Anna La lluvia cae con suavidad sobre las calles de Brooklyn, pintando el asfalto de un gris melancólico. Camino deprisa hacia el restaurante donde trabajo, mi paraguas torcido lucha contra el viento. Diana se quedó con mi abuela, y mientras avanzo, pienso en su risa, en la manera en que sus pequeños dedos se aferran a los míos cuando me dice “mamá”. Esa palabra lo es todo. —Vamos, Anna, concéntrate —me susurro, aunque en realidad ya no me llamo así. Aquí soy Clara. Ese nombre falso me protege. Nadie en el restaurante sabe mi historia, nadie sospecha de mi pasado. Para ellos, soy solo una mujer joven que trabaja duro, que llega temprano y se va tarde. Y eso me da paz. A veces. El interior del restaurante huele a café recién hecho y pan tostado. Los clientes habituales me saludan con u

