vas a tomar. No te alejes.
— Está bien. Muchas gracias.
Y así como le había dicho, un auto llegó poco después y él le señaló que se trataba de ese. Solamente tendría que subirse y darle la dirección de su casa, para que la llevara.
— No te preocupes. Es un taxi que trabaja para el bar. Ve tranquila que nosotros los mantenemos monitoreados.
— Está bien.
Así la chica sintiéndose algo protegida se subió al vehículo y con una sonrisa, le pidió que la dejara en su casa, a lo que el hombre asintió.
El trayecto no duró mucho. Pero ella se sentía cansada. Llegaría casi a las dos de la mañana y sabía que al siguiente día sería un horror levantarse. Entendía que había sido una mala decisión ir a ese lugar, pero ya no podría hacer nada. Solamente tratar de dormir lo más rápido posible y levantarse con el tiempo justo para clase.
— ¿Cuál casa sería? —Le preguntó el conductor cuando llegaron a la calle donde vivía.
— La blanca. Por favor.
— Muy bien.
Quince minutos después, la chica estaba lavando sus manos en casa. Mientras la tranquilidad volvía a su cuerpo. Ya se sentía segura otra vez y esperaba que Amelia también lo estuviera. Aunque sí se sentía ofendida, nunca iba a querer que algo le sucediera. Por encima de todo, era su amiga.
Le escribió un pequeño mensaje luego de salir del baño y esperando que le respondiera, se dio cuenta que Ansel le había estado escribiendo y llamando. Ella como no había revisado mucho el celular no se había dado cuenta y se golpeó la frente, sintiéndose estúpida. Tanto que había pensado en él y no le había respondido.
Se cambió a su pijama de algodón y se recostó en la cama. Allí, le escribió a Ansel sabiendo que no le respondería y soltó un bostezo. Se sentía mal por no haber estado cuando él la necesitaba. Tal vez era para algo importante y ella no había respondido.
Sintiendo sus ojos pesar, y dándose cuenta de que había esperado hasta casi las tres de la mañana, su respuesta. Decidió enviarle una nota de voz y esperar que el siguiente día pudiesen hablar.
— Te quiero, amor. Estaré pendiente cuando me escribas. Te extraño…
Y así se dejó llevar por el sueño, sin llegar a poner la alarma en su celular.
Lo había olvidado.
Aubrey se levantó exaltada. No sabía la hora que era y su corazón estaba latiendo muy fuerte.
Observó la ventana y recordó que, por culpa de las cortinas, no era posible observar muy bien el exterior. Así que se levantó con cuidado y abrió las cortinas, recibiendo todo el sol en el rostro.
— Al parecer me desperté antes de tiempo —sonrió orgullosa y comenzó a caminar por la habitación sin revisar la hora.
La chica pintó sus uñas, limpió un poco su closet y se dejó caer otro rato en la cama, hasta que tomó su celular. Tenía clase a las diez de la mañana.
Eran las doce del mediodía.
Como si tuviese un resorte se levantó y corrió directo al baño. ¿Por qué no había sonado su alarma? Y ¿Por qué nadie en la casa la había despertado? Al parecer todo se había alineado para que ella faltara ese día a la universidad y quería pegarse un tiro por eso. Era apenas su primer semana y ya comenzaba a faltar. Además, solamente tenía dos clases ese día y ahora tendría que ir solo por dos horas más.
A las doce y media salió de la casa sin probar bocado. Ni siquiera había revisado su celular y esperaba llegar a tiempo o solamente un poco tarde.
Comenzó a caminar directo hacia la parada del autobús y observó cómo éste arrancaba. Así que corrió lo más rápido que pudo, tratando de alcanzarlo, pero el conductor continuó su marcha y Aubrey estuvo segura de que la había mirado.
— Dios santo —gimió y dejó salir algunos quejidos de su boca.
Definitivamente también llegaría tarde a esa clase si continuaba esperando. Esos autobuses pasaban cada media hora y se demoraba otra media hora en llevarla hasta la universidad. Era tiempo perdido si iba. No alcanzaría a entrar a la clase de todas formas. Así que, cabizbaja por un segundo día de clases completamente perdido, volvió caminando a casa y entró a la misma.
La castaña sintió cómo su estómago comenzó a doler e inmediatamente corrió al baño del primer piso para depositar lo poco que había comido la noche anterior. Se había descompensado por correr de esa forma sin haber desayunado nada. Y se sentía idiota por eso.
Con cuidado se dejó caer en el sofá de la sala y cerró sus ojos, gimiendo del dolor y mareo que comenzaba a darle. Si no supiera que estaba así por no haber comido nada, diría que estaba embarazada.
Una risa escapó de los labios de la chica y luego, bufó. Solamente el espíritu santo podría hacerlo.