Capítulo 27

1732 Palabras
—    Muchas gracias por sus intervenciones —expresó la jueza cinco minutos después—. En este momento quisiera comenzar escuchando las dos partes y el por qué se encuentran aquí en este día. Cabe recalcar que poseo una cantidad grande de pruebas encontradas del hombre en cuestión y ya las analicé, entonces tengo algo de conocimiento en el caso. —    Muchas gracias, señora jueza —sonrió el abogado de la familia de Ansel—. Aquí conmigo se encuentra como usted ya lo sabe, la señora Sofía y su hijo Ansel. Ellos vivieron durante bastantes años con el señor Camilo y pueden comentarle su modus operandi. Con rapidez la jueza saludo a las dos personas, y pidió qué Sofia pasara al estrado. La mujer comenzó a temblar mientras caminaba directamente hacia donde se encontraba la jueza y soltó una bocanada de aire cuando se sentó en aquella fría silla. Lentamente observó las personas que se encontraban en el lugar y sonrió viendo a su hijo, el que la miraba pidiendo que se calmara. El único que sabía de la forma en la que ella se estaba sintiendo. Luego continuo con las personas que se encontraban al lado derecho de la sala y, pudo observar a su exesposo sentado al lado de su abogado, mirándole con ojos de rabia. Recordó con aquella mirada todas las cosas que le había hecho y se llenó de rabia y necesidad de decirlo todo, haciendo que jurara con rapidez que diría solamente la verdad sobre el caso.   —    Sofia, ¿podrías decirnos lo que últimamente ha hecho este hombre en tu contra? —    Si, señora jueza. Comenzó a hablar de cada una de las cosas que él había hecho últimamente. Además de haber tratado de llevarse a Ansel luego de su viaje a otra ciudad por sus estudios, ese hombre había estado llamando, amenazándola y preguntándole en qué lugar exactamente se encontraba el muchacho. Nunca quiso decirle el por qué había querido esa información, pero ella nunca se la dio de todas maneras. Sabía que él era un hombre peligroso y más para su hijo. El hombre había llegado a su casa dos días después de la ida de Ansel y le había golpeado su puerta con brusquedad, haciendo que ella se despertara del sueño profundo que tenía. Eran alrededor de las dos de la mañana cuando ella abrió aquella la puerta y el hombre se la llevó por delante haciendo que se cayera al suelo. Estaba borracho y ella sintió el mismo miedo que había sentido 18 años atrás. El hombre le había gritado una cantidad inimaginable de vulgaridades hasta que ella lentamente se dirigió a la cocina, dónde tomó uno de los cuchillos que había encima del mesón y lo amenazó pidiéndole que se fuera. Mientras Sofía contaba aquello, las lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas. No sabía por qué se había comportado de esa manera, pero no había encontrado ninguna forma más para protegerse, porque sabía que le podía hacer daño. —    Continua… —pidió la jueza, escuchando atentamente su testimonio. —    Si, su señoría. La mujer continuó cómo se lo pidió la jueza. Ese día Camilo la había observado incrédulo. Ella nunca había respondido así y él sintió cómo el miedo llenó su cuerpo al verla amenazándolo con un cuchillo. Los papeles habían cambiado. Así que, de esa forma, tomó las pocas cosas que llevaba consigo y salió corriendo de la casa sin mirar atrás.  Luego de ese día, no había vuelto. Dos días antes de que sucediera la audiencia se acercó a la casa, pero para pedirle perdón a Sofía, por lo que había hecho. Por haber irrumpido en su casa, generando que ella le soltara un bofetón en la cara porque ya para ese momento, él había atacado a Aubrey. Ni siquiera entendía el cinismo que llegaba a tener ese hombre, para que después de haber atacado a una persona inocente, luego apareciera así en su casa, como si no hubiera sucedido nada. Él ya sabía que tenía que presentarse en el juicio, y tal vez lo hacía como una forma de burla, pero eso solamente hizo que Sofia se llenará de más fuerzas para estar ahí sentada aquel día diciendo todo lo que había sufrido. Observaron cómo el rostro del hombre se desencajaba poco a poco. Él pensaba que ella seguía siendo la misma niña tonta que había aceptado que hiciera lo que quisiera con ella y que iba a aceptar sus disculpas. Tenía miedo porque sabía que será su último strike y que la consecuencia sería solamente una. Qué ingresara la cárcel.    —    Señora jueza… —intentó interrumpir, pero la mujer lo calló inmediatamente. —    Ya será su momento para hablar, señor. —    Pero- —    Por favor, respeto en la sala. El abogado de Camilo le pidió que se callara y pidió disculpas a la jueza, diciendo que continuara. De esa manera la mujer siguió aquel proceso y llamó a Ansel a su lado. También necesitaba que él dijera todo lo que había sucedido. Como ya se sabía, Ansel contó todo lo que había vivido durante su niñez junto a su padre. Las amenazas constantes, los pequeños golpes que si no hubiese sido porque había personas cerca que lo estaban cuidando, hubiesen sido peores; las infidelidades de su padre hacia su madre y que él había visto. Todo lo contó. Destapó aquella caja que tenía dentro de su pecho y dejó salir una a una las palabras como si lo hubiera meditado y pensado durante mucho tiempo. —    Muchas gracias. un gran aporte al caso —espetó la jueza con una sonrisa leve—. Ahora, necesito que pase al estrado la señorita Aubrey, que encuentra frente a mí. La castaña abrió sus ojos, sorprendida. Ella había hablado con el abogado de Sofía y él le había dicho que no era necesario que ella hablara en el caso, debido a que todo lo iba a contar Sofía y Ansel. Además de que la mujer tenía en sus manos todas las pruebas de lo que había sucedido días antes. Con cuidado, la mujer se sentó en aquella fría silla y observó a su alrededor. Comenzó a contar lo que había sucedido específicamente esa noche y cómo Camilo había forcejeado con ella hasta hacerla incrustarse algunos vidrios en su rostro. —    Por esa razón estoy yendo al dermatólogo para que trate las posibles cicatrices que voy a tener en el rostro —murmuró, con tristeza—. Nunca hice nada en contra de Camilo. Yo nunca hablé mal de él. Yo siempre he sido una gran amiga de su hijo y él simplemente me agredió porque decía que yo lo estaba alejando y qué sabía dónde estaba. —    ¿Por qué quería saber dónde estaba su hijo? —    Él quería llevárselo. No sabemos a dónde. Pero no estaba de acuerdo en que él fuese a la universidad. Tal vez quería que fuese a vivir la vida que ya había vivido y qué tal vez su familia actual estaba viviendo. —    ¿El señor tiene una familia? —Inquirió la jueza, sorprendida—. En sus datos no está esa información.   —    Sí señora jueza —respondió Aubrey—. Él tiene un hijo y otra mujer, claramente no están aquí. Tal vez porque él los amenazó o porque ni siquiera sabes dónde está. La jueza observó de reojo a Camilo y levantó las cejas esperando que respondiera. No estaba siguiendo los pasos que se tenían que seguir, pero no le importó. En ese momento necesitaba saber que esa mujer está bien y que el niño estuviera sano y salvo. Además de que era un delito esconder información de ese tipo. ¿Por qué querría esconderla? —    Muchas gracias, señorita Aubrey —levemente inclinó su cabeza—. Ahora, señor Camilo, necesito que me explique la situación. —    Su señoría —habló rápidamente el abogado de aquel hombre—. Él puede responder aquellas preguntas, pero cuando usted lo llame al estrado, no en este momento. —    Necesito que responda ahora mismo. —    Pero- —    Necesito los nombres y apellidos del niño y la mujer. Necesitamos contactarlos y saber que están sanos y salvos en este preciso instante. Rápidamente la mujer llamó a uno de sus ayudantes que se encontraban en la sala y le pidió que se contactaran con la policía para buscar a las personas que están nombrando. El hecho de que él hubiese omitido ese tipo de información hacía que ella se preocupara más por la mujer que podrían estar pasando algún tipo de peligro. Camilo camino suavemente hacia el estrado, viendo a su expareja, a su hijo y la novia de él, con rabia. Tomó lugar y procedió a decir los nombres de la mujer y del niño. Con rapidez la asistente de la jueza anotó los nombres expuestos y se los pasó a los policías, los cuales salieron de la sala a buscarlos. Al parecer se encontraban en la misma ciudad y no en otra como les había dicho a ellos. —    Buenas tardes —se burló Camilo. Ya no tenía nada que perder. —    Por favor, comience. Camilo se comenzó a reír con fuerza. La sonrisa que estaba teniendo en ese momento no era de felicidad. Sabía qué era lo que sucedería a continuación y él no aceptaría por nada del mundo estar cerrado en una cárcel. Podría ser que hubiese hecho algunas cosas malas en su pasado y que su presente se hubiese equivocado, pero eso no lo hacía una mala persona. —    Yo no hice nada eso —Atinó a decir viendo a su abogado tomar un sorbo de agua y rodar los ojos. El hombre antes de la audiencia había dicho que no había mucho que pudiera hacer por él y que una condena, era lo más seguro. —    ¿Cómo usted puede decir eso? —Inquirió la jueza mirándolo con dureza. —    Porque soy yo involucrado, señora jueza. Soy yo la persona a la que están atacando. Un grito se escuchó en la sala y rápidamente voltearon a mirar al lado izquierdo. Allí se encontraba Sofía, sin poder creer lo que ese hombre estaba diciendo. Era el ser más cínico que había conocido en su vida y sintió ganas de levantarse y volverle a soltarle una cachetada como la que soltó la última vez que se habían visto.
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