Capítulo 11: La Prueba Definitiva

1503 Palabras
El aire pesado de la tarde caía sobre la finca de Mauricio mientras Samuel caminaba nerviosamente por los pasillos de la mansión. Cada paso resonaba en el suelo de mármol, pero lo que más le inquietaba no era el eco de sus propios movimientos, sino la llamada inesperada de Mauricio. Le habían dicho que lo esperaban en el salón principal, y por la forma en que lo dijeron, Samuel sabía que algo grande estaba por venir. Al llegar a la puerta, se detuvo por un momento, respiró hondo y golpeó con los nudillos, un sonido hueco que resonó en el pasillo vacío. —Entra —dijo una voz profunda desde el otro lado. Samuel abrió la puerta y encontró a Mauricio sentado detrás de su gran escritorio de roble. Estaba revisando algunos papeles, pero su atención se desvió rápidamente hacia Samuel cuando este cruzó la entrada. Mauricio no sonreía. Tenía esa expresión neutral y calculadora que hacía que cualquiera a su alrededor se sintiera incómodo. Álvaro estaba parado junto a la ventana, como de costumbre, observando en silencio con una sonrisa torcida. —Samuel, siéntate —dijo Mauricio con un gesto casual, pero su tono no dejaba lugar a dudas de que aquello no era una simple charla. Samuel obedeció, tomando asiento frente al escritorio. Mauricio lo observó durante unos segundos, dejando que el silencio se alargara de manera incómoda. Samuel sintió una corriente de tensión, pero se obligó a mantener la calma. —Has hecho un buen trabajo últimamente —comenzó Mauricio, con un tono tan suave que casi parecía un cumplido—. Pero siempre hay espacio para demostrar aún más lealtad, ¿verdad? Samuel asintió, sintiendo cómo una fina capa de sudor comenzaba a formarse en su frente. —Por supuesto —respondió con cautela. Mauricio se recostó en su silla, entrelazando los dedos sobre su regazo. —Bien. Porque hoy necesito que coordines algo muy importante. —Mauricio se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros fijándose en los de Samuel—. Se trata de un cargamento. Es grande, muy grande. Y lo necesito transportado sin errores. Samuel sintió cómo su estómago se retorcía. Sabía que cada misión se volvía más complicada, pero la forma en que Mauricio lo miraba le indicaba que esto era algo distinto. Algo peligroso. —¿Qué tipo de cargamento? —preguntó Samuel, tratando de mantener la compostura. —Eso no es asunto tuyo —interrumpió Álvaro desde la ventana, sin mirarlo—. Lo único que necesitas saber es que la mercancía es delicada y que hay que moverla rápido. Mauricio levantó una mano para silenciar a Álvaro. —El cargamento llegará al puerto esta noche —continuó, sin apartar la mirada de Samuel—. Pero hay un problema. La policía ya tiene los ojos puestos en la embarcación. Han estado vigilando los movimientos del puerto, y será cuestión de tiempo antes de que decidan hacer algo al respecto. Necesito que lo consigas antes de que eso ocurra. Samuel sintió un escalofrío. La policía ya estaba encima del cargamento. Esto no era solo una tarea difícil; era prácticamente imposible. Mauricio lo observaba con más intensidad ahora, como si cada palabra fuera una trampa. —Si logras mover ese cargamento, Samuel, te habrás ganado mi confianza por completo. Pero si fallas... bueno, ambos sabemos lo que pasa cuando alguien falla en este negocio. Samuel tragó saliva. Sabía lo que Mauricio estaba haciendo. Lo estaba probando. Lo estaba enviando a una misión casi suicida para ver cómo respondía. Pero lo peor era que, si de alguna manera lograba completar la tarea, Mauricio sabría que algo estaba mal. Nadie podría hacer esto sin una ventaja oculta. Y Mauricio sospechaba que Samuel estaba ocultando algo. —Entiendo —dijo Samuel finalmente, aunque su mente estaba corriendo en todas direcciones, buscando una salida, una manera de cumplir con la tarea sin revelar su secreto. Mauricio se levantó de su asiento y caminó alrededor del escritorio, acercándose a Samuel con pasos lentos. —Me alegra oír eso —dijo en voz baja—. Ve al puerto. Coordina. Y no vuelvas sin haber terminado el trabajo. Samuel asintió, sin poder evitar notar la fría amenaza en las palabras de Mauricio. Sabía que si fallaba, sería el fin. --- Ya en el puerto, la escena era tal como Mauricio había descrito. Las luces de la policía parpadeaban en la distancia, y el carguero estaba fondeado a unos pocos metros del muelle, aparentemente intacto, pero vulnerable. Había hombres de la tripulación moviéndose apresuradamente por la cubierta, pero la tensión en el aire era palpable. Samuel se acercó a los hombres que Mauricio le había indicado, identificándolos rápidamente. Eran rudos, con miradas endurecidas por el trabajo sucio. No había tiempo para charlas. —¿Dónde está el cargamento? —preguntó Samuel, intentando sonar autoritario. Uno de los hombres, un tipo robusto con una cicatriz en la mejilla, lo miró con desconfianza, pero finalmente señaló hacia el interior del barco. —Allí. Pero será casi imposible moverlo sin que los polis lo vean. Ya nos han estado observando desde hace horas. Samuel sintió que el pánico comenzaba a acumularse en su pecho. Esto no iba a funcionar sin un milagro. Y, lamentablemente, sabía que tenía uno en su bolsillo. Se apartó de los hombres y sacó la piedra de su bolsillo. La sostuvo en la mano por un momento, sintiendo su calor familiar. Tenía que hacerlo. No podía permitirse fallar en esta misión, pero sabía que cada vez que pedía un deseo, las cosas tomaban un giro oscuro e inesperado. Cerró los ojos y susurró: —Quiero que este cargamento salga del puerto sin problemas, sin que nadie lo note. El calor de la piedra aumentó bruscamente, y por un momento, Samuel sintió una extraña energía fluir por su brazo. Cuando abrió los ojos, todo parecía igual. El puerto seguía iluminado, la policía seguía vigilando a lo lejos, y los hombres del carguero seguían moviéndose con nerviosismo. Pero algo había cambiado. De repente, un ruido atronador sacudió el aire. Samuel giró rápidamente la cabeza y vio que en el muelle, un contenedor gigantesco se estaba desprendiendo de una grúa. Cayó al suelo con un estruendo ensordecedor, y en cuestión de segundos, todo el puerto entró en caos. Las luces de la policía se apagaron momentáneamente, y el sonido de las sirenas llenó el aire mientras los oficiales corrían hacia el lugar del accidente, tratando de controlar la situación. En medio de la confusión, los hombres del carguero comenzaron a moverse rápidamente, llevando el cargamento fuera del barco y subiéndolo a un camión que esperaba a unos metros de distancia. El deseo había funcionado. La policía estaba distraída. El cargamento saldría del puerto sin ser detectado. Samuel se quedó en silencio, observando cómo se desarrollaba el caos a su alrededor. Había cumplido con la misión, pero sabía que algo terrible había sucedido. El precio del deseo. El contenedor que había caído parecía haber aplastado varios coches estacionados cerca, y el sonido de los gritos en la distancia le decía que alguien había resultado herido, tal vez muerto. Había ganado la partida, pero el costo era demasiado alto. Cuando el camión finalmente se alejó con el cargamento, Samuel se apoyó contra una pared, sintiendo que sus piernas temblaban. El éxito era evidente, pero también lo era el desastre que lo acompañaba. --- De vuelta en la finca, Samuel se presentó ante Mauricio y Álvaro. Mauricio estaba sentado detrás de su escritorio, con una sonrisa en los labios que no alcanzaba a sus ojos. —Me dijeron que lo lograste —dijo Mauricio, sus ojos oscuros fijos en Samuel—. El cargamento llegó sin problemas. Samuel asintió, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Sabía que Mauricio ya había escuchado lo que había sucedido en el puerto. Sabía que el "milagro" no había pasado desapercibido. —Sí… todo salió bien —murmuró Samuel. Mauricio se acercó a él, sus ojos centelleaban con una mezcla de curiosidad y suspicacia. —Tengo que admitirlo, Samuel. Me sorprendes. —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Pero tengo la sensación de que hay algo que no me estás contando. ¿Cómo es posible que salieras ileso de algo que ya estaba condenado al fracaso? Samuel sintió el sudor frío correr por su espalda. Mauricio sabía que algo no encajaba. Sabía que nadie podría haber cumplido esa misión sin una ayuda externa. —Solo fue suerte —mintió Samuel, intentando sonar convincente. Mauricio lo miró en silencio durante lo que parecieron horas, pero finalmente sonrió. —La suerte es algo peligroso en este negocio —dijo, volviendo a su silla—. Te vigilaré de cerca, Samuel. Quiero saber más sobre cómo logras hacer lo imposible. Samuel sintió que el nudo en su estómago se apretaba aún más. Sabía que estaba bajo el escrutinio de Mauricio y que no faltaba mucho para que lo descubriera. La piedra seguía siendo su única ventaja, pero también su mayor maldición.
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