Samuel estaba en su habitación en la finca, sentado en la cama, mirando fijamente hacia el techo. El sonido del tic-tac del reloj en la pared era lo único que rompía el silencio de la noche. Su mente estaba en caos. Cada vez que cerraba los ojos, veía la expresión de Mauricio cuando lo había felicitado por el éxito de la misión en el puerto, aunque debajo de esa sonrisa estaba la clara evidencia de desconfianza. Mauricio sabía que algo no encajaba.
Samuel había completado lo que parecía imposible, y en lugar de sentirse victorioso, solo sentía el frío abrazo del miedo. Mauricio lo estaba observando, buscando el momento en que cometería un error o revelaría su secreto.
La piedra.
Todo giraba en torno a ella. Cada deseo que había formulado lo había salvado de situaciones que parecían no tener salida, pero a cambio de un precio cada vez más alto. Ahora sabía que no podía seguir dependiendo de ella. Cada vez que la usaba, algo salía mal, y peor aún, las consecuencias afectaban a otros de formas que él no podía controlar.
Samuel miró su mano derecha, donde tantas veces había sentido el calor familiar de la piedra. La llevaba consigo a todas partes, guardada en el bolsillo, como un peso constante que nunca desaparecía. Pero ahora, algo dentro de él había cambiado. Debía deshacerse de la piedra.
Sentía cómo su presencia lo envenenaba, cómo su poder lo corrompía poco a poco. Lo había convertido en alguien que ya no reconocía. Se dio cuenta de que estaba en una carrera contra el tiempo. Si Mauricio no descubría su secreto pronto, lo haría el propio poder de la piedra. Pero antes de librarse de ella, tenía que hacer algo más, un último deseo. Tenía que salir de todo esto.
Un deseo final.
Después de eso, se desharía de la piedra para siempre. O al menos, eso esperaba.
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Horas después, Samuel caminaba nerviosamente por la habitación, con las manos sudorosas y la mente zumbando con mil pensamientos. Sabía lo que tenía que hacer, pero no podía dejar de preguntarse qué precio tendría que pagar por ese último deseo.
La única salida posible era desear liberarse de Mauricio, encontrar una manera de escapar de la red que la mafia había tejido a su alrededor. Quería desaparecer, desaparecer de la vista de Mauricio y sus hombres, y vivir una vida libre de la presión y el peligro constante.
Sacó la piedra de su bolsillo y la sostuvo entre sus dedos, mirándola fijamente. Era pequeña, pero su brillo púrpura le recordaba el abismo oscuro en el que estaba atrapado. Cerró los ojos, concentrándose en su deseo.
—Quiero… —dijo en voz baja, su corazón martilleando en su pecho—, quiero liberarme de Mauricio. Quiero ser libre de su control, de su influencia. Y luego... —titubeó por un segundo—, quiero que esta piedra desaparezca de mi vida.
Esperó el calor habitual, ese calor que siempre señalaba que la piedra estaba funcionando. Pero, para su sorpresa, no sintió nada. El frío que lo rodeaba permanecía inalterado. Samuel abrió los ojos, mirando la piedra con incredulidad. No había ningún cambio visible, ni en el ambiente ni en la piedra. ¿Había dejado de funcionar?
Sintió una oleada de pánico.
—¡No puede ser! —murmuró, apretando la piedra con más fuerza.
Pero justo en ese momento, un agudo dolor recorrió su mano derecha, obligándolo a soltarla. Se miró la mano y, para su horror, vio cómo la piel de su palma comenzaba a cambiar. La piedra no había caído al suelo. En lugar de eso, parecía estar... fundiéndose con su carne.
—¿Qué…? —susurró Samuel, retrocediendo lentamente hacia la pared, el miedo apoderándose de su mente.
La piedra se había encarnado en su mano.
El pequeño objeto brillante que había sostenido tantas veces antes ahora estaba incrustado en su piel, como si fuera parte de él. Intentó apartar la vista, pero no podía dejar de mirarlo. Sus dedos temblaban, mientras intentaba sacarla, pero no había nada que agarrar. Se había convertido en parte de su cuerpo.
El calor que antes irradiaba de la piedra ahora quemaba directamente desde su carne. Intentó frotar su mano contra la cama, desesperado por arrancar lo que sea que fuera eso, pero fue inútil. El poder de la piedra había entrado en su carne.
—¡No, no, no! —gritó Samuel, cayendo de rodillas.
El dolor en su mano era agudo, como si la piel se estuviera desgarrando desde el interior. Intentó abrir la palma para ver mejor, pero la carne alrededor de donde la piedra solía estar estaba hinchada y caliente al tacto, como una herida infectada. Lo peor de todo era que sentía el poder de la piedra resonar en su mano, como un pulso que latía al ritmo de su propio corazón.
Sabía lo que esto significaba. Ya no era dueño de la piedra. Ahora, la piedra lo poseía a él.
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Horas más tarde, después de un intento desesperado de calmarse, Samuel se encontraba sentado en el suelo de la habitación, su respiración entrecortada, y su mente corriendo a toda velocidad. Sabía que esto no era un simple accidente. La piedra lo había absorbido de alguna manera, vinculándose con su cuerpo, como si supiera que él quería deshacerse de ella.
El último deseo había fracasado, y ahora estaba más atrapado que nunca.
Había perdido el control.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe, y Samuel se levantó de un salto, cubriendo su mano derecha con la izquierda, intentando ocultar lo que estaba sucediendo. Álvaro apareció en el umbral, observando a Samuel con sus ojos afilados, claramente disfrutando del nerviosismo que emanaba de él.
—¿Todo bien, Samuel? —preguntó con esa sonrisa burlona que nunca abandonaba su rostro.
—Sí… claro —dijo Samuel, intentando sonar despreocupado, aunque la desesperación estaba grabada en su rostro.
Álvaro avanzó lentamente hacia el centro de la habitación, mirándolo con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Mauricio quiere verte. Dice que ha llegado el momento de una nueva misión, algo grande. Quiere saber si estás listo.
Samuel sintió un nudo en el estómago. ¿Otra misión? Apenas podía lidiar con lo que estaba sucediendo en su mano. Sabía que cada paso que daba lo acercaba más a su destrucción.
—Estoy listo —mintió Samuel, intentando mantener la compostura.
Álvaro lo miró durante unos segundos más, como si estuviera disfrutando del espectáculo. Luego, asintió y se dirigió hacia la puerta.
—No tardes. Mauricio no es un hombre que le guste esperar.
Cuando Álvaro se fue, Samuel dejó escapar un suspiro de alivio, pero sabía que no tenía mucho tiempo. Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Su mente buscaba respuestas desesperadamente, pero la situación era clara: estaba atado a la piedra de una manera que nunca había imaginado.
El poder que había deseado ahora lo estaba consumiendo, y si no encontraba una manera de liberarse pronto, no solo perdería el control de su vida, sino que probablemente también perdería la vida misma. No sabía cómo, ni cuándo, pero sentía que la piedra lo estaba empujando hacia algo más oscuro y peligroso.
Se levantó de la cama y miró su mano una vez más. La piel alrededor de donde la piedra se había encarnado se veía tensa, inflamada, y el calor aún irradiaba desde ese punto. Sabía que no podía mostrárselo a nadie. No a Mauricio, ni a Álvaro. Esto era algo que debía resolver por su cuenta.
Con la mano temblando, salió de la habitación. No había vuelta atrás.