Capítulo 8: La boda de “nuestra” amiga.

674 Palabras
Capítulo 8: La boda de “nuestra” amiga. KIARA CRAFT Él estaba del otro lado de la iglesia en los primeros asientos, pero se había volteado únicamente para mirarme entrar a la iglesia y sentarme, como si su mirada simplemente se hubiera quedado congelada en la mía. Mi pecho sintió ese extraño frio invadirme todo el cuerpo de los nervios, mi corazón acelerado, mi boca reseca, y es que solo él podía seguir causando todo tipo de sensaciones en mí con tan solo hacer presencia. Solo bastaba su mirada fija en mí para doblegarme y ponerme de rodillas. «Basta Kiara, reacciona. Es tu exesposo, ¡deja de mirarlo!» Pero es que tenia tanto tiempo sin verlo… «No Kiara, sé fuerte, él no puede simplemente aparecer luego de una temporada ausente y hacerte sentir todo lo que siempre te hizo sentir». Me llené de valor y aparté la mirada. No lo iba a mirar más, es decir, era inevitable que nos encontráramos en algún momento porque el mundo era un pañuelo, pero él no merecía que lo mirara, no después de que me dejara ir para nunca volver. Quien se fue, que no regrese, ya estaba avanzando y ahora que estaba logrando ser feliz no iba a dejar que removiera mi mundo para que se volviera a esfumar. Que se joda. La boda inició, un cortejo armado muy hermoso lanzando flores al ritmo de la música, y Gabriela con su deslumbrante vestido blanco hizo que se me aguaran los ojos, su prometido Pedro la esperaba en el altar y esas miradas mágicas que resaltaban entre ellos solo me llevaba al pasado, cuando creía en las historias de amor, en la magia que podía existir y con la promesa de que sería para siempre. Realmente lo creí; creí que cuando las personas se casaban eran para toda la vida, pero, no siempre el amor lo podía todo. Intenté evitarlo, pero mis ojos tomaron vida propia e inevitablemente mi mirada fue hacia Ángelo Werner, él seguía mirándome, no dudaba ni por un momento su mirada fija en mí, como era típico en él que siempre pareció disfrutar de ponerme nerviosa con solo mirarme, volteé al frente hacia la pareja que confesaba su amor y con un pañuelo me sequé las lágrimas que querían salir de mis ojos, no quería arruinar mi maquillaje, mucho menos ahora que sabía que estaba mi ex aquí. Esta boda de nuestros amigos era la más intensa e incomoda a la que había asistido en mi vida. A terminar el acto eclesiástico, fuimos al festejo, un club que quedaba cerca, muy floreado con mucha decoración y comida, no había visto a Ángelo por los alrededores, me imaginaba que no iba a venir a la fiesta, de seguro se incomodó por mi presencia. Que se joda, me daba igual. Estaba bromeando y hablando con alguna de mis amigas del trabajo, pero cuando comenzaron a ubicarnos para la llegada de los recién casados, caímos en diferentes mesas, la mía quedaba cerca de una fuente con cupido botando agua por la boca, había una hermosa vista al jardín y a la pista de baile, la música relajante daba un aire mágico al amor. Solo hasta este momento me di cuenta de que podía volver a enamorarme, con miedo y todo, pero poco a poco me gustaría volver a intentarlo. Había algunas personas en la mesa donde me ubicaron, aún quedaban algunos asientos desocupados me imaginaba que eran personas que no habían llegado, así que comencé a conversar con las personas en la mesa para crear de algún modo cierta familiaridad y cortesía, era algo que había aprendido, a ser sociable, estaba pasándola muy bien mientras esperábamos la entrada de los recién casados cuando de repente, escuché a mis espaldas: —Hola, con permiso. Esa voz. Me tensé. No quería voltear, pero mi cuello volteó antes que mi sentido común lo detuviera casi causándome torticolis y mandando algo parecido a un infarto a mi corazón cuando lo vi tomar asiento a mi lado. Era Ángelo Werner.
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