Samuel apenas era consciente de su propio cuerpo cuando los Vigilantes lo soltaron de las cuerdas que lo sujetaban y lo arrastraron a través de oscuros pasillos. Sus brazos y piernas estaban adormecidos, y el frío penetrante del lugar lo envolvía, debilitándolo aún más. En su mente, fragmentos de recuerdos y pensamientos vagaban como sombras: la piedra, los deseos, el precio que había pagado. Pero ahora, el peso de su elección lo acompañaba como una carga ineludible. Cada paso que daba, guiado por los Vigilantes, lo alejaba más de la persona que había sido. Sabía que algo grande y oscuro lo esperaba al final de ese recorrido, una presencia cuya simple mención hacía que los propios Vigilantes parecieran retraerse con reverencia. Finalmente, llegaron a una puerta imponente, hecha de piedra

